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Ángela

No quiero explicar la historia de Ángeles Santos, sólo soñar en la ficción una historia de la vida real.

La primera vez que agarró un pincel tenía sólo ocho años. Había tenido una pesadilla llena de colores y de sombras que quería explicar a su madre pero no encontró las palabras. La impotencia de un vocabulario de niña, de palabras sin la fuerza suficiente para mostrar aquellas historias que su subconsciente desgranara en una noche de fiebre le hicieron acudir a una pequeña caja de pinturas que tenían en casa. Su inexperiencia y sus dedos poco hábiles también la desilusionaron frente a una hoja de papel a modo de lienzo, pero se dio cuenta que dominar las formas y el uso de los colores sería más sencillo que trabajar con un idioma distante y complicado para ella. Además inconscientemente comprendió que en aquel rectángulo de tela podría explicar más cosas que las palabras nunca le revelarían. Es así que le pidió a su padre que por favor la ayudara a aprende a pintar.

Era una niña preciosa con el cabello rubio y la mirada perspicaz. Tenía los ojos azules y la piel blanca, casi pálida. Su cuerpo era pequeño incluso para una niña de su edad pero aun quedaba mucho tiempo para crecer. Por el momento habían cosas más importantes para ella. Usaba viejas camisas de su papá para evitar las manchas y cogía con sus pequeñas manitos pinceles de diferentes grosores y formas. Cada noche cuando la nodriza la llevaba al baño tenía que frotar largamente de sus mejillas el color granate, cyan, magenta, ocre, con el que había trabajado aquel día, hasta devolverle su sonrosado color habitual. Pero incluso en la hora del baño Ángela continuaba reuniendo en su cabeza formas y colores para intentar darles forma la mañana siguiente.

Así pasaron los días de la infancia frente a cuadros que cada vez iban cobrando mayor lucidez. Ángela turnaba las largas horas con las manos cogidas a los pinceles con las clases con una institutriz personal. Así ayudada con los libros de dibujos rígidos y la cascada voz de una mujer mayor de infinita paciencia viajaba por países extraños y conocía personajes históricos que después intentaba retratar en sus cuadros. Pinturas de algún héroe teutón, de Alejandro Magno o de Anibal a los lomos de un gigantesco elefante nacían en telas blancas para orgullo tanto de sus padres como de su maestra.

Para Ángela no existía nada más en la vida. No tenía amigos de su misma edad y salvo sus padres y su nodriza sólo conoció profesores particulares de pintura y de piano. Porque a pesar de que lo único que de verdad la apasionaba era la pintura sus padres le obligaron a pasar clases de piano - para abrir sus horizontes - le explicaron. Al principio negaba cualquier actividad que la llevara fuera de su salón de pintura pero con el tiempo aprendió también a amar la cadencia sigilosa de las notas del piano que giraban en el ambiente creando figuras, quizás tan hermosas y llenas de colorido, como sus mismos cuadros. Después lo buscaría con imperiosa necesidad para ocupar sus manos y dejar a su mente vagar en las formas que después plasmaría en el lienzo.

Sus padres la miraban extasiados cuando se concentraba frente a una nueva obra, llenando de trazos suaves y ágiles los garabatos que había marcado a modo de esbozo. El padre estaba orgulloso de la habilidad de su hija que él no poseía quizás salvo para los negocios, y la madre resignada dudaba si aquel arte era propio de una señorita. Pues aunque no sabía nada de pintura, las únicas noticias que llegaban de esos artistas eran historias de vagabundos y despreocupados bohemios, cuando no de truhanes y liberales hombres de moral relajada.

La casa de siglo XVII de la pareja tenía espacio suficiente para una colección importante de pinturas, pero Ángela trabajaba sola en una habitación cerca de la de los criados y cada lienzo que terminaba iba a amontonarse con trabajos anteriores dentro de un armario. Cuando le preguntaban porqué no les mostraba sus trabajos o porqué no los colgaba por la casa, ella les respondía que todavía no eran cuadros suficientemente buenos. Ángela tenía diez y siete años.




Mr. Hutton había escuchado hablar de las maravillas de una artista nueva que empezaba a despertar la curiosidad cuando no la admiración profunda de los más importantes cafés de pintores. Le sorprendió enterarse que esta nueva pintora acababa de presentar una exposición en un pequeño pueblo en las afueras de Sevilla y curioso empezó a revisar sus documentos para ver si tenía algún dato sobre la misteriosa pintora que acababa de despertar al mundo artístico sin nunca haber dado ni un atisbo o presentación. Sospechó quizás que se tratara de alguna pintora extranjera porque era poco improbable la aparición súbita en el mundo del arte de una figura novedosa y que él no tuviera conocimientos de esta. Es por eso que decidió realizar el viaje de una hora hasta el pueblo donde se presentaba la pintora para darle un vistazo a sus obras.

El pueblo lo recibió acogedor con un largo paseo bordeado de naranjales y un despertar de luz del sol que casi lo cegó. La frescura de la sala donde exponían los cuadros lo tranquilizó puesto que el viaje había acabado con sus nervios y el calor con su serenidad. Limpiando las gafas que estaban cubiertas de una película de vapor por el cambio súbito de temperaturas se acercó hasta el primero de los cuadros. Era una sinfonía de colores en un ordenamiento nunca visto, las figuras desmesuradas parecían jugar con la realidad y los rostros estaban concebidos como dentro de una pesadilla. La técnica no se podía decir que era impecable, perola maravillosa concepción del cuadro dejaron a Mr. Hutton sin aliento. Nadie había intentado hacer algo así nunca, la mente que había generado ese cuadro no sólo era fresca y vital sino que rompía con una tradición artística como nunca había visto antes.

El siguiente cuadro lo impresionó más aun si cabe, era un gigantesco planeta en lo más alto del firmamento sobre el cual hombres y mujeres cubrían toda su superficie, en la parte inferior del cuadro seres extraños veían el panorama del gigantesco planeta sobre sus cabezas y como volando en un espacio compuesto únicamente de vacío y de estrellas refulgentes iban como volando entre los astros. Mr. Hutton deseo inmediatamente conocer al autor de esos cuadros tan maravillosos como perturbadores.

Se acercó a un hombre que cuidaba la exposición y le pidió que le informara dónde podía encontrar a la dueña de las pinturas. El hombre con traje viejo pero impecablemente planchado le indicó que subiera las escaleras que la sala de exposiciones pertenecía a la casa de la dueña.

Consternado Mr. Hutton se enfrentó nuevamente al calor del exterior y empezó a subir agitado las escaleras hasta presentarse ante la puerta principal. Esperó recuperar el aliento antes de llamar a la puerta y cuando lo hizo una mujer de mediada edad le abrió. Estaba vestida muy elegante aunque se notaba un estilo un poco anticuado en su manera de llevar la ropa, le abrió la puerta con un rostro curioso y una leve sonrisa intentando nacer en la comisura de la boca. Tenía unas ligeras arrugas alrededor de los ojos y una mirada franca aunque desprovista de vida.

- Buenas tardes, ¿En qué le puedo ayudar?
- Buenas tardes señora, ¿Es usted la autora de los cuadros que tiene en el piso inferior?, Desearía hablar con usted.
- Disculpe, usted se equivoca. Por favor sígame.

Mr. Hutton un poco aliviado empezó a caminar detrás de la señora. No se había podido imaginar que esa mujer fría y seria sería la autora de cuadros tan maravillosos y llenos de vida y de locura.

Siguió a la mujer por habitaciones luminosas un poco sobrecargadas de adornos pero que creaban buen efecto con las molduras de muebles y puertas de la casa del estilo victoriano. Poco a poco fueron acercándose a lo que él imaginó era la pared este de la casa y los adornos poco a poco fueron desapareciendo así como las molduras de la pared. Tuvo la impresión que bajaban a las habitaciones de los criados. Antes de llegar a la escalera que seguramente bajaba hasta la cocina y otras dependencias la mujer se detuvo en una puerta blanca sin ninguna marca y tocó dos veces con calma. Entreabrió con cuidado y dijo con una voz alegre con el mismo tono divertido que creyó detectar Mr. Hutton en el rostro de la mujer - Angela, querida, un hombre quiere verte. - Desde dentro de la habitación que parecía luminosa escuchó una voz melodiosa y brillante como el tañer de una campana de plata - Que pase pero que no toque nada -. La mujer abrió la puerta que daba a un pequeño estudio y lo dejó pasar. Seguidamente ella se sentó en una silla más cercana de la ventana y siguió trabajando con el labor dándole espacio total para que las presentaciones las haga él mismo.

Mr. Hutton aun no podía ver a la artista pero vio su taller. Era una amplia habitación sumamente luminosa con lienzos desparramados por doquier. Muchos lienzos sin comenzar amontonados en las paredes pero la mayoría tenían ya alguna figura plasmada e incluso detectó varios cuadros acabados que reposaban indolentes en la pared más lejana a la ventana. También logró ver un piano de cola en el fondo de la habitación cubierto de una tela manchada de pintura y el suelo con numerosas manchas de óleo. Finalmente vio una silla que permitía ver lo que se escondía detrás del caballete y a la propia artista y hacia ella se dirigió.

La pintora parecía haberlo olvidado porque cuando Mr. Hutton habló un pincel se detuvo en el aire sorprendido y una cabeza rubia salió detrás del escondite para ver al que había hablado.

Mr. Hutton había comenzado diciendo - Señorita, vine ha hablar de su pintura… - Cuando el rostro de Ángela salió detrás del caballete y lo miró francamente a los ojos. Mr. Hutton no pudo decir nada más. La artista era una niña de unos diecisiete o dieciocho años, rubia con el cabello desordenado y atado en una cola detrás de la cabeza. Tenía el rostro manchado de pintura y llevaba un traje largo y grande, a manera de mono de trabajo, también manchado de pintura. Fuera de eso Mr. Hutton vio unos ojos febriles, llenos de vida, que lo atacaban desde detrás de una pintura. Al ver el silencio y sorpresa suya, la joven esbozó una sonrisa grande y franca.

- No se lo esperaba, ¿no? - dijo estallando después en carcajadas.
- ¿A qué se refiere? - explicó intentando recomponerse.
- No se haga, no se esperaba una niña detrás de esos cuadros ¿no?.

La joven tenía toda la razón, pero en el fondo era explicable. La técnica no totalmente trabajada, el estilo brillante y novedoso, la total ruptura con cualquier otro estilo conocido. Tenía que ser la obra de una joven, una joven con un gran genio no hay lugar para dudas, pero al final de cuentas una joven.

- Permítame ahora un momento, pero tengo que terminar este cuadro, pero después podremos conversar.

Con esa fórmula, al parecer muy repetida, la muchacha volvió a zambullirse en su cuadro olvidándose de Mr. Hutton, de su madre y por un momento de todo el mundo. Éste se acercó hasta la silla a la que había apuntado a un inicio y se sentó después de apartar dos cuadros, que tenían tanta vida y que parecían sacados de un sueño, como los de la exposición. Desde este ángulo no podía ver lo que la joven pintaba pero podía verla a ella sin ninguna barrera.

La muchacha pintaba con gran pasión, mezclaba los colores con una habilidad innata y se perdía en los límites del lienzo marcando brochazos gruesos y torpes por aquí y otros delicados y con sumo cuidado en otra parte. La joven parecía estar desconectada del mundo mientras pintaba y Mr. Hutton se quedó como hipnotizado viéndola trabajar. La madre de la muchacha de rato en rato levantaba la vista, sonreía como resignada ante la pasión de su hija, y volvía a su bordado.

Ninguno de los tres se dio cuenta que la tarde ya había declinado y que apenas quedaba luz en la habitación para pintar. Finalmente Ángela depositó con cuidado la paleta en una mesilla, retrocedió unos pasos y se quedó absorta en su propio cuadro. Como despertándose de un sueño se dirigió hacia Mr. Hutton casi sin reconocerlo y después de unos minutos le preguntó.

- Espero que se quede a comer, Señor…. -
- Hutton, aunque me puede decir Stephen -
- Stephen, claro, por favor, acompañe a mi madre, en unos minutos me reuniré con Ud. -

La madre se había levantado y se acercó a las dos figuras que hablaban en la semi-penumbra que se había instalado en el taller. La joven se marchó y antes de que su madre lo guiara Mr. Hutton se escabulló para ver la obra recién acabada. Era un grupo de hombres acercándose hacia una máquina infernal. Los hombres parecían furiosos e iban armados con fusiles y picas. La máquina infernal daba la impresión de una locomotora gigantesca. La madre que lo había seguido le dijo - se llama Frankstein -. Mr. Hutton recordó el libro publicado hace pocos años también por una mujer y que había conmocionado a todo el ambiente literario. Una vez más afirmó la maestría de la pequeña pintora.

Estuvieron conversando una media hora en la sala esperando a la joven. El padre de esta no estaba en el pueblo esa noche así que comerían sólo los tres. La madre de Ángela le explicó cómo había comenzado en la pintura y todo este tiempo de furiosa práctica hasta hace unos meses cuando les había dicho que ya estaba lista y que quería hacer una primera exposición.

Les acababan de anunciar que la comida estaba servida cuando Ángela llegó. Una vez más Mr. Hutton quedó paralizado. Ángela llegó a la sala después de haberse bañado y arreglado bien, su cabello rubio estaba suelto sobre su espalda, su rostro ya no tenía manchas de pintura y estaba vestida con un vestido sencillo pero de maravillosa factura. Ángela tenía dieciocho años pero tenía el cuerpo de una mujer, además su rostro aunque aun dotado de inocencia demostraba una lucidez y una fuerza de carácter increíble. Era una muchacha absolutamente arrebatadora y Mr. Hutton quedó inmediatamente prendado. Tuvo que disimular la impresión cuando la madre de Ángela se dirigió a esta, la cogió del brazo y se encaminaron hacia el comedor. Detrás de las dos mujeres Mr. Hutton sólo tuvo ojos para el delicado y largo cuello de la joven, el cabello rubio como seda y el aroma a rosas que tenía el lugar por el que ella pasaba. Mientras caminaban la madre de Ángela todavía hablaba con él, - Finalmente nos acompaña a la cena, desde que comenzó su último cuadro apenas comía o devoraba cualquier cosa a gran velocidad antes de marcharse a continuar pintando. Usted ha sido motivo de todo un honor. -



“Stephen querido, te escribo en un momento de descanso de la pintura. Últimamente me cuesta mucho trabajar largas horas frente a un cuadro como lo hacía hace dos años. Ahora tengo que detenerme constantemente para descansar. El médico me dijo que tengo que descansar incluso más frecuentemente pero yo no lo puedo hacer. Hay tantas cosas aun por pintar y yo no tengo el tiempo. La semana pasada volvió a escribirme Lorca, cada carta parece un tratado de arte y me aburre enormemente, aunque el poema que me escribió me emocionó mucho. Te puedo asegurar que será un gran escritor, pero no aguanto sus cartas.

De nuevo mi padre me llevó a aquel bar donde se reúnen los otros pintores. Aunque nunca vi a la mayoría de las obras esos pintores parece que todos aquellos me conocen. Mi padre, que siempre quiso ser un artista bohemio, está muy contento al ser aceptado en su círculo, pero yo me aburro mucho. Pocas cosas me gustan fuera de pintar, tocar el piano y estar contigo. Hablar de arte con un montón de viejos no es una de ellas. Además me hablan de muchas cosas que yo no entiendo. Se que están hablando de estilos y corrientes pictóricas pero yo no puedo seguir sus conversaciones. Incluso dijeron que yo era una super-realista, y no se a qué se refieren con aquello. Mucho menos me gusta aquel adjetivo de vanguardia con me calificaron en una crítica en el periódico. Se que eso es bueno, pero mis cuadros no están pintados para eso.

Te quiere

Ángela”


“Stephen querido, Mi padre se enojó porque regalé otro cuadro. Me dijo que si me consideraba una pintora tendría que vender mis cuadros, pero para qué, yo no necesito dinero y me hace muy feliz regalando mis cuadros.

Cada noche mi padre me lleva al teatro, dice que es muy importante para la educación y a veces lo disfruto mucho, pero cuando las luces se encienden y descubro que no estoy sola y cientos de personas estaban viendo la obra conmigo y de pronto estallan en aplausos me deprimo. Esos aplauso me parecen huecos. Cada noche los actores tienen que representar la misma obra, las mismas palabras, la misma historia. Sería como si yo cada día pintara el mismo cuadro, con los mismos colores y las mismas figuras. Entonces también escucharía aplausos huecos.

Ahora que tengo más tiempo por estos descansos obligados estoy leyendo más. Pero no puedo acabar un libro sin que me venga a la cabeza al menos una idea para un cuadro nuevo. Hay demasiadas cosas que pintar y muy poco tiempo.

Te quiere

Ángela.

Pd. En dos semanas es mi fiesta de 21 años, mi padre quiere organizar una gran recepción, como le hace tanta ilusión le dejo que lo haga, pero igual espero que vengas, tengo muchas ganas de verte.”



“Stephen:

Cada noche duermo peor, los colores se han metido dentro de mi cabeza y mis pesadillas parecen pintadas con óleos. Son pinturas estrambóticas y oscuras que me persiguen cada noche. Miles de figuras que cada noche nacen cuando cierro los ojos y no desaparecen hasta que los vuelvo a abrir y empiezo a pintarlas. Al principio pintaba mis pesadillas y estas desaparecían, pero cada noche veo más cosas y el mundo que tendría que pintar es demasiado grande.

Mi madre insiste en que tengo que salir más, que sino nunca encontrarte con quien casarme. Yo creo que en el fondo le preocupa que pase tantas horas frente a los lienzos. Aunque para mi desesperación cada vez paso menos horas. Hay días en que me siento tan triste que no puedo pintar, me siento frente al piano y toco para ponerme más triste. Normalmente funciona y termino en mi cama llorando por todo.

Mi último cuadro es un autorretrato. Son cuatro mujeres idénticas a mí en todo el cuadro. Ninguna está contenta porque cada una tiene un problema. Una no tiene con quien casarse, la otra tiene pesadillas cada noche, la otra se pone triste sin razón alguna y la cuarta no tiene suficiente tiempo para pintar. Cuando acabé ese cuadro lo escondí bajo mi cama, ese cuadro nunca lo regalaré.

Por favor no vengas mañana, no tengo fuerzas suficientes para verte.

Ángela.”

“Esta tarde me marcho a un largo paseo… Me bañaré en un río con los vestidos puestos. Por favor no me busques.”


El último mensaje que me envió me preocupó mucho pero no quise ir a su casa esa tarde. Cada vez estaba más problemática y se enojaba muchísimo si no cumplía lo que me pedía. Varias veces me amenazó con contarle de lo nuestro a su padre. Así que decidí hacerle caso aunque esa noche no pude dormir pensando en su último mensaje. “Me bañaré en un río con los vestidos puestos”. Qué quería decir eso. Tenía mucho miedo de ir a su casa a la mañana siguiente.

Me desperté con dolor de cabeza de haber dormido demasiado poco, entré a la ducha fría para intentar despertarme y enseguida partí a la casa de Ángela. Me recibió su madre que parecía haber tenido una noche peor que la mía. Me hizo pasar y me explicó que Ángela había salido a pasear la tarde anterior y que no había regresado. En ese momento su padre parte hacia la ciudad a buscarla. Yo no le quise comentar del mensaje que me había hecho llegar el día de ayer pero supe que no la encontraría en la ciudad sino en el campo. Después me dijo una inexplicable frase - Usted que la conoce tanto… la tiene que buscar -. Había algo en el tono que quería decir algo más, sospeché que quizás lo sabía todo de lo nuestro, pero después lo deseché por imposible. Lo habíamos ocultado demasiado bien. Yo sólo era su profesor particular de arte. De todas maneras esa frase me siguió dando vueltas en la cabeza todo el día.

Al salir de la casa de Ángela pasé por el hotel donde ahora parece que vivo desde que la conocí y pedí que me consiguieran un caballo. Me cambié por un traje apropiado y partí en mi cabalgadura ha toda velocidad. No sabía donde tenía que buscar pero sabía que haría lo imposible por encontrarla.

Mientras cabalgaba me llegaban las imágenes que tenía de nuestras salidas al campo. Le decía a sus padres que salíamos a ejercitar paisajismo y acabábamos haciendo el amor, ocultos por el denso follaje del campo. Esas salidas al campo siempre emocionaban a Ángela porque significaba alejarse no sólo de su casa sino también de la ciudad, alejarse del bar donde se reunían los pintores, del periódico y sus críticas de arte, de la sala de exposiciones.

Cabalgué toda la tarde hasta casi destrozar mi cabalgadura. Recorrí todos los ríos que conocía en la región e incluso investigué un par de cuevas en la falda de la montaña.

Llegué al hotel agotado y al punto del desmayo. Dormí profundamente doce horas aunque toda la noche tuve pesadillas. Soñé con Ángela ahogada en un río solo que en lugar de agua tenía óleos. Era un río hecho con los trazos ágiles y perfectos de Ángela y ella estaba ahogada entre colores turquesa, azul marino, zafiro.

Me desperté tarde la mañana siguiente por lo que salí hacia la casa de Ángela sin desayunar. Una vez más me recibió la madre de Ángela que no me dejó entrar pero me llevó a caminar por su jardín.

Me explicó que anoche cerca de la media noche había llegado un guarda con Ángela en brazos, la había encontrado en la orilla de un río a varios kilómetros de distancia. Estaba empapada e inconsciente. El guarda cree que se cayó de algún puente, pero yo tengo la certeza que fue un intento de suicidio explicó la madre de Ángela mientras sollozaba sobre mi hombro. No me dejaron verla.

A la mañana siguiente fui nuevamente a su casa pero esta vez me recibió el padre de Ángela. Nunca habíamos tenido una buena relación pero al menos conversábamos formalmente cuando nos encontrábamos en el café de pintores.

Me explicó que había partido esa madrugada a un hospital para recuperarse. Le pregunté dónde estaba para poder ir a visitarla pero se negó a explicarme. Un conocido común después me comentaría que estaba interinada en un sanatorio. El padre de Ángela me pidió que por favor no intentara volver a verla y que me agradecía mucho por las clases que le había dado pero que desde entonces prescindían de mis servicios.

Todo lo que se desde entonces lo conozco por rumores.

A las dos semanas Ángela pidió que la sacaran del sanatorio diciendo que se comportaría bien. Estuvo encerrada en su casa por varios meses sin pintar y cuando empezó a volver a salir lo hizo acompañada de su madre con la apariencia de ser convaleciente de alguna enfermedad. Un amigo mío la vio en el teatro lánguida y casi inmóvil, cuando acabó la vio aplaudiendo con fuerza inusitada, intentó buscarla a la salida no la encontró.

Le envié varias cartas por los métodos que teníamos habituales pero nunca me respondió. Una tarde un criado de la casa de Ángela me trajo un sobre blanco. En este decía con las mismas letras temblorosas de las cartas de Ángela:

Me caso en dos semanas y me marcho hacia Madrid. Por favor no me vuelvas a escribir.

Me enteré que se veía frecuentemente con un pintor paisajista que había conocido en el bar de pintores donde siempre iba con su padre y que el matrimonio fue pequeño en su casa con las familias de ambos como únicos invitados.

Después sospeché que se había marchado ha Madrid aunque no lo supe con certeza porque conseguí trabajo en una escuela de arte en Paris.

Después de esa historia sólo la volví a ver un par de veces después de la guerra. La primera fue en la fiesta de una importante sala de exposiciones francesa que iba a abrir varias salas en España y la segunda vez en la inauguración de una exposición de uno de los pintores que seguían el manifiesto surrealista de Bretón en España. Cuando vi esos cuadros me pareció un simple deja-vu de los cuadros de Ángela.

En ambas ocasiones la vi del brazo de su esposo. Este aunque sigue pintaba ocasionalmente es un diplomático de derechas con un cargo muy importante. Ella me vio de lejos, elevó una mano para saludarme y después continuó atendiendo la conversación entre su marido y un militar.

Siempre tuve la duda si ella había continuado pintando hasta que en una ocasión vi su nombre anunciado en una pequeña sala de exposiciones en Paris. Nervioso entré a la sala y lo único que vi fueron elegantes abanicos decorados con escenas silvestres. Torcazas, gorriones, pequeños riachuelos, algún pequeño zorro. Todo muy bucólico y sencillo. Entendí que había dejado de pintar. Esas tristes y anodinas pinturas en los abanicos no podían llamarse pinturas, al menos no pinturas de Ángela.

Nunca supe que pasó aquel día desde que me escribió esa carta “Me bañaré en un río con los vestidos puestos” hasta que la encontró aquel guarda en la orilla de un río más de 24 horas después.

Ahora que la edad me juega trampas con la melancolía de los años pasados, se que es una mujer tranquila con un hijo pintor de mediano éxito y que aunque sigue apareciendo en los libros de la historia del arte como una de las principales exponentes de la pintura de los años treinta y como la iniciadora del surrealismo treinta años antes que el manifiesto surrealista, toda su obra se refiere a aquellos cuatro años en que pintaba como una posesa sufriendo porque le quedaba mucho que pintar y parecía que el tiempo se le acabara. Esos años en que le daba clases de arte y nos besábamos detrás de los cortinajes de su casa y hacíamos el amor en el campo protegidos por los árboles silenciosos.

Septiembre, 2003

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