Inicio >
Historias > El cazador de nazis
El más famoso buscador de genocidas de la historia, el judío Simon Wiesenthal, superviviente del campo de exterminio de Mauthausen, ha muerto casi centenario con la satisfacción de haber atemorizado a los nazis y de haber dado caza a 1.100 de ellos. Artículo Vanguardia
Había una larga rajadura en el cieloraso. La siguió con la vista por todo el techo, de un extremo a otro. Comenzaba en una mancha de humedad en un costado de la pared y se perdía muy cerca de la ventana justo donde un reflejo de sol brillaba con fuerza. El rayo de sol rebotaba en la jamba de la ventana semiabierta que además dejaba entrar un viento fresco con aroma de jazmines. Había dormido toda la tarde y sentía la cabeza pesada. Además el atardecer que estaba por comenzar lo seducía para quedarse en cama, para cerrar los ojos y dormir hasta la mañana siguiente o hasta la noche siguiente o simplemente seguir durmiendo. Pero tenía cosas que hacer.
Se vistió lentamente, el pantalón, la camisa recién planchada, el sombrero gris. Abrió la puerta de su habitación y se enfrentó con la luz que empezaba a caer en el horizonte. El aroma de jazmines de la ventana llegó nuevamente hasta él. Respiró hondo, llenando los pulmones. Estaba nuevamente en Argentina. Habían pasado ya cuarenta años desde la última vez que estuvo aquí, pero al parecer nada había cambiado, ni siquiera el olor de los jazmines. Antes de cerrar la puerta de su habitación sacó el bastón y giró con cuidado la llave. Recorrió con lentitud el patio hacia la recepción del hotel y una vez allí dejó la llave.
La calle lo recibió aún fragante por la primavera que estaba por acabar. Sus pasos lo llevaron hacia la plaza principal, aun tenía una hora para el encuentro así que aprovecharía para tomar algo.
La última vez que Simon Eckoldt había estado en Argentina había desayunado y almorzado en aquel restaurante todos los días durante un mes. Al otro lado del salón, todas las madrugadas y medio días un hombre rubio, de fríos ojos azules y contextura fuerte comía en silencio sin levantar los ojos del periódico. Simon se encontraba allí vigilándolo. Había estado un mes vigilándolo, siguiéndole todos los pasos y anotando en una libreta negra sus encuentros y conversaciones telefónicas. Una vez con pruebas de quien se trataba había guardado todos los datos en un sobre y los había dejado en el buzón de un edificio. Una fría noche de invierno tres agentes del Mossad, la policía secreta israelí, habían sacado de su casa a aquel hombre rubio y lo había metido en un avión rumbo a Israel. Un mes en argentina y Simón pudo regresar a su hogar contento de una labor bien realizada, pero aunque sentía la euforia, no se sentía aun tranquilo. Su labor recién había comenzado.
Pasó aquel mes en Argentina siguiendo a un hombre coleccionando pruebas de su identidad, aunque él no las necesitaba. Él recordaba bien a aquel hombre a pesar de que ya no vestía el uniforme gris ni llevaba la fusta de cuero en la mano derecha. Él lo había reconocido la primera vez que lo vio. En cambio él nunca lo reconocería porque Simon había recuperado el peso perdido, no llevaba el sucio y harapiento uniforme ni la estrella de David cocida en el pecho. Aun tenía su número marcado a fuego en el brazo izquierdo, y una cicatriz que le cruzaba el rostro pero era un hombre libre, un hombre libre con una misión y estaba allí para cumplirla.
Sentado en el restaurante en el que había pasado todos los días durante un mes en su misión de vigilancia, recordó en aquella su primera captura. Su primer oficial nazi detenido y ya muerto tras un juicio que lo encontraba culpable. Habían pasado muchos años desde aquella vez y se encontraba nuevamente aquí. Venía a cazar al último oficial nazi del que tenía noticia. Pero él se sentía ya muy viejo.
Le sirvieron una taza de té que le devolvió la energía perdida después de la caminata desde su hotel. Ya no podía tomar café ni ninguna bebida alcohólica. Su médico le había prohibido además la sal, y el té lo tuvo que endulzar con un sobre rosado de sacarina. A pesar de lo que le decía su médico sacó un puro pequeño, del grueso de un dedo y lo encendió con placer. Su última captura, su misión finalmente terminada. Valía la pena fumarse un puro en estas condiciones.
Afuera la lenta tarde había terminado y el restaurante poco a poco se empezaba a llenar de gente que salía del trabajo o que llegaban para la cena. Finalmente lo vio. Un anciano, quizás más anciano que él mismo, entró por la puerta principal. Recorrió con una mirada cansada el restaurante y se dirigió a un reservado en el fondo. Simon dejó que el camarero lo atendiera y cuando le llevaron el primer plato se levantó y se acercó lentamente al reservado. Dentro, el anciano comía con ganas un bistec acompañado con patatas y tomates fritos. Sin pedir permiso Simon se sentó a la mesa, estiró la mano y cogió una patata. Mirando la superficie bañada de aceite y sal se lo pensó dos veces y la dejó sobre una servilleta. El anciano delante de su plato lo miraba sorprendido.
- Usted es: Bruno Sultzner. – afirmó más que preguntó
- Se debe confundir usted, yo soy Otto Von Wilke –
Simon estaba agotado del juego. Lo había repetido cientos de veces. Antiguos soldados alemanes que habían torturado y asesinado fríamente, se ocultaban temerosos detrás de nombre falsos. Simon era experto en esto, sabía perfectamente como desenmascararlos. Lo había hecho infinidad de veces. Pero esta vez se sintió agotado. Muy cansado para comenzar nuevamente con todo. Pero al mismo tiempo pensó era su última jugada, la última pieza de una estructura que había empezado a construir el día que salió por las puertas del campo de concentración de Mathausen con la cabeza llena de nombres y de rostros que un día terminaría ejecutando. De todas maneras ahora no tenía la fuerza para hacerlo. Se sentó derrotado frente a Bruno Silberbauer, o a Otto Von Wilke, ya no le importaba.
- Me he debido de confundir, le molesta que me siente
- En absoluto – respondió el ex oficial nazi desconfiando.
- ¿Cómo está el bistec?
- Excelente, aquí la carne es lo mejor que tienen.
- Sabe, mi médico me la prohíbe rotundamente pero hoy él está muy lejos y es verdad, aquí tienen una carne muy buena. – Simón llamó la atención al camarero y pidió una ración de bistec con patatas y tomate frito. Delante suyo aquel anciano lo miraba susceptible sin arriesgarse a comer otro bocado como si sospechara que en cualquier momento su visitante le iría a saltar al cuello y a arrancarle a fuerza toda la verdad. – Coma, coma, no deje que lo moleste. – Finalmente el anciano decidió cortar otro pedazo de carne.
Simon había salido del campo de concentración decidido a recomenzar su vida. Olvidar todo lo vivido en el campo de concentración. Ocultar en lo más profundo de la memoria esa experiencia. Pero los rostros y los nombres de aquellos que lo habían torturado, que habían asesinado a sus amigos y familia, seguían dándole vueltas en la cabeza, seguían despertándolo de noche. Finalmente dejó el trabajo que acababa de conseguir y decidió que para dormir tranquilo tendría que empezar a trabajar para reparar el daño hecho por otros, a capturar a aquellos que iban a pagar por lo que habían hecho.
Los dos ancianos comieron su bistec con patatas en silencio uno frente al otro. Simon masticaba con calma los jugosos trozos de carne, saboreando la copa de vino que se había pedido. Para un observador externo eran sólo dos ancianos. No había nada que los diferenciara. Ambos iban vestidos elegantes pero con un estilo algo anticuado. Ambos tenían el cabello blanco y un profundo gesto de cansancio en el rostro. Más aun, para el observador atento, las miradas que los dos hombres se lanzaban de rato en rato eran idénticas: llenas de curiosidad, temor y recelo. Incluso si alguien conociera levemente la situación que había puesto a un enfrente del otro esa noche no podía distinguir quien era el ex oficial nazi, y quien el cazador de nazis. La única señal clara de diferencia era la cicatriz que uno de ellos tenía en el rostro.
Simón terminó de comer y se despidió del anciano que lo seguía observando con curiosidad. Cuando llegó al exterior sintió cómo su corazón se agitaba al borde del ataque y después de respirar hasta calmarlo se dirigió hacia una callejuela por la que había entrado hace 40 años. Sus pasos lo llevaron por una calle asfaltada que antaño era de piedras y tierra. En cambio el viejo edificio con una puerta de madera descolorida no había cambiado en todo este tiempo.
La puerta se abrió sin rechinar como si la hubieran aceitado hace poco. Unas escaleras empinadas y oscuras lo recibieron; Simon Resignado empezó la escalada. Cuatro descansillos más arriba empujó una puerta negra de lo que habían sido las oficinas del Mossad y ahora era un triste consulado Israelí. Una secretaria que arreglaba su escritorio para marcharse lo miró sorprendida de ver llegar a alguien tan tarde.
Después de recuperar el aliento y volver a su cause natural a su corazón se acercó a la mesa de la secretaria.
- Tiene que llamar a este teléfono- le dijo a la aun sorprendida secretaria extendiéndole una tarjeta – y decirles que pueden encontrar a Bruno Sultzner alias Otto Von Wilke en el hotel Gran Rex del que seguramente partirá hacia el aeropuerto.
Simon había decidido por una vez no desenmascarar al ex oficil nazi, no plasmarle todo su odio o desprecio o lo que fuera que sentía por toda esa serie de asesinos y criminales que había perseguido toda su vida. Por primera vez no quiso enfrentársele y decirle que lo pagaría y que miles de muertos podrían finalmente descansar en paz. Por una vez no sintió esa vieja necesidad en su pecho. Cuando comió al lado del anciano no sentía odio, ni desprecio, ni pena. No sentía absolutamente nada.
Esa tarde cuando lo que quedaba de la que un día fue la policía secreta más poderosa del mundo llegó al hotel Gran Rex y abrieron la habitación de Otto von Wilke. Encontraron el viejo cuerpo de un hombre colgando de una cuerda de la lámpara de su habitación. Sólo el recuerdo de su propio nombre había sido demasiado para el anciano.
En cuanto a Simon Eckoldt esa noche durmió en su asiento de clase turista en el avión hacia Alemania. No soñó con nada. Se despertó sobre el océano para tomarse una pastilla contra la presión y volvió a dormir con sueños sordos como dentro de la niebla, como debajo del mar.
Referencias (TrackBacks)
URL de trackback de esta historia http://elforastero.blogalia.com//trackbacks/33171
Comentarios
|
1
|
| De: Algernon |
Fecha: 2005-09-21 20:15 |
|
|
Una prosa muy buena, engancha :-)
|
|
2
|
|
|
visita nuestro proyecto
Violetta
|
|
4
|
| De: Mar |
Fecha: 2005-09-22 00:28 |
|
|
flaco, de verdad, excelente. No sigo porque me da no se qué elogiarte ;)
|
Entradas
Antiguas