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Historias > Lo inabarcable
¿Por qué el deseo del hombre de ver lo que es imposible de ver.?
¿Qué es esto?. Todo lo que tenga forma, color, textura, es visible. Para lo invisible existen otros métodos pero, si existe es visible. (Ya lo dijo Santo Tomás). Pero hay algo que es invisible y por lo tanto inabarcable: la totalidad. Si dispusiéramos de todos los días de la existencia para ver todo lo que existe tendríamos que vivir lo que el universo, que por su cuenta y sin nosotros ya ha recorrido bastante.
Si pudiéramos encerrar esa totalidad y colocarla en un lugar, en un instante tendría un nombre, Borges lo dijo: “El Aleph”
El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.
A qué viene todo esto. Hoy encontré un cuento de Philp K. Dick llamado “La hormiga eléctrica”, en este un hombre descubre, gracias a un accidente, que es un robot. (algo relativamente común en Dick), pero este en lugar de deprimirse o entrar en la paranoia (algo común en Dick también), decide experimentar. Descubre el sistema por el que la realidad se convierte en información y entra dentro su cerebro, una cinta agujereada, y descubre que cada agujero es un elemento de la realidad. En un último acto de suicidio decide cortar la cinta para de esta manera permitir que la realidad, toda la realidad posible, entre dentro suyo. De esta manera todo lo posible convergiría en él en un último instante de existencia.
Dick describe su propio Aleph así:
Vio manzanas, piedras y cebras. Sintió calor, la sedosa finura de la tela; sintió un océano que saltaba hacia él, y un gran vendaval del Norte, que lo empujaba, como llevándole a alguna parte. Sarah estaba a su alrededor, lo mismo que Danceman Nueva York brillaba en la noche, y los cohetes le rodeaban y volaban por el cielo nocturno y de día, flotando, hundiéndose. La mantequilla se hizo líquida en su lengua, y al mismo tiempo, fétidos olores y sabores le asaltaron; la amarga presencia de venenos, limones y hojas de hierbas de verano. Se ahogaba; cayó; yacía ya en brazos de una mujer en un enorme lecho que al mismo tiempo canturreaba en su oído; el ruido de un ascensor defectuoso en uno los antiguos y arruinados hoteles de la ciudad.
"Estoy viviendo —pensó—. Ya he vivido, jamás volveré a vivir", se dijo, y con sus ideas acudieron todas las palabras, todos los sonidos; los insectos chillaron y corrieron
Y estos no son los únicos casos de el deseo de englobar la existencia en un solo punto. El mismo Borges (enciclopédico Borges) cuenta de otros casos:
Hacia 1867 el capitán Burton ejerció en el Brasil el cargo de cónsul británico; en julio de 1942 Pedro Henríquez Ureña descubrió en una biblioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba sobre el espejo que atribuye el Oriente a Iskandar Zu al-Karnayn, o Alejandro Bicorne de Macedonia. En su cristal se reflejaba el universo entero. Burton menciona otros artificios congéneres - la séptuple copa de Kai Josrú, el espejo que Tárik Benzeyad encontró en una torre (1001 Noches, 272), el espejo que Luciano de Samosata pudo examinar en la Luna (Historia Verdadera, I, 26), la lanza especular que el primer libro del Satyricon de Capella atribuye a Júpiter, el espejo universal de Merlín, "redondo y hueco y semejante a un mundo de vidrio" (The Faerie Queene, III, 2, 19) - , y añade estas curiosas palabras: "Pero los anteriores(además del defecto de no existir) son meros instrumentos de óptica. Los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en el Cairo, saben muy bien que el universo está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central... Nadie, claro está, puede verlo, pero quienes acercan el oído a la superficie declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor... la mezquita data del siglo VII; las columnas proceden de otros templos de religiones anteislámicas, pues como ha escrito Abenjaldún: En las repúblicas fundadas por nómadas, es indispensable el concurso de forasteros para todo lo que sea albañilería".
Y quien lo diría. Yo aparezco allí y me da un buen papel en la actuación.
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