El forastero


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Domingo

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Hoy conocí a Domingo. Lo había visto tantas veces en la caja del supermercado cobrándome papel higiénico y pizzas congeladas, apilando cajones, ordenando productos; que ya era un rostro más en el barrio, como el anciano ciego con un pastor alemán a la vuelta de la esquina que va a comer todos los días al comedor de la ONCE, o la eterna pareja, madre e hijo, ambos rubios, ambos perfectos o el camarero sonriente que trabaja en el nuevo café que acaban de abrir y cada día escribe un poema en una pizarra. Pero no fue hasta hoy que supe que se llamaba Domingo, que era Colombiano y que llevaba ya más de dos años trabajando en el supermercado, los mismos que yo estoy viviendo en Barcelona.

Me lo encontré en el café del camarero sonriente y el poema en la pizarra. Se tomaba una caña y se comía un bocata de jamón serrano. Las monedas del cambio las iba metiendo, pieza a pieza, en la tragaperras de los años de Franco. (Recreativos Franco digo). De música de fondo sonaba �El hombre y el agua� de Serrat seguida de �Hotel California� de Eagles quien sabe después sonara un Tango. Empezamos a conversar, me dijo que se llamaba Domingo, tenía media hora de descanso antes de regresar al papel higiénico y las pizzas congeladas. Le conté que yo también había trabajado apilando cajones y ordenado productos. Él me contestó que no era el mejor trabajo de su vida pero estaba bien.

Cuando me despedí de él lo volví a ver metiendo monedas en la tragaperras, terminando los restos del bocata y tomándose el resto de la cerveza. Se despidió del camarero con sonriente con una sonrisa de vuelta y se marchó en dirección del supermercado que estaba a pocos metros de distancia.

Cuando regresé esa noche y el autobús me dejó en la puerta del supermercado lo volví a ver. Ya no se lo veía tan relajado como en la mañana, su piel un poco oscura, mandíbula cuadrada, rostro redondeado se veía agotado pero todavía sonreía cuando hablaba con la otra cajera, una argentina joven de la que aun no se su nombre. El día había pasado y ese es un trabajo duro, pero seguía pasando por el lector de barras papeles higiénicos, pizzas congeladas, ocasionales botes de aceitunas.

Me quedé pensando en Domingo mientras subía por el ascensor. Era uno más de todos los inmigrantes que cada día llegan (llegamos) de todas partes. No ocurre, como muchos dicen, que se van apropiando de los barrios, más bien van entrando a estos, formando parte del panorama con el que cada día nos encontramos.

La tragaperras, el bocata de jamón serrano, la caña, se convierten entonces en identificadores más importantes que el idioma, que votar en las selecciones, que la señera y els segadors. Mientras puedan divertirse en el descanso del trabajo (mientras tengan trabajo del que descansar), mientras tengan esos elementos con que aferrarse a esta ciudad nueva, mientras esté el camarero de eterna sonrisa que ya nos conoce, o la pareja, madre e hijo, ambos rubísimos y ambos elegantísimos, que nos saludan con un inclinar de cabeza, la ocasional conversación en el bar y la muchacha argentina a quien sonreír en el supermercado, no se necesita mucho más para que esta se convierta en una ciudad de bienvenida.


Temas: Cronica | 0 Comentarios | Link
El forastero | 2004-06-01

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