La ciudad que creó a Verne
Yo creo que la ciudad donde creces se convierte para siempre en el material para tus ficciones. Cuando quieres conocer a alguien tienes que recorrer las mismas calles que él caminó cuando niño. Es por eso que si queremos saber de dónde sacó Julio Verne (1928 � 1905) todas las maravillas que nos llegaría a contar no es suficiente conocer su obra, su biografía, su biblioteca. Quiero recorrer aquí las calles llenas de aventuras donde quizás un día él jugaría.
Hoy se cumplen los 100 años de la muerte de Julio Verne. Aquel hombre que nos hizo recorrer el mundo de la mano de sus novelas, que quiso que voláramos a la Luna, viajáramos debajo del mar, huyéramos hacia el fondo de la tierra sin importar que esas cosas no se pudieran realizar todavía. Sus viajes extraordinarios publicados en Musée des Familles hablaban de las maravillas de las tierras extrañas, de gente diferente, en fin, nos abrieron los ojos a las posibilidades que nuestro planeta nos puede ofrecer. Antes de convertirse en el primer escritor de ciencia ficción, antes de soñar con viajes imposibles, fue un viajero en el papel, un marinero que no se contentaba con quedarse en el puerto y prefería que lo acompañáramos en sus recorridos imaginarios por todo el globo.
¿Pero de dónde nacieron estas ideas?, ¿qué países extravagantes le llenaron la imaginación de sueños?. Para saber eso puede servir volver a su ciudad natal. Julio Verne nació en una pequeña ciudad francesa llamada Nantes, un lugar en apariencia aislado del mundo pero con un importante puerto que lo tenía bien comunicado. A los veinte años, una vez acabado el Liceo, partió hacia París para ser dramaturgo; ante el fracaso de sus obras de teatro descubriría que su verdadera vocación era contar los sueños que imaginaba al ver partir los barcos de banderas extrañas que veía en el puerto de su ciudad natal.
Cuando yo llegué a Nantes, la impresión que me dio fue la de una ciudad alejada de todo. Una ciudad francesa pequeña y demasiado tranquila, con tranvías recorriendo sus calles, lindas francesistas en dirección a clases, deliciosos aromas saliendo de las pastelerías, pero nada más, para mí era una ciudad indiferente. Los días de aquel verano del 2002 pasaban tranquilos y calurosos, nada había en Nantes que me sorprendiera. Claro que entonces no sabía aun que Verne había nacido allí.
Ese descubrimiento cambió mi forma de ver la ciudad. Esas calles casi anodinas que recorría en compañía de mi hermana que entonces vivía allí, no podían ser el semillero donde nacería una mente tan brillante. Algo más tendría que existir que hubiera inflamado la mente del escritor, así que me empecé a navegar en las turbias aguas de la historia de la ciudad. Allí empecé a ver todo más claro.
Descubrí que la historia de Nantes estaba llena de las aventuras que seducen la imaginación de un niño, de un joven, de un escritor. Muertes, desgracias, actos heroicos, piratas; su historia se retraza hasta la época de los romanos con la tribu de los Namnetes, la tribu gala conquistada por Julio Cesar. Años después, en el siglo III, llegaría la iglesia católica y quinientos años más tarde una invasión Normanda haría correr la sangre del obispo ejecutado en su propia iglesia. La que fue primero romana y después católica se convertiría en calvinista al cobijar el cisma más importante de esta nueva religión. Pero allí no acababa la cosa. Bajo el mando de los duques de Britania pasó a formar parte de Francia y en plena revolución francesa fue casi borrada del mapa por las tropas realistas volviendo a hacer correr sangre por sus calles, esta vez de revolucionarios.
Pero no fueron sólo muertes y desdichas las vividas en esta tierra, también supremos actos de heroísmo se vieron en sus calles como la resistencia a la ocupación Alemana durante la segunda guerra mundial (que ya no vería Verne), que acabó en bombardeos por parte de los aliados y en el asesinato de un coronel alemán como venganza de la ejecución de 48 rehenes. También hubo gestos de amor como el que le tendría a esta tierra la Duquesa Anna, reina de Francia que sobreviviría a dos reyes. Bajo sus órdenes Nantes se convertiría en la capital de la Britania y la uniría con París con carreteras bellamente construidas. Tanto amó esta ciudad que su cuerpo aun descansa bajo su celeste cielo rodeada de mármol en un fastuoso mausoleo. El giro dramático al que la ciudad es proclive me lo encontré en un museo en una fastuosa vasija de oro donde reposa el corazón de la duquesa como un último gesto de entrega de su pueblo.
Nantes vio llegar a muchos extranjeros cuando fue uno de los puertos más importantes de la Europa del siglo XVIII, muchos de ellos esclavos negros que por millares llegaban de Angola donde los canjeaban por productos de manufactura francesa y los llevaban a las plantaciones del caribe para venderlos por tabaco y azúcar. Muchos desgraciados pasaron como objetos de comercio por estas calles dejando tras de si los lamentos y los cuerpos de sus compañeros que no aguantaron la travesía. Nada queda de ellos salvo el recuerdo que quizás sigue recorriendo sus calles.
Y el lugar en el que encontraría los últimos jirones de las historias de Nantes que habrían inspirado a Verne fue en las calles aledañas al puerto. Muchas de ellas llevan hoy en día los nombres de de Corsarios nacidos en Nantes o de simples extranjeros que llegaron en busca de fortuna y se hicieron de un nombre pirata. Estas calles con nombres de bandoleros, como Jean de Crabosse, Jean Vié, o Jacques Cassard, son un mudo homenaje a estos hombres temidos pero al mismo tiempo que le dieron prosperidad a su puerto.
Después de haber recorrido, ahora maravillado, sus calles, sintiendo en el aire alguna memoria de todas las historias vividas, entiendo mejor a Verne que pasaba horas viendo como barcos llegaban y partían. Su viaje a Paris lo enfrentaría a un lugar nuevo y grandioso, tan extraño como los que llegaría a describir, pero la esencia de todas las aventuras maravillosas que relató surgió de estas calles que recorrió de niño.
Este viaje por la ciudad natal de Verne sirve como excusa para recordarlo, porque mientras él creció en las calles de su Nantes natal, todos nosotros lo hicimos recorriendo sus libros. Verne es para muchos nuestra ciudad natal, llena como la suya de aventuras, de corsarios y banderas de países extraños. Recorriendo sus calles en forma de páginas teníamos la seguridad de que cualquier cosa era posible, y allí donde fuéramos siempre existía la posibilidad de la maravilla. 100 años es un buen número para recordarlo, para realizar un homenaje y volver a agarrar cualquiera de sus libros y comenzar a leerlo de nuevo como si fuera la primera vez y tuviéramos 10 años.
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Categorías:Literatura, Biografias






