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Tags: Menos piadosas que las del corazón
son las mentiras de la diosa razón Hace unos días y por la fecha del recuerdo de los 60 años de la liberación de Mauthausen y del fin del nazismo, se descubrió un pastel que estuvo oculto muchos años. El historiador Benito Bermejo, residente en Viena, había descubierto que en contra a lo que decía Enric Marco, el presidente de la asociación Amical Mauthausen y antiguo deportado, nunca había sido un prisionero de un campo de concentración. Toda esa historia, que habían hecho sollozar a mujeres y a hombres, todos los recuerdos del campo de concentración, de los sufrimientos de la guerra, de los horrores del nazismo que había presenciado, no eran otra cosa que una elaborada mentira fraguada, según él, para que le prestaran atención.
Enric Marco había vivido seis décadas de mentiras: en 1978 había publicado su autobiografía, “Memorias del infierno”. Como miembro de la Asociación de Padres y Madres de Alumnos de Cataluña, de la que fue vicepresidente 20 años, dio unas 120 charlas y conferencias al año sobre su experiencia. La Generalitat de Cataluña le otorgó en 2001 la Cruz de Saint Jordi por toda una vida entregada a la lucha antifranquista y sindicalista. Pero ahora que la mentira se ha descubierto, toda su historia se tiñe de un tinte amargo y todos lo que alguna vez lo escucharon se sienten engañados en su intimidad. Pero hay algo más en esa gigantesca mentira, hay algo más allá de los límites de lo evidente, de la traición y del deshonor. Mario Vargas Llosa lo explica muy bien en un artículo publicado en “El País”: “Da vértigo imaginar el esfuerzo de memoria y las invenciones constantes que tuvo que hacer a diario, para no caer en contradicciones que lo delataran ni despertar recelos. Debió de vaciarse de sí mismo y reencarnarse en el fantasma que se fabricó. [...] Para perpetrar una farsa de este calibre no basta carecer de escrúpulos; es preciso ser un genio, un fabulador excepcional, un eximio histrión.” Porque después de todo, Enric Marco logró lo que muchos novelistas intentan, logró crear un personaje tan real que confundiera a la mente, a la memoria y a la razón. Y lo hizo con la única herramienta de la que disponía: su propia vida. Pero este personaje no es el único que vivió con una mentira; aunque por su notoriedad hizo que esta llegara a más oídos ansiosos. El mismo día del artículo de Vargas Llosa en “El País” leo la perturbadora historia de Manuel Roza Torres, un hombre que un día de 1959 se despidió de su mujer en Barcelona y desapareció para siempre. Su familia lo dio por muerto y dejó de buscarlo sintiendo el dolor de una perdida como esa. Después de complicadas investigaciones por parte del Grupo de Desaparecidos del Cuerpo Nacional de Policía, Manuel Roza reapareció en el cuerpo de un anciano en el hospital Gregorio Marañon de Madrid. El desaparecido afloró 46 años después bajo el nombre de Luis F. R. con otra familia y otra vida. Los investigadores no llegaron a conocerlo porque el día que reaparecería a la vida real fue cuando pasó de la ambulancia que lo recogió de la calle y lo llevó ya en coma a la cama de un hospital de donde no se levantaría. Después de una doble vida, moriría como un desconocido sin que nadie preguntara por él. La mentira en que se embarcó, sin que nadie supiera la razón, es ahora sólo una nota curiosa en la prensa. La verdadera historia, la razón de su desaparición y de los años errabundos sin nombre o con un nombre robado, son lo que nunca conoceremos. Al igual que Enric Marco, Manuel Roza fuera de cualquier juicio moral que pudiéramos hacer sobre él, fue un fabulador que decidió un buen día cambiar de nombre, de vida. Borrarse el rostro y surgir con otro en un lugar que nadie lo conociera, o en el caso de Marco con una biografía que no le tocó vivir. Llega a mí ahora una última historia, o más bien la esencia de una historia sin detalles ni pormenores. Esta nace de la breve frase hallada en una postal que cuenta una historia incluso más estremecedora que las que arriba muestro. La postal forma parte de un proyecto artístico. en el que cualquier persona puede participar enviando anónimamente una postal que cuente su secreto más íntimo. Entre los secretos guardados hay algunos desgarradores y otros más inocentes, pero hubo uno en especial que me llamó la atención y que reaparece hoy en este artículo. Esta postal indicaba encima de una imagen de las torres gemelas en llamas: "Todo el que me conoció antes del 9/11 cree que estoy muerto". Esta sucinta declaración narra una historia tan compleja y difícil de entender como la de Marco o la de Roza. Qué nos llama en la vida a querer inventarnos a nosotros mismos. A crear un personaje después de haber borrado los rasgos con que vivimos toda una vida. Todas las historias que aquí conté hablan de mentiras, mentiras que son muy dolorosas para aquellos que han sido engañados. Pero posiblemente han sido más difíciles de aguantar para aquellos que las han tenido que mantener; sin poder encontrar nunca a nadie a quien contarle la verdad, sin poder nunca bajar la guardia y dejar surgir el rostro verdadero. Con el paso de los años la mentira se vuelve realidad. La mascara se convierte una vez más en la persona. Todo lo que esta oculto desaparece o queda guardado en los cajones más empolvados del inconciente. Sólo queda una mirada triste, llena de la vida de dos hombres, llena de los recuerdos de dos vidas. La mentira atrapa al hombre y se hace uno con ella. Y aunque Vargas Llosa les da una bienvenida: “Señor Enric Marco, contrabandista de irrealidades, bienvenido a la mentirosa patria de los novelistas.”. Hay mucho de tristeza al cruzar esas puertas; porque a diferencia de un novelista, este nunca podrá regresar de esa patria, y si lo hace será envuelto en el manto del deshonor, como Marco, o como un anciano en coma en un hospital sin que nadie que lo recuerde como Roza. De la tercera historia, de la del hombre que decidiría desaparecer el día en que vio que unos aviones destrozaran el mundo, no se sabe nada, sólo nos queda la ensoñación o la literatura para conocer su historia. Referencias (TrackBacks)URL de trackback de esta historia http://elforastero.blogalia.com//trackbacks/29804
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