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Indios y vaquerosEste cuento llega con banda sonora. (gracias a la música nació el cuento). La pieza se llama Ermitaño y está compuesta por Alejandro González Romero. Sirvanse escuchar mientras leen. (o leer mientras escuchan). La música, por otro lado, nació de aquí. La partitura gráfica es de Agüita FrescaPodría haber ocurrido en el valle del Colorado, o en las inacabables planicies de Nuevo México. El jinete había pasado muchos amaneceres cabalgando hacia un sol rojo como la sangre, todo muy tópico, mucho western, muy "I'm a poor lonesome cowboy" y demás. Pero una mañana fría de los primeros días de primavera, cuando todavía el frío invernal parecía que no terminaba de marcharse, el vaquero entró a un poblado indio. Aquí también todo era perfectamente apache, plumas y tipis incluidos. Podría haber pasado por un escenario del Magic Kingdom de DisneyWorld. Sólo que en una de las primeras tiendas apaches, esos conos fabricados de telas de colores con un racimo de palos saliendo por arriba, había una mujer sentada a la puerta. Llevaba encasquetado un extraño sombrero parecido al bombín inglés, se trataba de una anciana de piel curtida y arrugada. Estaba sentada en el suelo con aquel extraño sombrero sobre su cabeza y lanzaba unas hojas verdes sobre una manta de colores. El cowboy descabalgó, escupió en el suelo y avanzó hacia la mujer dejando detrás suyo a su caballo pastando tranquilamente. La anciana apenas se inmutó con su presencia y siguió tirando hojas sobre la manta de colores. Pasaron unos largos segundos, seguramente un águila real chillaba en la altura como anunciando presagios. - Lo he estado esperando caballero. - ¿Perdone? - Que lo esperaba, tenía que venir y ha venido. - ¿Y cómo sabía eso? - Las hojas de coca caballero, y la calavera de mi tatay. Nunca se equivocan. - ¿Brujería apache? - No caballero, magia de callawayas le puede decir. La mujer lo sonreía con una boca sin dientes, de pronto escupió hacia un costado una sustancia verde y de fuerte olor. - Siéntese nomás caballero, ¿quiere pijchar? – La anciana le alcanzó al vaquero un morral de cuero con más de aquellas hojas verdes. Siguiendo las indicaciones de la anciana se metió unas cuantas a la boca cuidando de extraer la nervadura central de cada hoja. Un sabor fuerte y amargo le bañó toda la boca. La anciana abrió un atado de tela blanca dejando al descubierto un vaquero de juguete, unas tabletas blancas con una calavera dibujada y unas yerbas. Con un rescoldo de la fogata encendió aquel atado, un humo de olor dulce e intoxicante subió hasta la nariz de ambos personajes. La mujer empezó a decir unas palabras en un idioma extraño, de acento dulce y antiguo. Cuando el vaquero se despertó estaba solo y tenía mucho frío. Le dolía la cabeza como si se hubiera caído del caballo o tomado demasiada zarzaparrilla. Hablando de su animal no lo vio en ningún lado. Con cuidado se levantó maldiciendo en voz baja a los indios que lo habían drogado y robado el caballo. Tenía mucho frío y no sabía dónde se encontraba. Algo había cambiado en el paisaje. Seguía siendo una superficie casi desértica, a lo lejos se divisaban montañas desconocidas, pero el lugar donde se encontraba tenía algo de real. -Más real al menos que Texas – se dijo para si mismo. Para entrar en calor decidió avanzar, aun faltaba un rato para el atardecer pero si se quedaba después de la caída del sol seguro que se congelaría. Mientras avanzaba tropezando con yerbajos secos empezó a sospechar que todo esto era uno de aquellos viajes místicos de los apaches. Pronto se le aparecería un zorro o un águila que sería su nuevo tótem y hablarían con él los espíritus de la tierra o algo así. Esperaba que los malditos indios cuidaran bien a su caballo. Cuando el sol se estaba por ocultar con un brillo amarillento, tan diferente a los atardeceres rojos a los que estaba acostumbrado, creyó divisar un pequeño poblado. Al menos tendría un lugar donde pasar la noche. A medida que se acercaba se dio cuenta que no se trataba de un pueblo normal, no tenía el cartel de bienvenida, ni casas de madera, no había un Saloon, ni un Banco, ni la horca para los linchamientos. Era un pueblo de casas de adobe, suelo de tierra mal apisonada y unos cuantos animales extraños, como ovejas pero de cuello largo, comiendo las pocas yerbas que el seco suelo dejaba. Las sombras se alargaban por el sol bajo dándole una apariencia fantasmal. Era un pueblo pobre, triste. Las paredes estaban pintadas con propagandas políticas prometiendo muchas cosas, pero al parecer ninguna de aquellas promesas se había cumplido. El pueblo parecía desierto, un gélido aire llegaba de las montañas, seguramente toda la gente se encontraba en sus casas. De pronto vio una figura moviéndose, estaba sentada frente a lo que parecía una tienda, tenía sobre la cabeza una especie de bombín inglés y extendido delante suyo una manta de colores. Reconoció a la anciana, aquella india que lo había dejado abandonado en el medio del desierto y le había robado el caballo. Se acercó a ella furioso, quería una explicación de lo que había ocurrido. La mujer imperturbable dejaba caer hojas de coca, ahora sabía que era coca, y leía atentamente las formas. - ¿Dónde está mi caballo? - Aquí no hay caballos, caballero – dijo la mujer con una risita – aquí sólo hay llamas y vicuñas, la Satuka tenía una cabra pero se murió de frío. - ¿Qué ha hecho con mi caballo? - Nada caballero, usted no tenía caballo. - Claro que lo tenía, se llamaba... – No podía recordar el nombre de su animal. Tantas aventuras que habían vivido juntos y ahora no podía recordar su nombre. El vaquero se sentó apesadumbrado frente a la anciana que le pasó una bolsa con hojas de coca y empezaron a pijchar. - ¿A qué se dedica? – le preguntó de pronto el hombre. - Soy callawaya - ¿Bruja? - Algo así, más bien curandera, pero también hago otros trabajos más difíciles. - ¿Como cuales? - Recuperar gentes, ajayus, almas que se han escapado. - ¿Qué me hizo? - ¿Yo? – la mujer lo miraba con una sonrisa pícara, como sabiéndose descubierta. - Si, usted me hizo respirar no se que humos y me desperté aquí. A propósito, ¿dónde me encuentro? - El altiplano caballero, este pueblo se llama Purmamarca. - ¿Estamos en nuevo México?, me pareció que era el Valle de la Muerte - No caballero, pijche un poco más que ya empezará a recordar. - ¿Recordar que? - ¿Recordar dónde está y qué hace aquí? - ¿Qué tengo que recordar? La anciana suspiró resignada, sacó una botella de Singani y sirvió dos vasos bien llenos, le pasó uno al vaquero que tenía el rostro particularmente pálido y el otro se lo bebió ella de un sólo trago. Le empezó a contar lo que sabía. Hace un poco más de dos meses una mujer había ido a buscarla. La anciana vendía fetos de llama y tablas para q'oa en el mercado cuando se le acercó esta señora. Era elegante, llevaba un vestido serio, cabellos rubios bien peinados, el rostro un tanto demacrado quizás preocupado. También miraba a su alrededor como si le diera asco lo que veía. Le dijo que su empleada le había dado su nombre, estaba desesperada y haría lo que fuera para recuperar a su marido. Una tarde después del trabajo, era el administrador de una tienda de computadoras, había llegado a casa con un sombrero de vaquero, un elegante sombrero de ala ancha. Le dijo que lo había visto hace mucho tiempo pero que hoy recién se había animado a comprárselo. Después de eso se había encerrado en su despacho, no salió en toda la noche y a la mañana siguiente no fue al trabajo. Cuando la mujer volvió del gimnasio y fue a tocarle la puerta para ver si se encontraba enfermo se dio cuenta que no había nadie. Se había marchado. Se había llevado una mochila con algunas latas de conservas, un poco de charque que había comprado su empleada y se había ido. También faltaba el sombrero de vaquero. Un vecino le dijo que lo había visto marcharse muy temprano, que tenía una pinta rara, como si estuviera disfrazado. También le dijo que había visto que llevaba una pistola. Podía ser de juguete pero el vecino no quiso arriesgarse en averiguarlo. - ¿Qué quiere decir con eso? – le interrumpió el vaquero de pronto. - ¿Con qué cosa caballero? - Con eso que tengo mujer y que vendo computadoras - No vende computadoras, es el que las administra. - Que importa eso, yo soy vaquero de verdad - ¿Vaquero? ¿En el altiplano? – La anciana estalló en carcajadas que terminó con un ataque de tos. Mientras la anciana se recuperaba el vaquero empezó a recordar a su mujer. Le gustaba tener todo demasiado limpio, ya no hablaban por la noche como cuando eran jóvenes, ahora sólo importaban sus amigas, el gimnasio y la casa y el maldito viaje a Brasil para vacaciones. Él quería algo más. Una vez recuperada la anciana empezó a contarle cómo lo había buscado con la ayuda de su tatay, la calavera de su padre que siempre llevaba con ella, le costó seguirle su pista, rastrearlo por la inmensidad del altiplano. Finalmente lo encontró en otro plano, un lugar muy lejano y muy distinto... Pero el hombre ya no la escuchaba, recordaba las reprimendas de su mujer cuando llegaba oliendo un poco a cerveza, o cuando se gastaba el dinero comprándose un libro o una película. Antes a su mujer también le gustaban esas cosas. De pronto la mano del vaquero bajó a su cintura, no por nada tenía un gatillo muy temido en todo Texas y Nuevo México. La anciana lo miró sorprendida, con los ojos bien abiertos no entendiendo lo que ocurría. Por la cabeza del hombre pasaban escenas del tráfico en la ciudad, de los gritos en las colas para pagar la agua y la luz, de las noticias del gobierno, de las huelgas de transporte, de las amigas de su mujer, de sus suegros, del hijo que ella nunca quiso tener. Del sombrerito de vaquero de cuando él era niño que nunca tuvo un nuevo dueño. En la inmensidad del altiplano se escuchó un disparo sordo. El vaquero se alejó de la anciana que seguía sentada en la misma pose pero tenía la cabeza inclinada hacia adelante. Poco a poco se fue deslizando sobre si misma, como si se desarmara, finalmente quedó como una marioneta de muchos colores muerta sobre su aguayo donde leía las hojas de coca. El vaquero le dio la espalda, intentando olvidar lo que había pasado. De pronto escuchó un relincho, detrás de una loma salió su caballo. Trueno, así se llamaba, Trueno, como se había podido olvidar de él. Después de acariciarle el flanco lo montó y se marchó hacia el atardecer que ahora empezaba a teñirse de un perfecto color rojizo. |
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