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Contar y callar o sobre la experiencia.No se en qué momento las imágenes dieron lugar a las voces.
Pero ese tornado de sonidos llegó repentino y potente. BBC Mundo corresponsal en Washington, Javier Lizarzabur sobre el 11-S “[Él] Tiene dos enemigos el primero le amenaza por detrás, desde los orígenes. El segundo le cierra el camino hacia adelante. Lucha con ambos. En realidad, el primero le apoya en su lucha contra el segundo, quiere impulsarle hacia adelante, y de la misma manera el segundo le apoya en su lucha contra el primero, le empuja hacia atrás. Pero esto es solamente teórico. Porque aparte de los adversarios, tembién existe él, ¿y quien conoce sus intenciones?. Siempre sueña que en un momento de descuido – para ello hace falta una noche inimaginablemente oscura – pueda escabullirse del frente de batalla y ser elevado, por su experiencia de lucha, por encima de los combatientes, como arbitro.”
Franz Kafka El prologo de “Entre el pasado y el futuro” de Hannah Arendt describe una forma distinta de ver el tiempo en base a la metáfora Kafkiana, una flecha que nos empuja hacia adelante, el pasado, mientras otra nos empuja hacia atrás, el futuro. Es muy interesante constatar que esta metáfora sirve muy claramente no sólo para explicar la posición que tenemos en nuestro propio tiempo sino cómo las fuerzas de la tradición trabajan sobre nuestro. La explicación de Arendt a partir de esto (sobre la cultura, la libertad, el poder), son fácilmente entendibles si la metáfora es aplicada al ser humano como grupo o a la sociedad. El hombre social es el que se encuentra en medio de la metáfora kafkiana. Lo que quiero intentar ahora es utilizar la misma fuente de explicaciones para hablar sobre el individuo, la persona individual enfrentada a su propio tiempo, esto es su pasado y su futuro propios vistos desde su presente, así como a los embates de la vida que harán que la flecha temporal se rompa y le de una visión más amplia de su propia existencia. A partir de esto intentaré hablar sobre dos temas fundamentales en la experiencia moderna. El silencio que rodea a una experiencia, la decisión de no contar, y su contrario, también presente y cada vez de mayor alcance gracias a los medios de comunicación, el contar. Tanto la narración terapéutica del hecho como la prostituida y repetida hasta el hastío. El shock: Punto de ruptura entre el pasado y el futuro Con Arendt aprendimos que nosotros somos el punto de inflexión entre el pasado y el futuro. Nuestra mirada es la que tiene la capacidad de transformar el tiempo y crear el presente. La expectativa de lo que vendrá versus la memoria son dos formas de pensar en el futuro y el pasado trasladándolas al presente. En el individuo ocurre algo sobre lo que Arendt sólo pasa por encima. La flecha temporal normalmente no tiene este elemento de ruptura y el presente se diluye en la vida cotidiana difuminando las barreras que separan el ayer y el mañana. No se sabe dónde comienza el ahora y donde el mañana. Este fenómeno se debe a la falta de atención que traen la rutina y la cotidianidad carente de eventos importantes que marquen la vida. Los días se repiten iguales acompasados por los fines de semana, por las fiestas de año nuevo, por los hijos, los matrimonios, las muertes, en fin por el ciclo biológico del individuo. La vida se convierte en un río como la metáfora clásica, un flujo en que es imposible encontrar elementos definibles y distinguibles. En este entorno el pasado es únicamente un cúmulo de recuerdos más o menos reales, más o menos definidos, y el futuro un complejo de ideas preconcebidas y certezas ineludibles. Es de esta manera que aunque nosotros sigamos siendo el factor que rompe el tiempo y ajusta cada elemento en su lugar correcto, este se convierte en una marea de actividades que nos confunde o nos adormece. Arendt indica que “aplicadas al tiempo histórico o al biográfico, quizás ninguna de estas metáforas tenga sentido, porque las brechas temporales no se producen en ellos.”. Y esta explicación puede ser razonable al hombre social porque no existe ningún hecho que afecte verdaderamente a toda una sociedad, pero en la vida individual hay momentos de crisis o de tragedia que pueden ser casi dolorosamente gráficos una ruptura en el tiempo. Pero tiene que ocurrir algo verdaderamente destacable para que se de esta ruptura, este hecho sobresaliente muchas veces toma la característica del shock del que ya hablara Benjamin: “El shock es la esencia misma de la experiencia moderna”. A esta definición de Benjamin regresaremos luego. Arendt ya lo adelanto, para que exista un punto de ruptura es necesaria la crisis o la tragedia, pero yo iría más allá. Es necesario el golpe puntual del shock para que resquebraje la estructura del tiempo. Un hecho fácilmente identificable, como un atentado, un desastre natural, un accidente, una experiencia que vaya más allá de los sentidos que recomponga con su aire nuevo la vida que en ese instante se deja atrás, y le de un toque de esperanza o desesperanza a la vida que llegará. Con el shock, el presente se hace fácilmente palpable como “el momento que estoy viviendo” y con este acomodación a la fuerza, este violento despertar a la conciencia, el pasado como el futuro encuentran su lugar correcto. El siguiente paso es entonces comprender cómo el shock puede ser convertido en experiencia. El silencio: la imposibilidad de la palabra Benjamin contaba que en “el incremento de las vivencias, de las situaciones límite”, el shock o la tragedia, puede procurar un estado de cosas en que -sencillamente- perdemos el sentido, no podemos transformar en experiencia un caudal ilimitado de vivencias. Este silencio, cargado de dudas o de otros silencios, es algo que pudo ver Benjamin “...se pudo constatar que las gentes volvían mudas del campo de batalla. No enriquecidas, sino más pobres en cuanto a experiencia comunicable”. Él habla de los soldados que regresaban de la primera guerra mundial, sorprendidos por una guerra que iba más allá de lo imaginable, pero también de los soldados de la segunda guerra mundial que entraron a los campos de concentración para enfrentarse con el horror. Todo lo experimentado era tan excesivo que las palabras faltaban. ¿Pero qué era lo que los dejaba mudos?, no tanto la violencia o la muerte que de eso se había visto mucho, cada siglo llegaba con su dosis de muerte y sangre, lo que impacta era lo avismalmente diferente, se encontraron y siguiendo con Benjamin “en un paisaje en el que todo menos las nubes había cambiado, y en cuyo centro, en un campo de fuerzas de explosiones y corrientes destructoras, estaba el mínimo y quebradizo cuerpo humano”. El hombre que empezaba a sentirse poderoso desde el siglo XVIII con la tecnología y el poder sobre la naturaleza, volvió a saberse débil, temerosa de si mismo. Un ser de carne y hueso fácilmente desarmable por las herramientas que él mismo había creado. Y entre esos cuerpos hechos de materiales blandos surgió la capacidad de destrozar cuerpo y espíritu. El hombre dejó de reconocerse, el espejo en el que se veía le devolvía una imagen distorsionada de si mismo, una imagen que no podía ser soportada. Fue de esta manera que el silencio se apoderó de los soldados que volvieron sin saber quienes eran ellos mismos, si el cuerpo de carne fácilmente destruible, o el frío perfil del torturador. Las experiencias vividas no sirvieron para definir al observador sino para acallarlo. El puente que convierte lo vivido en experiencia, el pasado en memoria se había roto. El presente se volvía eterno y el pasado y el futuro se distanciaban. Todo ha cambiado, nada volverá a ser lo mismo. Era necesario que alguien empezara a hablar. Que alguien ponga en su lugar lo vivido y aquello por vivir. Quienes tenían la capacidad de hacerlo eran aquellos que no fueron los observadores sino los protagonistas. Los que vivieron el shock en carne propia fueron los principales interesados en encerrar lo vivido en el pasado y proyectarse hacia el futuro. El testimonio: La necesidad de la palabra, volver real lo vivido Primo Levi cuenta en “La tregua” del largísimo viaje desde el campo de concentración hasta su Italia natal, un viaje hecho como vagabundos, ex-prisioneros, pero siempre con la sombra de lo vivido sobre los hombros. Siempre forasteros en tierra extraña no fue hasta que escucharon hablar nuevamente italiano con la guerra a sus espaldas en el que se sintieron finalmente en casa. En ese momento Primo Levi escribe: “Nos parecía que teníamos algo que contar, cosas enormes que contar a cada uno de los alemanes, y que cada uno de los alemanes tenía que contárnoslas a nosotros. Sentíamos la urgencia de echar cuentas, de exigir, de explicar y de comentar, como los jugadores de ajedrez al final de la partida.”. El volver palabras lo vivido era la única manera de enfrentarse con el dolor de la memoria, Karen Blixen sufre la perdida de su amante y escribe en Memoras de África: “Se puede soportar todo el dolor si se lo pone en un una historia o se cuenta una historia de él”. Mitificar lo vivido, convertir la experiencia en un relato le da sentido a todo lo vivido, ayuda a explicar lo que de otra manera sólo sería un cúmulo de detalles dolorosos. Como dice Benjamin: “La historia revela el significado de aquello que de otra manera seguiría siendo una secuencia insoportable de meros acontecimientos.” Porque además el relato va más allá que la simple terapia. El relato permite darle un sentido a la experiencia, y a partir de este sentido crear una realidad para el que lo ha vivido. Paul Ricoeur señala que la gente y las comunidades desarrollan su identidad relatando historias de las que son protagonistas. De la misma manera los prisioneros de campos de concentración logran encontrar la identidad perdida cuando subieron a los trenes de la muerte contando esa historia. Todo lo que perdieron al enfrentarse ante la fuerza destructora con la que se enfrentaron y borró sus identidades, a tiempo que les tatuaban un número en la piel, se reconstruiría al explicar la historia de lo vivido. La sombra que llegó a Italia bajo el nombre de Primo Levi no fue el mismo que un día partido de allí, pero cada día, con cada página que escribía volvía a recuperar quien fue él. Nunca el mismo, nunca igual, pero al final de cuentas otra vez un hombre completo. Este nuevo hombre construido podría ser, si seguimos a Benjamin, el verdadero hombre moderno. Benjamín dijo de Baudelaire: "Baudelaire colocó el shock de la experiencia en el centro mismo del su trabajo artístico” Un cruel corolario a este tema fue la historia de Enric Marco que sin haber tenido la experiencia construyó su identidad en base a un relato ficticio. El gran hombre moderno construido a si mismo con un fantasma en el centro mismo de su existencia. Pero incluso aquí puede ser esclarecedor Primo Levi aunque hablando de los líderes Nazis que negaron su participación en los campos de concentración en “Los hundidos y los salvados”: “La distinción buena fe/mala fe es optimista e ilustrada, y es así tanto más y con tanto mayor razón se aplica a hombres como los que acabamos de nombrar. Presupone una claridad mental que pocos tienen y que, incluso estos pocos, pierden cuando, por cualquier motivo, la realidad pasada o presente provoca en ellos ansia y desasosiego. En estas condiciones sí es cierto que hay quien miente concientemente falseando a sangre fría la irrefutable realidad, pero son más numerosos aquellos que levan anclas, se alejan – momentáneamente o para siempre – de los recuerdos auténticos y se fabrican una realidad más cómoda.” La necesidad de decir: ¿Qué tienen que decir los otros? Primo Levi hablaba de la vergüenza de estar vivo, la vergüenza del sobreviviente que ha logrado escapar de la locura, del horror y no se siente con fuerzas suficientes para aceptar a todos los que no lograron salvarse, a los que se quedaron detrás suyo. Esta vergüenza es combatida con la recuperación de la memoria, una íntima ceremonia para rescatar a los muertos e igualarse con ellos. Es cierto lo que dice Benjamin que “Hasta donde sea posible cierto ‘dominio’ del pasado, éste consiste en relacionar lo sucedido: pero dicha narración, que da forma a la historia, no resuelve ningún problema y no alivia ningún sufrimiento”, porque el sufrimiento no podrá ser nunca aliviado con el recuerdo, solamente la negación de esto y la confianza que la mentira un día se vuelva real, es la única forma de aceptarlo. Pero la necesidad de rememorar el sufrimiento es el compromiso adquirido al sobrevivir. Al rescatar a los muertos se rescata la verdad, Adorno ya lo decía: “dejar hablar al sufrimiento es el principio de toda verdad”. En una tragedia de grandes proporciones muchas veces se juntan los dos fenómenos arriba explicados: el silencio y la palabra. Y estos dos elementos se encuentran más perfilados en cuanto más se acerca al núcleo de la crisis. Quienes estuvieron más cerca guardan más silencio o sus palabras están preñadas de silencio, quienes fueron los testigos cuentan más volviéndose ruidoso y estridente mientras se alejan del radio de acción. Así pues en toda tragedia el periodista no accederá nunca al primer afectado (el herido, la víctima) sino que acudirá a los familiares, a los llamados “testigos presénciales” del accidente. Vecinos y curiosos serán los principales interlocutores. En fenómenos de gran repercusión como los atentados del once de marzo se puede ver bien esto. ¿Quienes contaron? ¿Quienes callaron?. Y además, como nunca aquellos cientos de testigos pudieron contar lo que vieron. Pero mientras más lejos las cámaras se alejaban de los gritos y las lágrimas los discursos iban endureciéndose, convirtiéndose en declaraciones de cartón piedra, en lágrimas de plástico. Como en una letanía se escribió sobre el Once de Marzo en el libro colectivo “pásalo” fabricado con una recopilación de artículos, mensajes de movil, textos de bitácoras: “Muere Madrid,/Día de luto;/¡Cuánto horror!/Siento vergüenza/De estar vivo./” una vez más se recupera la frase de Primo Levi y aquí cobra un color diferente. Ya no es el sobreviviente el que habla, sino es el mudo desconcierto del que no entiende, del que ha escuchado mucho y aun no lo logra entender, aquel (como muchos) que nunca logrará entender. Después de los días de luto y durante días inacabables los periódicos publicaron los nombres y relatos de cada uno de los que murieron en el trágico día. Lo que al principio era una necesidad de no olvidar, de asegurar la memoria, al final se convirtió en una dura práctica de penitencia. Los rostros seguían apareciendo en la prensa cada día con historias personalizadas y por eso mismo dolorosas, pero seguían siendo publicadas y leídas con el sufrimiento del recuerdo que conllevaba. Ingeborg Bachmann el poeta austriaco escribió que “la tarea del poeta consiste en no negar el dolor”, a si mismo que la tarea del sobreviviente, es no solo negar el dolor sino aceptar el recuerdo. Y algo más Pero es importante dejar caer una crítica para truncar la dirección de este relato. La misma crítica que un día usaría Benjamin, “la pobreza de nuestra experiencia no es sólo pobre en experiencias privadas, sino en las de la humanidad en general. Se trata de una especie nueva de barbarie”. La experiencia se convierte en una nueva forma de comercio. Al no tener una experiencia privada que pueda servir para colocar en su lugar nuestro pasado y nuestro futuro (una necesidad si deseamos escapar del absurdo sin tiempo), necesitamos acudir a experiencias prefabricadas ya sean en forma de deportes de riesgo o de experiencias ajenas mil veces relatada a través de los medios de comunicación. Cada vez necesitamos vivir las experiencias que nunca tendríamos a través de los ojos del otro. Buscamos estas experiencias porque hemos alejado las propias. Al haber erradicado de nuestra vida cotidiana la guerra y el dolor para encerrarla en la televisión, en el reporte internacional, hemos negando la experiencia. En Estados Unidos la tragedia del once de septiembre marcó tantas vidas no únicamente por el impacto humano que tuvo (que lo tuvo y de una manera abrumadora) sino que de mucho tiempo una experiencia real entraba a la vida cotidiana de millones de personas. Una vez más acudimos a Benjamin: “La pérdida de la experiencia está estrechamente ligada a la trasformación del hombre en autómata en la modernidad por lo que es necesario reencontrar, mediante la rememoración colectiva, la experiencia perdida [...]” Pero esto no quiere decir que necesitamos la tragedia en nuestra vida cotidiana, un ejemplo de que es posible recuperar la experiencia se ve en Kafka, en Proust y en autores que desde su hogar pudieron acceder a las vivencias por una experiencia que no tuvieron. Finalizamos este último tema con la ayuda de Arendt, que nos revela lo grandioso de este autor pero también nos da una vislumbre de esperanza: “Kafka, gracias a la mera fuerza de la ingeligencia y de la imaginación espiritual, creó sobre la base de un despojado mínimo de experiencia “abstracta” una especie de paisaje del pensamiento que, sin perder precisión, alberga todas las riquezas, variedades y elementos dramáticos característicos de la vida “real”.” |
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