El forastero


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El juego del Futbolín

...y los hombres somos como los jugador es de futbolín.
Tenemos palos de acero en el corazón,
y giramos fuera de control.
100 Girls


En fútbol, lo que interesa son los clásicos, qué importa cual partido: Boca-River, Wilsterman-Bolivar, Barca-Real Madrid. Como dice Fontanarosa: “Un clásico es un clásico, digan lo que digan; ahora yo ya tengo como 30.000 clásicos jugados y así y todo, le digo, todavía cuando escucho el pique de la primera pelota en la mitad de la cancha me pongo nervioso”. Claro que quien decía eso era el Wing derecho de una cancha de Futbolín, porque el clásico que se repite siempre es el del futbolín.

Porque este juego es sólo una representación de la vida, de ese deporte que no podemos olvidar porque está allí siempre. Y si un día nos aburrimos de manejos sucios y millonarios, de jugadores alcohólicos o estrellas, de partidos aburridos o de desclasificaciones injustas, la cancha de futbolín siempre está allí para reafirmarnos sobre el césped de madera o metal. Sus jugadores firmes, dispuestos a ganar o a perder con orgullo, sin recurrir al fault fácil, al insulto o a la tarjeta amarilla. El futbolín es el punto de encuentro entre dos equipos (dos o cuatro jugadores), es un clásico, sin importar de qué color estén pintadas las camisetas.

La historia del futbolín

La historia del futbolín es más cercana que lo que creemos y más emparentada con el ingenio y la poesía que la mayoría de los deportes. Su inventor se llama Juan Finisterre, seudónimo de Alejandro Campos Ramírez. Nacido en Finisterre (La Coruña) en 1919 e hijo de un fabricante de zapatos en bancarrota. Fue poeta, inventor, dramaturgo frustrado, editor y periodista. De joven, aun en su España natal, fundó la revista Paso a la juventud, inventó el “pasahojas” para partituras y organizó el primer recital del que se convertiría en el gran León Felipe.

El mismo Finisterre cuenta del nacimiento del futbolín: “Por culpa de una bomba nazi, de las que lanzaron sobre Madrid, quedé sepultado entre cascotes, con heridas graves. Me llevaron a Valencia y luego al hospital de la Colonia Puig de Montserrat. La mayoría de los que estaban allí eran mutilados de guerra. Yo había jugado al fútbol, pero me había quedado cojo y envidiaba a los que podían jugar.”

La república de los juguetes

Cuando España terminaba la guerra civil y el horizonte de la República aparecía en el horizonte, la sociedad empezaba a organizarse bajo un orden diferente. La guerra había dejado sin juguetes a los niños y el bando ganador, opuesto a la religión católica, había intentado cancelar la fiesta de los Reyes Magos (la fiesta que trae los juguetes). Era 1937 y sólo se podían encontrar juguetes bélicos, diorama de batallas y un muñeco republicano que elevaba el puño en alto.

Finisterre trabajaba en una escuela con la pedagogía anarquista de Ferrer Guardia, otro intelectual de aquella revolución. Como antaño, antes de la guerra y de los muertos y de todo lo ocurrido, el fútbol seguía siendo lo que más atraía a los niños y les permitía salir de si mismos y convertirse en jugadores importantes, en estrellas del balón. Los niños inválidos que la guerra había dejado, y los días de lluvia grises en esos años que olían a esperanzas, unieron a Finisterre con un carpintero del Monistrol para crear el primer modelo de Futbolín: los futbolistas eran de madera de Boj y la pelota de corcho aglomerado.

Cuando regresó la guerra y el sueño de la República cayó, Finisterre tuvo que huir a través de los pirineos hacia Francia. Se llevó consigo únicamente dos obras de teatro y la patente del futbolín: En otras palabras, todo lo que era él.

Viajes y huidas

Aunque perdió todo lo que había intentado salvar la empresa francesa Mareé, que ya empezaba a fabricar el juego, le dio suficiente dinero para que pudiera marcharse hacia Ecuador donde fundó la famosa revista Ecuador 0º0’0’’. Años después, en Guatemala, Finisterre conocería la habilidad y la pasión que los indígenas le ponían a la fabricación de juguetes. En esa época perfeccionó su obra con barras telescópicas de acero Sueco, mesa de caoba de Santa Maria, y los maravillosos tallados de aquellos indígenas que dedicaban su arte a los niños. De esa época eran los encuentros célebres entre el inventor-poeta y el espíritu de la revolución: el Che. Se reunían frente a la cancha de futbolín en el Centro Republicano Español de Guatemala.

Pero una vez más Finisterre tuvo que huir cuando Castillo Armas invadió Guatemala. Finisterre, que seguía siendo poeta e izquierdista de corazón, fue capturado por el nuevo dictador y embarcado en un avión hacia Madrid. Finisterre cuenta como amenazó al piloto con estrellar el aparato, y así logró desviar su destino rumbo a México. Se estableció en aquella ciudad donde los futbolines piratas ya eran el juego más común para los niños mexicanos. Allí contactó un viejo amigo que había llegado huyendo de la dictadura de Franco: el poeta Leon Felipe; Finisterre se convertiría en su amigo, editor y albacea. En México retomó la edición de libros publicando las obras de exiliados políticos que sólo podían describir a España desde el recuerdo y que muchos nunca volverían a ver; Es clásica la colección “Perspectivas Españolas” que agrupa ensayos sobre el exilio, la literatura o la cultura española junto a un gran número de otras publicaciones.

Para entonces el futbolín ya se jugaba en todo el mundo. Incluso en la España de posguerra el futbolín se convirtió en el rey. Como dice una breve biografía de Finisterre: este juego era “hijo de aquel conflicto, y cuyos jugadores, fundidos en un metal que había segado la vida de mas de un Español, algo tenían de soldaditos de plomo que pateaban aquellas bolas compactas como balas de cañón.”.

El juego de Futbolín se ha convertido en el punto de encuentro en bares, puertas de colegios y kioscos en medio de plazas abandonadas y a medio reformar. Moneda a moneda y gol a gol, los chicos se encuentran frente a frente, bien parados y con las manos en los pomos. Los jugadores bailan, patean la pelota y son pelés y maradonas por unos momentos. Las canchas de futbolín, muchas ya viejas y con la pintura descascarada, siguen presentando un clásico ante una tribuna de papel y ante los ojos ansiosos de jugadores y público que espera el resultado de ese partido a cinco goles. Y aunque ha sido un poco desplazado por los juegos electrónicos, el Wing derecho del cuento de Fontanarrosa explica: “los muchachos siempre vuelven. Porque el fútbol es el fútbol. Esa es la única verdad. ¡Qué me vienen con esas cosas! Son modas que se ponen de moda y después pasan. El fútbol es el fútbol, viejo, El fútbol. La única verdad.”

El futbolín cantado

Algunos cantantes hablan de lo que les importa, y aquellos grupos y hombres que viven en bares, que sueñan sueños de niños y que a pesar de llenar estadios cuando cantan una canción, siguen regresando a los amigos de siempre y a los juegos de toda la vida. Ellos le cantan al futbolín:

“La clientela bebía
el futbolín encontraba
las miradas perdidas
los codos en la barra”.
Estopa

“Tira p´al barrio al bar del tío fermín.
viva el vino tinto, viva el futbolín,
mis buenos colegas y mi buen hachis.”
Ska-p

“En un lugar de mi barrio,
en un billar
una panda de chicos
con un pitillo en la boca.
Arreglábamos el mundo
a golpes de futbolín....”
Miguel Ríos

No me gana nadie en esto de perder y perder.
pierdo mañanas, pierdo el pelo, pierdo al metegol,
solo frente al arco, me enredé de nuevo los pies .
Caballeros de la quema

Todo lo que hagas pibe no es bueno,
hoy ser joven no tiene perdón,
sos la pelotita de este juego,
un metegol.
Míralos como van a la mentira,
cómo le corren a la verdad,
¿qué anda pasando con la vida, qué libro usás?
Raúl Porchetto

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Año 2006 - V. 4.0