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FuneralesEs un día luminoso y brillante en el que había despertado con ánimo lúgubre. Pensaba en la vida en los búnkers atómicos y en los lagartos de las alcantarillas, en hígados carcomidos y en el cólico que le da a los bebes. En fin estaba con un humor funesto y tenía que aprovecharlo. Es por eso que me pareció proverbial encontrarme con una limusina fúnebre estacionada delante de una casa de dos plantas con un patio muy amplio y hombres vestidos de negro fumando apoyados en la reja.La puerta daba a un coqueto jardín con un columpio de colores brillantes, parterres de azucenas y una hiedra en la pared del fondo. Una puerta contra los mosquitos cerraba la entrada a la casa. En el patio tres señoras gordísimas de luto se abanicaban exageradamente. Sus maridos, tres ancianos flacos y arrugados, estaban de pie cerca de la hiedra y se miraban filosóficamente los zapatos y de rato en rato llegaban a mi frases como. - Hoy estamos y mañana no -, - El tiempo pasa como un suspiro. - Una vez transpuesta la puerta contra los mosquitos me golpeó un vaho de incienso, olor a cebo de velas gordas y perfume de crisantemos. Lo primero que vi al entrar fue un grupo de hombres arremolinados al pie de las escaleras con las miradas puestas en el centro del círculo. Poniéndome de puntitas pude ver un pequeño televisor portátil que retransmitía el campeonato mundial de ping-pong, con pequeños chinos moviéndose como aves acuáticas. Una vez inspeccionado el ambiente. Ataud, dolientes, viuda, coronas fúnebres, agente inmobiliario, me puse a lo que había venido: Me apoyé en la pared de un costado con el fin de escuchar los sollozos de la viuda y puse cara de infinita tristeza. Para tal motivo empecé a pensar en osos pandas que no se apareaban, en muros de iglesias atacadas por el moho, en camas desechas de solteronas. En fin, en las desgracias de este mundo. Estaba en tal introspección cuando una mujer joven de cutis blanco y de claras muestras de haber estado llorando me vio tan compungido que se acercó a mi, me puso la mano en un hombre y con una tristísimo sonrisa y voz inaudible me dijo - cuanto lo siento -. Fruní la boca y elevé los hombros en señal de resignación divina y me disculpé cortésmente. La niña estaba tan bien y tenía una sonrisa triste tan dulce que podía arruinarme un día tan negro y tranquilo como el que estaba teniendo. Cuando me acerqué a la mesa para servirme café se me acercó un hombre de sombrero café, miró consternado hacia el ataud como si el muerto se hubiera quedado a deberle una fortuna y después se dirigió a mí. - Disculpe la indiscreción, ¿Pero este es el funeral del señor Ramirez?. Asentí cerrando los ojos como si me doliera recordar ese nombre e imaginé a un burócrata a caballo sobre un asno, imagen particularmente deprimente donde las haya. Con un poco de desconfianza el hombre del sombrero café se lo sacó y se acercó al ataúd esbozando una lágrima en el ojo derecho. Cuando llegó a este me miró extrañado y se marchó de inmediato. Con curiosidad por su reacción me acerqué al ataúd y entendí su desconcierto ya que en el cajón parecía dormir una venerable anciana lo más diferente posible a cualquier imagen del señor Ramirez que pudiera tener. Pensando en patos congelados en invierno estaba por llegar al climax de la depresión cuando empezó un soterrado movimiento hincado por una causa desconocida para mi. Primero salieron las jóvenes del fondo que estrujaban sus pañuelos. Después una señora con su hija que se había mantenido en silencio en base a coscorrones y amenazas besar a la muerta. Y por último salió el cajón a cargo de cuatro hombres de la funeraria que por la apariencia debían trabajar por las mañanas trasladando pianos. Yo me quedé hasta el final intentando aprovechar las últimas lágrimas de la hija que había confundido en un inicio con la viuda. Por último esta misma, acompañada de dos primas solícitas y solteronas se levantó y se dirigió hacia la puerta. Cuando pasó a mi lado me cogió de las manos y me dijo con voz trémula - Que gusto haberlo visto, a mi madre le hubiera encantado verlo -. Sólo pude responder intentando imitar la voz. - Tenía que venir a despedirme de ella. - Contenta con mi respuesta nos dirigimos al jardín y allí encontramos a toda la comitiva que se aprestaba a seguir a la limusina negra. Como seguir a un cortejo fúnebre me parece más sombrío aun que el funeral, me preparé para seguirlo contento. Caminaba arrastrando los pies pensando en ciudades conquistadas por bárbaros y en barbas manchadas con sopa y mis vecinos de procesión empezaron a comentar sobre el buen clima que había hecho últimamente. El cortejo avanzaba sin tropiezos cuando nos topamos con un desfile de circo que atravesaba nuestro recorrido. En el momento en que el guía del desfile, hombre robusto con sombrero de copa, vio la limusina negra dio rápidas órdenes y la ruidosa multitud se silenció al instante e incluso los elefantes empezaron a caminar de puntillas. Como el día seguía brillante y luminoso y no hay nada que me deprima más que un circo me aparté del cortejo fúnebre y me alisté para seguir a los payasos y al traga-sables con una oreja vendada. |
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