El forastero


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La historia del tiempo

"¿Qué hora ha dado ese reloj?"
Julio Cesar", Shakespeare


Desde siempre el ser humano a intentando conocer su propio tiempo. Casi todas las grandes culturas antiguas (egipcios, mayas, incas) tenían un sistema más o menos preciso de medición del tiempo en lunas, estaciones y años. La forma más sencilla de control era la del sol levantándose por el naciente y muriendo por el poniente, la de la luna con sus fases, y la de las estaciones que marcaban el curso de los años. La precisión, en cuanto nosotros consideramos como tal, no era tan grande y los años tenían más o menos días que los que la tierra rodea al sol. Otros niveles de precisión, como de los eclipses y equinoccios, era considerables por ser necesarios para las cosechas y ritos sagrados. Los relojes de sol y otras maravillas técnicas eran la única forma de conocer el momento del día en que uno se encontraba de una manera completamente inexacta pero suficiente para las necesidades del momento. “Nadie podía saber la hora del día sin hacer referencia a otros indicadores socio-espaciales: el ‘cuando’ estaba casi universalmente conectado al ‘donde’ o identificado por los regulares acontecimientos regulares.” . Pero en ese momento tampoco nadie necesitaba saber la hora exacta.

Esto pronto cambiaría y empezaríamos a movernos al ritmo de las manecillas. Las maravillas técnicas como las clepsidras árabes, o relojes de agua, y mecanismos como relojes de arena que servían para cronometrar las disertaciones de dos oponentes en el ágora griega fueron el inicio de una importante revolución temporal. Por primera vez el tiempo estaba encerrado dentro del mismo sistema que lo medía y no era una simple vigilancia de los fenómenos externos. Aunque por ese momento la medición sólo era el privilegio de unos pocos, además de ser un juego o ingenio sin utilidad práctica totalmente establecida.

La técnica evolucionó con los años enfrentándose a un gran problema. El problema con el que se tuvo que enfrentar fue la partición del tiempo. Tanto el agua como la arena y los otros sistemas de medición eran flujos constantes que aunque podían señalar más o menos claramente el momento actual, seguía siendo un flujo carente de unidades, y por lo tanto inexacto. Incluso con la aparición de impresionantes relojes mecánicos todavía existía el problema de la periodicidad, que como el flujo del agua, era imposible de controlar.

La necesidad de una medición precisa del tiempo empezaba a ser importante. Galileo había cronometrado sus experimentos contando los latidos del corazón o escuchando a un grupo de músicos seguir un compás, pero hasta que no llegó Huygens con el primer reloj de péndulo con un periodo natural de oscilación, no se podían realizar mediciones precisas. Los relojes más exactos que Huygens llegó a construir sólo tenían un error de 10 segundos al día.

La aparición de este tiempo preciso permitió que personajes como Newton hablara de un tiempo absoluto, fijo e invariable. Este tiempo absoluto fue de gran importancia para el desarrollo de la física y dio vida a las leyes de Newton y a innumerables avances científicos que sólo con el pasar preciso del segundero podían ser controlados. La conciencia de este tiempo absoluto, que estaba completo en si mismo, en el delicado mecanismo de la relojería, y era común para todos los individuos fue intensificándose con la aparición de los relojes de pulsera y su democratización con la llegada de la revolución industrial y la necesidad de entrada simultánea a las fábricas y a la cadena de montaje que se movía al mismo tiempo que el segundero.

La necesidad de control del tiempo absoluto que la revolución industrial trajo, así como la internacionalización de los calendarios y la creación de los husos horarios todo en el transcurso de pocos siglos permitió que la hora absoluta sea un concepto general. Incluso hoy en día los relojes atómicos únicamente miden el intervalo entre los saltos de niveles de energía de los átomos de cesio. Aunque no sabemos lo que es el tiempo (seguíamos midiendo periodos escogidos por consenso), el mundo entero empezó a vivir un tiempo común.

Primero el tiempo se entendía en comparación a un fenómeno externo. Después el tiempo se convirtió en absoluto en base a compararlo con un sistema de intervalos iguales. Finalmente llegó Einstein y dijo que el tiempo no era absoluto.

Newton creía que el tiempo era igual para todos, que era un concepto absoluto y como tal cerrado en si mismo e independiente del observador. Por es misma línea se llegaba a la conclusión de que el tiempo era un fenómeno real, que el tiempo existía sin que existiera el hombre y que no era necesario medirlo para aceptar su existencia.

Hasta principios del siglo XX se podía afirmar inequívocamente la posibilidad de medir el intervalo de tiempo entre dos sucesos sin ambigüedad, y que dicho intervalo sería el mismo para todos los que lo midieran. Con el descubrimiento de Einsetin en 1905 del tiempo relativo y de la velocidad constante de la luz sin importar de la posición o velocidad del observador, caía por el suelo el concepto de tiempo absoluto y este volvía a pertenecer al observador. “...cada observador tendría su propia medida del tiempo, que sería la registrada por un reloj que él llevase consigo: relojes correspondientes a diferentes observadores no coincidirían necesariamente” . Con la desarticulación del tiempo absoluto se tiraba por el suelo el concepto del tiempo como algo real e independiente al ser humano.

Pero hay más, según explica Stephen Hawkings el tiempo como flujo no existe, el tiempo es únicamente una dimensión más, pero la incapacidad de movernos en la dimensión del tiempo salvo hacia adelante (o lo que nosotros consideremos hacia adelante) esto es causado por la segunda ley de la termodinámica. “...la flecha termodinámica, que es la dirección del tiempo en la que el desorden o la entropía aumentan” . Lo que nosotros consideramos tiempo no es otra cosa que el desgaste paulatino que nos lleva hacia la entropía. Aunque los ordenadores con la transmisión instantánea de información pueden entender esto a nosotros nos resulta imposible comprender este fenómeno.

De una manera aun más difícil de entender el mismo Hawkings explica que en las cercanías de un agujero negro en donde ni la luz puede escapar, el tiempo se distorsiona de manera que incluso logra detenerse. El tiempo no seguiría pasando, algo totalmente en contra de lo que opinaba Newton. Este fenómeno también se encuentra cunado intentamos entender los primeros segundos después de la explosión del big bang.
De esta manera, la aparición del tiempo relativo, y la comprensión que el tiempo es sólo una caída imparable hacia el caos, se genera un fenómeno de búsqueda para detener la entropía (encontrar un tiempo atemporal), además del angustioso pensamiento de la imposibilidad de convivencia en un mismo tiempo.

Ambos conceptos (la carrera hacia la entropía y los tiempos diferentes) parecía que predecían nuestro final; pero lo que al principio parecía que nos quitaba la tierra de debajo los pies, significó un nuevo grado de libertad que no conocíamos antes. Si estábamos destinados al desorden, a la entropía, y el tiempo era relativo nadie nos obligaba a seguir avanzando.

El declive del tiempo hacia el tiempo atemporal había comenzado.

Pero antes de pasar de tema es importante aclarar que el descubrimiento de una nueva forma de concepción de tiempo no invalida a las demás. El reloj no invalida al mes lunar, el tiempo relativo no invalida al tiempo absoluto. Todas esas concepciones viven al unísono y son utilizadas o aplicadas en diferentes momentos para diferentes motivos. Justamente esto, la capacidad de vivir con diferentes tiempos, hace que el concepto de tiempo moderno sea tan complicado al reunir en un mismo instante centenares de otros instantes diferentes.

En “Time and Free Will” Bergson muestra una diferencia entre dos diferentes tipos de tiempo: El medible: un tiempo matemático donde los eventos externos toman lugar uno detrás de otro en una secuencia regular, y lo que él llama “duree reelle," el dominio interior y subjetivo, en el cual la vida psicológica sigue ritmos individuales e impredecibles. Para Bergson, ambos tiempos coexisten e interactúan transformándose en el otro constantemente.

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Año 2006 - V. 4.0