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Fotos de guerraDedicado a Sandra Balsells
El viaje por Europa en el pequeño Peugot había borrado casi totalmente el objetivo de nuestro viaje: La Guerra. Tenía 23 años, recién salida de la carrera de periodismo y me dirigía a mi primera guerra, iba cargada con dos máquinas fotográficas (una de préstamo) y todos los carretes que había podido comprar. Viajaba con otro fotógrafo, bastantes años mayor y perro viejo de guerras en Medio Oriente y de casi toda África. A medida que los kilómetros avanzaban y dejábamos atrás las perfectas carreteras francesas y las ordenadas urbanizaciones alemanas nos acercábamos a esa región brumosa del mapa y de mi cabeza que se llamaba Yugosalvia, o que se dejaría de llamar Yugosalvia. Cuando dejamos atrás el último prado verde, la última gasolinera de la Shell y los últimos niños sonrosados cogidos de la mano de su madre y empezamos a perder nuestra vista en caminos desolados y áridos, supimos que nos acercábamos a nuestro destino. Cada vez encontrábamos más baches en la carretera, cada vez más casas abandonadas hace mucho tiempo. Eran recuerdos de todos los años de conflictos que depositaban, como los anillos de árboles, polvaredas de batalla sobre las mismas ruinas. Cuando pasamos el retén militar, rostros duros, cansados e inquisitivos, el mismo clima pareció ponerse de acuerdo con nuestro destino. Grises nubarrones empezaron a oscurecer el horizonte. Esperaba que llegáramos a nuestro destino antes de que el gris aprisionara el paisaje. Las fotografías con la luz opaca filtrada por las nubes son planas y carentes de vida. Cuando la última señal de los controles militares se perdió detrás nuestro vimos la primera casa quemada. Tenía una pared destrozada y de sus ruinas salía un delgado y cansado humo negro. – No vale la pena que paremos, esa bomba cayó hace ya días -. Me dijo la voz serena de mi compañero sin bajar la velocidad. Había visto mi mirada ansiosa, había sentido mis apetito de encontrar mi primera escena de conflicto. Después de esa casa, perteneciente a un abandonado poblado, vimos muchas otras que parecían repetir la escena. Ausencia de vida, un escuálido humo negro como único movimiento en el paisaje. Sombras que parecían aun rodear la casa aunque sus dueños hace tiempo ya se habían marchado. Las nubes grises ya estaban sobre nosotros y todo el paisaje tenía la consistencia plana de una fotografía desenfocada. Quizás no tardaría en llover pero en Yugoslavia eso es imposible de prever. Finalmente sentí como el motor del coche disminuía la velocidad y tomaba una curva. Estábamos entrando a un pequeño poblado, al parecer intacto. Abrí la ventanilla para sentir el olor de ese pueblo, y con el frío de la tarde entró la soledad opresiva del lugar. No se veía a nadie pero me sentía observada. Casi podía imaginar las sombras detrás de los visillos de las ventanas y la mirilla del francotirador seguir al coche extraño. Era una soledad llena de tensión, una soledad asfixiante. - Vamos chica, ahí está tu primera foto – Dijo mi compañero mientras apagaba el motor. Por unos momentos la soledad del ambiente había entrado dentro mío y la súbita voz de mi compañero me sobresaltó. Había visto el cuerpo de un hombre echado en la acera. Yo nunca había visto un cadáver en mi vida, pero desde que decidí la carrera de periodismo y más aun cuando acepté viajar a la guerra con aquella propuesta arriesgada, sabía que me tocarían ver muchos. Ahora finalmente tenía mi primera escena de guerra delante mis ojos. Con lo inevitable en mente, quité la tapa de la cámara fotográfica, abrí la puerta del coche con extraños latidos golpeándome el pecho, me levanté y di dos pasos. El emocionado impulso inicial y toda la excitación del viaje se esfumó en un instante. El hombre muerto no era mayor, habría tenido como mucho treinta años. Tenía el pecho teñido con una mancha de sangre, los ojos casi abiertos mirando hacia una dirección imposible y los pies doblados en un extraño ángulo. Mi mente se quedó vacía, como si le hubieran quitado de golpe la llave a la ignición. Nada dentro mío funcionaba. Mis ojos fueron instintivamente a su pecho buscando el leve indicio de una respiración. El cuerpo estaba inmóvil, como si hubiera nacido así en el principio de todo. Parecía inalterable como una montaña o una roca, pero al mismo tiempo totalmente frágil en esa faceta de humano que todavía conservaba. Sus piernas eran muy delgadas así como sus brazos, su cuello estaba hundido y la sangre, que siempre vemos roja en el cine y la televisión, era de color negro como el terciopelo. Después aprendí que eso significaba que ya llevaba algunas horas muerto. - O empiezas a disparar o te vuelves a España – escuché una voz detrás mío. Había olvidado a mi compañero que esperaba con la impaciencia que da la experiencia en estos casos. Yo tenía todavía las manos puestas en la cámara, y el dedo ridículo sobre el disparador. Mi gesto mostraba lo ansiosa que había estado por disparar, quizás como el novato que llega a la guerra con su rifle sin estrenar. Igual que esos soldados que de niños llegan al frente como en un juego, me topé de golpe con la guerra de verdad. La guerra que yo había elegido retratar para mostrar al mundo. De pronto por el rabillo del ojo vi movimiento a un costado mío. Era una pareja de ancianos que se acercaban al cuerpo. Llevaban una bolsa de plástico, después me enteré para cubrir al hombre caído y pedirnos que nos lo lleváramos. Éste había sido su vecino y había caído regresando a su hogar. No se habían acercado antes por miedo al francotirador. Mi presencia allí les dio la seguridad necesaria para salir. Pero cuando llegaron no dijeron ni una palabra, ni siquiera me vieron. Se pusieron a ambos lados del cadáver y empezaron a desenrollar el plástico. Sabiendo que mi compañero tenía razón, que si no empezaba a disparar ahora no podría hacerlo nunca elevé la cámara hasta la altura del rostro y busqué con el ojo la mirilla. A través del recuadro y el leve aumento del objetivo me tuve que enfrentar nuevamente con el cadáver. Sabía que si me lo quedaba viendo nunca podría apretar el disparador. Entonces enfoqué mi mente hacia otro aspecto. Empecé a pensar en la fotografía, calculé la luz, la obturación, la velocidad, el tiempo. Sabía que estaba nublado por lo que necesitaba un menor tiempo para intentar capturar los grises de la imagen. También quería poca profundidad de campo para alejarme del pueblo y sólo mostrar a la pareja y al hombre caído, por lo que necesitaba una abertura mayor. Como cuando se hace una cama la pareja extendió el plástico como si fuera una sábana, una mortaja. En ese instante realicé el primer disparo. La pareja no representaba un papel para mí, sólo me aceptaba en su pequeño ritual póstumo. Con su presencia la pareja me había aceptado como una cronista del hecho, como una testigo, y sólo ese hecho me convertía en una interlocutora válida. Era una fotógrafa que estaba mostrando la guerra. Había sacado muchas fotos antes, pero esa fue mi primera foto verdadera. Seguí apretando el disparador una y otra vez hasta que me di por satisfecha, pero sabía que la foto que después elegiría, la que mandaríamos con mi compañero al periódico, sería la primera que había disparado. Fotos de guerra II Yo la veía desde la puerta pero era como invisible para esa mujer. Acababa de llegar de su ciudad en guerra y mi casa se convirtió en el único refugio posible. Llegó con una maleta llena de su vida dejada atrás y con una tímida sonrisa en el rostro como preguntando si estorbaba. Entro en la habitación que le había dejado y en el mismo instante abrió su maleta sobre su cama. Es increíble la capacidad de algunas personas de volver hogar las paradas del camino. Salí por una llamada telefónica y cuando regresé vi la maleta a medio deshacer sobre la cama y la mujer en el otro extremo, llorando con los ojos escondidos entre las manos. No lloraba de pena o de miedo. Después de décadas de guerra, de muertos cercanos y queridos, esas lágrimas se han secado hace mucho tiempo, tampoco lloraba de abandono. Cuando la vi sin ser vista, cuando la vi junto a su maleta con las ropas a medio salir, revueltas en el ajetreo de la partida, supe porqué lloraba. Al igual que su maleta la mujer tenía sus entrañas revueltas y a medio salir. Por primera vez, y sólo cuando la situación se hizo insostenible, salió de su país. Dejaba atrás todo lo que conocía, todo lo que había querido y hasta protegido. Una parte de ella, como de sus sucintas vestimentas, se habían quedado atrás. Y ahora, después de la inimaginable tensión del viaje, de los controles de carretera, de los bombarderos volando hacia el mundo que dejaba, se encontraba con su cuerpo desparramado sobre la cama. Abierto por una herida no causada por la guerra sino por lo que había dejado atrás. Con sus entrañas doliéndole por tantas ausencias que esta tierra sin sombras propias no podía consolar de ninguna forma. Con ella sobre la cama y dándome la espalda enfoqué y disparé. Fotos de Guerra III Es un soldado hundido en un sillón apartado, en un bar de oficiales en lo que era Yugoslavia. El ambiente es espeso por apurados cigarrillos. En una mesa de billar a la izquierda un grupo de soldados jugaba una cansada partida, en esa partida nadie gana, nadie pierde. El soldado en el sillón había dejado consumir un cigarrillo en la mano derecha y su mirada estaba perdida en la ventana que dejaba entrar luz, pero nada más. El ruido era apagado y sordo, ajeno a esos bares bulliciosos y alegres de las películas de soldados. Aquí nadie cuenta sus hazañas de guerra, nadie enseña la foto de su novia, nadie escribe fervorosas cartas a su madre. Esta escena no es de película, esta guerra no es de ficción. Sobre este hombre en el sillón no quiero contar que analizaba los horrores de la guerra, que recordaba al niño que le acababa de disparar, a las aldeas que habían arrasado con ruidosas bombas. Tampoco lo quiero utilizar como la figura del enemigo ni del amigo, ni del vencedor ni del caído. Quizás es algo de eso, quizás es todo aquello junto. Se puede ser amigo y enemigo a un tiempo (siempre se es amigo y enemigo, siempre se es vencedor y caído, todo depende de donde se mira). Este es un soldado que sale a la calle con el rifle como va al trabajo. Que mata porque eso hace. Está cansado como el oficinista o el cocinero que llega por la noche del trabajo. Pero es un cansancio mucho más antiguo, es un cansancio de todos los soldados que pelearon guerras que no eran suyas, que combatieron por ideales por los que no creyeron. Este es un soldado profesional y él solo carga con el peso de los pecados de todos los hombres que decidieron hacer una guerra. Ahora ese hombre ha olvidado que tenía un cigarrillo encendido e la mano derecha, ha olvidado que está cansado y sucio. Este soldado intenta no pensar, pone su mente como si fuera una hoja blanca, impoluta. Esa es la única forma que a la mañana siguiente pueda salir a la calle con el rifle como si fuera al trabajo, que pueda matar porque eso es lo que hace. |
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