El hombre lobo del Raval
Desde un recodo de la calle del Carmen nace un aullido que rebota en las paredes multiplicándose mil veces. Dentro del bar ninguno de nosotros escucha el primitivo grito.
El aire de la noche me golpea mientras me dirijo hacia mi hogar. Las calles a esta hora permanecen inmóviles. Pilas de basura, vagabundos durmiendo dentro los cajeros automáticos, alguna tardía pareja volviendo alcoholizados y abrazados al hogar. De pronto una sombra cruza la calle Joaquín Costa. Un aullido, ahora si oído, me espeluzna la columna vertebral. De pronto la sombra regresa sobre sus pasos, la piel gruesa, las cerdas cafés, el hocico bestial, los colmillos afilados, las garras surgiendo debajo de un anorak. Las patas que han reventado los zapatos y salen salvajes y peludos debajo del tejano: Es el hombre lobo del Raval.
- Quisiera contarte mi historia �habla en perfecto castellano con acento argentino. �Mi nombre no importa pero la maldición que pesa sobre mis hombros no la puedo evitar. �De pronto en la altura la luna brilla por una resquicio en las nubes y mi interlocutor empieza a aullar. Un aullido que hiela mis venas. Hasta el momento no he dicho ninguna palabra. Cuando calla sólo atino a decir �Cuéntame -.
Caminamos en dirección al mercado San Antonio, mientras tanto el hombre lobo cuenta su historia...
Llegué de Argentina hace poco más de un año. Sospeché lo que allí se avecinaba, cogí todos mis ahorros y de mi empresa y tomé el primer avión, deje padres, mujer, novia. Llegué a Barcelona y en dos meses me quedé sin dinero. Un error de inversión en un supermercado Moro, unos compatriotas míos me estafaron y el resto lo gasté en una casa de juegos catalana. Me encontré sin casa, sin dinero, sin nada. Hice lo único que podía, me puse a cantar tangos...
Pasé de las ramblas a un bar de copas para turistas. Después llegué a un café del Raval donde conocí a Marienela. Una loba por lo más alto. Tenía la voz de tango, el cuerpo de tango, los ojos de tango pero era catalana. Cantamos muchas noches en su bar y otras tantas en su cama. Ella cantaba Piazzola y yo Gardel, por eso nos peleamos y no la volví a ver. Esa noche, cuando me encontré sin calcetines y con los zapatos en la mano en la puerta de su casa vi la luna llena y empecé a aullar. No lo pude evitar. Ella me había maldecido. Me vi en los vidrios de una tienda de guitarras y vi que me había convertido en un hombre-lobo. Desde esa noche me la paso aullando cada noche de luna llena mientras el resto de la semana repito mi repertorio de Gardel en un bar de turistas. Hay noches, en especial cuando no hay luna, que canto Piazzola recordando a esa loba.
Después de esa confesión mi compañero me pidió un cigarrillo, me robó la cartera, se meo en mi pantalón y se fue corriendo mientras aullaba. La tos lo agarró en medio bramido y al recuperarse me dijo, - venme a escuchar alguna vez a mi bar. �
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Categorías:Ficcion






