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Historias > Coche/ Interior, Noche
Las ventanillas del coche semiabiertas dejaban pasar una fría corriente de aire que en ocasiones silbaba una melodía y en otras hacía recuerdo al mar. La radio del coche tocaba una melodía alegre, que no estaba de acuerdo con mi humor. Mis manos sobre el volante, los pies sobre el acelerador y el freno, más el acelerador que el freno, y la carretera vacía y a oscuras delante mío era lo único que importaba.
Era la última noche que iba a conducir mi coche en un buen tiempo. Hace un mes el frío flash del radar me había capturado cerca a los 90 kilómetros por hora. No hubiera sido mucho el problema de no ser que dos semanas antes un coche de policía camuflado se me acercó mientras tomaba un poco de aire en el arcén de la carretera intentando evaporar las nubes del alcohol. Así que esta mañana la juez me había sentenciado a cuatro meses de suspensión del permiso más una multa por conducción temeraria y conducción en estado de alcoholismo. La multa no me preocupaba demasiado, trabajaba ocho horas al día y no tenía problemas de dinero, además yo nunca había tenido un accidente del que yo fuera responsable (un rasguño en el coche le puede pasar a cualquiera); pero lo que me dolía en el alma era estar cuatro meses alejado de mi coche. Un pequeño tursimo Cirtöen con una buena cilindrada. Desde fuera no parecía mucha cosa. Tenía la pintura un poco carcomida en el parachoques y el perfil del coche que una familia se compraría para llevar a los niños al cole. Pero cuando yo me encontraba al volante cubierto con una funda de cuero, con la radio escupiendo alguna melodía antigua pero no por eso menos alegre. La ciudad cambiaba de aspecto, las carreteras tenían otra personalidad y por un momento todo me parecía fácil.
Esta noche había decidido salir a despedirme de la carretera. Cuatro meses de viajes en autobús y metro le ponen gris el corazón a cualquiera. Y no es porque usara demasiado el coche, lo usaba igual que todo el mundo: para ir al trabajo y quizás en búsqueda de algún restaurante en la montaña o en la costa el fin de semana. Pero había noches, como aquella en que me pillaron corriendo demasiado, en que dejaba a mi mujer en casa, a los niños dormidos y enfilaba por cualquier autopista. No me importaba la dirección, únicamente el camino, el viaje, la carretera.
Me detuve cerca a la media noche en un bar de camioneros. Había conducido más de un par de horas y la melancolía con la que partí de casa se había esfumado dejándome el corazón liviano. Me acodé en la barra y pedí una cerveza. No me importaba si me agarraba la policía, al final de cuentas les dejaría el permiso desde la mañana siguiente, a las 8 en el juzgado. El ambiente del bar para ser un jueves estaba muy tranquilo. Un par de mesas con los que debían ser los conductores de dos 18-ruedas de afuera. Una pareja joven que seguramente llegaban a la ciudad de paseo. Cuatro habituales que conversaban con la camarera y que debían vivir en la zona y una mujer algo mayor, de nariz aguileña, vestido oscuro de fiesta o de funeral y con un café muy solo sobre la mesa.
Me pedí una cerveza más mientras me acodaba de espaldas a la barra. No sabía hasta dónde quería llegar. Una fuerza dentro de mí me tentaba a continuar el viaje y nunca regresar. Olvidarme del trabajo, de la mujer, de los niños y viajar siempre hacia adelante, carretera, horizonte. Por unos momentos me regodeé en la posibilidad. Sabía que yo no lo haría, no era de aquellos, peor igual mi mente divagó en la posibilidad.
Imaginaba la llamada a mi mujer desde una cabina telefónica en la frontera con Francia, la llamada a mi jefe al despertar a media tarde en un pueblo desconocido. Un escalofrío de satisfacción cruzó mi espalda, acabé la cerveza y decidí volver a casa. Ya era muy tarde. Cuando pasé cerca a la mesa de la mujer no me di cuenta que estaba vacía con unas monedas sobre el plato metálico de la cuenta. Me di cuenta de esto recién cuando llegué al exterior del bar y me la encontré aferrada a un teléfono público repitiendo algo acaloradamente, no la escuchaba por el ruido de la carretera que como un estruendoso río ahogaba las palabras. Crucé a su lado y me dirigí al coche.
Retrocedí y giré el volante para enfilar de regreso hacia la ciudad cuando aquella mujer se me puso delante con las manos extendidas. Detuve el coche y abrí la ventanilla del pasajero donde ya se encontraba reclinada.
- Hacia donde se dirige
- De regreso a la ciudad
- Hummm – un gesto de desencanto le apareció en el rostro.
- ¿Dónde estaba yendo?
- Tengo que llegar al siguiente pueblo, pero si va en la otra dirección no hay problema.
- Sabe, no tengo prisa, si quiere la acerco hasta el siguiente pueblo. No es demasiado lejos.
La mujer abrió la puerta y se sentó a mi lado cogiendo un bolsón con las dos manos. Antes de partir volví a ver su rostro. Había pasado de los cuarenta y posiblemente ya tenía los cincuenta encima. Iba con un adusto vestido negro y con un gesto en el rostro que quizás podría ser miedo o simplemente nerviosismo. A pesar de la edad que aparentaba, el gesto de intranquilidad, las rodillas juntas debajo el vestido, el bolsón aferrado con ambos brazos, como abrazándolo, parecían los de una adolescente.
Conduje por un momento sin decir nada. Casi parecía escuchar las elucubraciones que ocurrían en la mente de la mujer.
- ¿Va a la casa de alguien? – pregunté finaleente
- ¿Perdone?
- Al pueblo, ¿está yendo a quedarse a la casa de alguien?
- No, no. Una amiga. Una amiga del colegio que no veo hace muchos años.
- Le hará ilusión verla.
- No, no sabe que voy
El desconcierto en la mirada y mi silencio parecieron divertirla y tranquilizarla.
- Me escapé de casa. Ayer noche estaba metiendo a la lavadora la ropa de mi hija y cuando tenía que poner el detergente me di cuenta que se había acabado y pensé que justo ese día había pasado por el supermercado y que tendría que regresar el día siguiente después de dejar a mi hija en las clases de tenis. Y en ese momento me golpeó como una piedra. Fue como si me desdoblara y viera a esa mujer mayor parada junto a la lavadora pensando en el detergente que no había comprado y vi como esa mujer empezaba a llorar. Y era yo misma llorando. Llorando por una caja de detergente vacía. Y recordé lo mucho que me gustaba el olor de detergente que usaba mi madre, y mi madre que ahora vivía en una casa de ancianos y una cosa llevó a la otra y cuando vino mi marido y me vio llorando preocupado me preguntó que me pasaba y yo le dije que no se preocupara, que una tontería, que me puse a pensar en mamá. Pero de verdad lo que me hizo llorar era el detergente. Y esta tarde, después de dejar a mi hija en las clases de tenis y en lugar de pasar por el supermercado llegué a casa preparé este bolso y salí a la calle. Me tomé un autobús hacia el pueblo de mi amiga – quería ir hacia la frontera y ella era la única que conocía en esta dirección – y después me dejó el autobús porque no me sentía con más fuerzas para seguir el viaje. Llamé a mi marido y me dijo que me quedara quieta que el vendría a recogerme y nos peleamos y le colgué el teléfono y lo vi justamente a usted partir en su coche. Y me dije parece una buena persona, ojala esté yendo en mi dirección.
Me quedé un buen rato en silencio mientras conducía y las luces rojas de los coches bailaban delante mío y los faroles y las mal iluminadas fábricas se quedaban detrás, en la carretera.
- Y donde irá después de la casa de su amiga
- No lo se, quizás esté un tiempo en Francia y consiga trabajo. Después seguramente regrese a casa o lleve a mi marido y a mi hija a conocer Paris. Es que yo los quiero mucho sabe.
El CD se había terminado hace un buen rato y no hice ningún gesto para cambiarlo o volverlo a poner. Viajamos en silencio con el ruido del motor de fondo un buen rato hasta que vimos cómo las luces aumentaban, al igual que las casas del pueblo al que nos acercábamos. Pasamos por una estación de servicio y mentalmente me dije que tendría que cargar gasolina, pero como al día siguiente, dentro de siete horas, ya no conduciría más, no valía la pena. Además tenía lo necesario para llegar a casa.
La mujer me fue indicando la dirección dudando mucho por dónde íbamos. Giramos un par de veces una manzana y finalmente se ubicó. Entramos por un agradable pasaje y detuve el motor del coche al lado de una alta pared de adobe. De pronto todo el silencio del mundo cayó sobre nosotros.
- ¿Su amiga la recibirá?
- Estoy casi segura. Son las cosas que una amiga, incluso una mal amiga, tiene que hacer.
- ¿Y después?
- Estaré bien, no se preocupe y muchas gracias. Dónde va usted ahora
- A casa
La mujer me dio un cálido beso en la mejilla. Sentí como si su rostro estuviera húmedo. Me quedé pensando en su huida repentina, su sorpresiva ansias de libertad. Antes de que se perdiera en el jardín delantero de la casa de su amiga salí del coche.
- ¿Y en Francia donde se quedará?
- No lo se. ¿Por?
- Por si paso por allí, para visitarla.
Una risa como un cloqueo fue lo único que dejó atrás cuando se dirigió hacia la puerta principal. Antes de que cerrara el coche un sonoro timbre quebró la noche. Pensé en quedarme por si no la recibían pero sospeché que no pasaría. Retrocedí con el coche y me ubiqué en el barrio. Finalmente enfilé en dirección a la ciudad. Mi mujer acostumbrada a mis escapes nocturnos no estaría despierta pero no quería retrasarme más. El viaje de regreso con el rugir del coche y el silencio de la carretera me plantearon muchas dudas. Por última vez en mi coche me dije que era más seguro que durante cuatro meses no condujera.
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Comentarios
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| De: Gonzalo |
Fecha: 2005-09-23 07:37 |
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Interesante historia...
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| De: David |
Fecha: 2008-07-08 02:29 |
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Loco muy bueno la verdad
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