¿Animales heroes?
Leo en Reuters que Gran Bretaña rinde homenaje a los animales héroes de guerra. Un monumento a luciérnagas, osos y perros. La cruz victoria a 60 animales. El monumento está dedicado, sigue la noticia, a las luciérnagas, cuya luz permitió a los soldados británicos leer sus mapas en la Gran Guerra; a las palomas, que cruzaron las líneas enemigas transportando mensajes; a los perros, que escarbaron escombros en busca de cuerpos.Desde el principio de las guerras los animales han sido utilizados en guerras y nadie ha hablado de aquello. Incluso existe un regimiento especial que existe gracias a estos animales: La Caballería,. Anibal utilizo Elefantes para combatir a los Romanos, en la guerra de en Arabia utilizaban camellos como cabalgaduras por su resistencia en el desierto y por el pavor que infundían a los caballos ingleses. Palomas mensajeras, perros de campaña, gatos que vivían en las trincheras limpiándolas de peligrosas ratas. Muchos animales combatieron, a ninguno se le preguntó si lo deseaba hacer, pero allí estuvieron. Ahora los consideran héroes y les dan medallas y les elevan estatuas.
Pero nadie habla del lado oscuro de este heroísmo. Los caballos eran muchas veces los primeros en caer, servían como escudos de carne para parar la bala del enemigo o eran enfrentados a tanques y ametralladoras como en la Guerra del Golfo. Los caballos mensajeros también sufrían al ser reventados por un esfuerzo físico demasiado grande y caían rendidos al suelo respirando sangre y con los ijares destrozados por las espuelas. En la guerra de Birmania a las mulas les cortaban las cuerdas vocales para que se mantuvieran en silencio. En la guerra fría se entrenaron delfines para que detectaran minas y las hicieran estallar y en la segunda guerra mundial a los perros de batalla se los alimentaba debajo de los tanques para que cuando se encontraran en el frente y cargados con una bolsa de explosivo se refugiaran bajo el tanque enemigo y lo hicieran volar convertidos en bombas con patas. Los canarios eran usados para detectar gases en las minas y trincheras en las fuerzas policiales, los perros son convertidos en yonkis para poder detectar drogas en el aeropuerto.
Si un japonés se quiere convertir en Kamikaze por el honor, o un soldado americano recibe un disparo que le costará una pierna e incluso la vida, son trágicos destinos pero elegidos. Un soldado sabe que va a morir en el frente y un héroe lo es porque algo lo ha llamado a hacerlo. Dar una medalla al heroísmo a un humano tiene sentido, a un animal no. Construirle una estatua a un grupo de soldados es un homenaje, a un grupo de animales es una burla. Queremos sentirnos mejor por haber obligado a unos animales participar en una de las mayores locuras que hemos inventado. Los hemos convertido en armas de guerra, en inválidos y ellos no sabían que ocurría. Ahora les construimos un monumento y les entregamos medallas y ellos tampoco saben lo que significa. Los animales, caballos, perros, palomas, seguirán haciendo su trabajo porque eso es lo único que conocen, y los que ya no pueden hacerlo se lamerán las heridas no deseando la anhelada libertad sino maldiciendo su suerte.
De la entrevista al oficial a cargo de una unidad K9 en Vietnam. Si conociera de verdad a estos perros, si hubiese pasado un tiempo con ellos en lugar de pensar que son como el caniche que tiene en casa, sabría que no es cuando los hieren que uno siente pena. Pena se siente cuando llega la siguiente misión y corren hacia el camión con tres patas, o yerran el salto porque les falta un ojo. Pena se siente cuando el camión se aleja y uno mira atrás y los ve allí jadeando, preguntándose porque no se los ha dejado participar, preguntándose qué han hecho mal. Pena se siente cuando uno ve que no se dan cuenta de están acabados, no cuando ignoran que van a morir.
Chicas / Nic Kelman
Las jirafas se agitan y se despiertan en la caravana del zoológico en una caja estrecha, que huele a paja podrida y a cerveza. Adiós, adiós, os deseo que muráis en el viaje, las dos, de manera que ninguna de esas nobles cabecitas que ahora se levantan, sorprendidas sobre la jaula, recortándose contra el cielo azul de Mombasa, sea llevada de un lado para otro, sola, en Hamburgo, donde nadie sabe nada de África.
En cuanto a nosotros, nos tienen que hacer un daño muy grande antes de que podamos decentemente pedir a las jirafas que nos perdonen el daño que les hacemos.
Memorias de África – Isak Dinesen
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