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Habito y mortajaA Luis Espinal, cura español muerto por militares en Bolivia.A veces el hábito pesa más que una mortaja. Aunque ya no lo uso por comodidad desde hace mucho, salvo los domingos para la misa, aun siento su peso, no en mis hombros sino en todo el cuerpo. De día trabajo en el ambulatorio del hospital como enfermero y de noche hasta antes de la hora de queda en una radio. Cada madrugada tengo que salir con los guiones escritos la noche anterior para llevarlos al censor, sólo si este los aprueba se podrán emitir en el programa de esa noche. La impotencia de salir cada día con la mitad de los guiones anulados y con la fría firma de aprobación del censor en los guiones más flojos y las palabras más gastadas son parte del peso que el hábito me cede. Los domingos doy la misa, también bajo la mirada impertinente del censor. Cuando el gobierno está a cargo de un hombre de miradas y maneras de militar uno quiere llegar lo más cansado posible a casa para no pensar, pero no siempre es posible. Siempre hay una energía oculta que espera la noche para estallarte dentro del pecho con toda la rabia y evitar, con el ruido de su explosión, que duermas hasta bien entrada la madrugada. Vivo en la parte trasera de la iglesia, un miserable departamento para una persona, de una habitación más el baño. Mi cama en el suelo está en la esquina más oscura y un único sillón de espaldas a la ventana es quizás el único lugar pacífico del planeta para poder leer algo, nunca demasiado tiempo, nunca lo suficiente. Además los libros que de verdad valen la pena son imposibles de encontrar. Cuando cada noche llego después de la radio Ema me abre la puerta, me ha estado esperando desde muy temprano con los ojos puestos en el callejón que da a mi casa, esperando ver pasar militares en furgonetas color verde oliva, o el humo de las explosiones. Ema tiene catorce años y murió aplastada cuando una bomba dirigida a una casa donde supuestamente se refugiaban enemigos del régimen explotó en la puerta de su hogar. En la cocina doña Roxana prepara un mate y recoge las cosas que yo acabo de traer para la comida. Doña Roxana está ciega porque estuvo buscando a su hijo en todas las comisarías de la ciudad hasta que se le secaron los ojos de tristeza y un militar le disparó por la espalda cuando regresaba pasado el toque de queda. Camila duerme en él suelo, a un costado de mi cama con las manos en los oídos, y en la misma pose que cuando la dejé. Un día sus padres nunca volvieron a su casa, nunca supo porqué, y unos hombres desesperados en busca de comida entraron a su hogar y la encontraron. Ahora Camila sigue esperando a sus padres tapándose los oídos por si nuevamente entran a la casa a robar. En mi cama se acomodó don Isidoro, el fue quizás el primer muerto de la dictadura. Lo atropelló la multitud cuando la policía empezaba a dispersarlos del frente del palacio de gobierno con balas de verdad. Ahora cuando el sol se está por poner empieza a toser, con una tos ronca y sucia, y no para hasta que ya la noche está cerrada. Con la mirada busco a Jeremías, está sentado en mi sillón leyendo la Biblia. Se que no es religioso, ni siquiera es católico, pero siempre dice que prefiere leerla a leer cualquier porquería que ahora publica el régimen. Sus ojos son los más tristes que he visto nunca y aunque nunca me lo dijo, se que murió mientras lo torturaban. Me hago campo entre la multitud que vive en mi casa, doña Roxana ya tiene la comida y ha empezado a llorar sin lágrimas, porque se le acabaron hace tiempo. Me topo con Julián y Mateo paleando en la alfombra, bajo la cama Felipe juega ensimismado con un coche de juguete que se dejó en el hospital un niño herido por una bala. Anastasia se lava el cabello en el baño y en un costado de la cama Gutierrez, un intelectual de izquierda, juega al ajedrez con Domingo, un soldado que no se atrevió a disparar contra la multitud y lo encerraron en una celda y se olvidaron de él. En el minúsculo patio trasero Inés lava mi sotana de los domingos al tiempo que reza un rosario que comenzó hace demasiado tiempo. Tengo la casa tomada. Pareciera que todos los muertos de la dictadura viven en ella y no puedo sacármelos de encima. Tampoco deseo hacerlo hasta que la dictadura termine. Son un recuerdo palpable que me recibe cada noche y que me recuerda que a la mañana siguiente tengo que volver con la frente en alta para que el censor me quite la mitad de mis palabras, para que en el ambulatorio intente curar enfermedades y heridas que no llevan a ninguna parte y en la noche pueda ingeniármelas para sacar alguna palabra de esperanza, alguna crítica velada, a través esa capa de asfalto con que nos han pasado por encima. Esta noche dormí peor que nunca, no pude consolar a Matilda que lloraba por una mascota perdida y a Rogelio que juraba que esta vez tiraría la bomba que le estalló en manos. A las cuatro de la madrugada logré cerrar los ojos a pesar del ruido de mil respiraciones, de mil ronquidos, en mi oído. Toda la noche tuve pesadillas. Pesadillas que me arrastraban, que me pisaban el cuerpo, que me destrozaban el vientre. Todavía habían prisioneros y todavía habían torturados, pero esas cosas no se pueden decir por radio. Cada vez que escribes eso el Censor te mira divertido y te dice - de dónde saca esas noticias, parece que viviera en otro país - y un sello de censura cubre todos esos muertos que irán a vivir a mi casa. Esa mañana cuando desperté sentía el cuerpo adolorido, como si me hubieran golpeado largamente. Decidí no abrir los ojos todavía. Pero un silencio se me apoderó del alma, mi casa estaba vacía. Busqué a Ema, a doña Roxana a Camila, a don Isidoro, a Jeremías, a Julián, a Mateo, a Felipe, a Anastasia, a Gutierrez, a Domingo, a Inés, a Rogelio, ni siquiera la pequeña Matilda que se durmió apoyada en mi brazo está allí. No hay nadie. Desconcertado enciendo la radio. Todas las sintonías dicen lo mismo. - El dictador a muerto, la dictadura ha terminado, viva la democracia -, discurso muchas veces repetido como rezando los milagros gozosos. - El dictador ha muerto, los militares han depuesto armas, el congreso se ha reunido, el pueblo es libre nuevamente -. Salgo a la calle y todo es vida, toda la gente se felicita los unos a los otros. Llego al Ambulatorio y en este las mismas enfermedades se curan con los mismos remedios pero una ola de optimismo ha entrado a todas las salas. En ginecología a las niñas que nacen les ponen nombres como Libertad, Vida, Esperanza. Al único niño que nace ese día le ponen Victor, como si la muerte del dictador, en su cama y rodeado de médicos hubiera sido una victoria para todos. Esa noche hablo de la buena noticia en le programa de radio, por primera vez acuso que todavía hay desaparecidos de los que no tenemos noticias, cárceles repletas de prisioneros políticos, cuerpos que no han llegado a sus familias. Por primera vez salgo exultante de gozo por haber podido decir las verdades. En la puerta de la radio el jefe me felicita por la muerte del dictador como si fuera una fiesta nacional y me pide que el día siguiente tenga más cuidado con mis palabras, que al principal auspiciador de mi programa no le gustaron las declaraciones. Todavía sin reponerme por la bofetada que me dio mi jefe llego a mi casa disfrutando con antelación la casa vacía, los muertos finalmente en paz. Cuando abro la puerta un joven de unos veinte años me mira desde el sillón. Ojea la Biblia aunque no cree en ella, me dice que los otros libros son demasiado caros para comprarlos. Frente a una taza de te me cuenta su historia: Murió mientras se manifestaban frente al palacio de gobierno, pedían mayores salarios para los profesores de la universidad. Una lata de gases lacrimógenos le golpeó la cabeza. Es el primer muerto de la democracia. |
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