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Una realidad de mentira (Actualizado) |
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Ficcionalizar la realidad es quizás una de las herramientas que más me sirven para pensar sobre esta. Una escena vista en las noticias o leía en un artículo te puede atenazar el pecho, te puede sorprender en su crudeza y dejarte por unos instantes con la cabeza llena de imágenes, de dolor. Volver esa imagen en algo ficticio, con personajes inventados, con un dolor igualmente abrumador, pero que sabemos nacido de la imaginación, te permite pensar con frialdad sobre lo que de verdad ocurre. Ese es el problema, por ejemplo, de muchos periodistas cuando quieren hablar de la guerra. En medio de la lucha, con las balas cruzando el cielo y el miedo palpable en el ambiente no tienen la facultad de pensar objetivamente en lo que ocurre. El impacto que los rodea es demasiado fuerte. Lo mismo ocurre con experiencias traumáticas en las que sabemos que hay gente involucrada, mujeres muertas, hombres heridos. ¿Cómo podemos hablar del maltrato a una niña si de fondo escuchamos su llanto?. ¿Cómo podemos decir algo racional sin que nos nuble la cabeza la ira, la impotencia el desencanto por la humanidad.?
No digo que no sea importante el relato real, la narración desde el campo de batalla, desde la antesala del hospital, desde la calle, la cárcel, la morgue. Son importantes estas narraciones pero son sólo eso, una narración de lo ocurrido. Para verdaderamente poder pensar en ello, al menos yo, necesito alejarme del hecho real, convertirlo en una narración de la cual pueda yo controlar su desarrollo. De esta manera quizás se pueda pensar racionalmente sobre la vida y la muerte, sobre la guerra y el dolor y se logre alguna conclusión. Esta es la utilidad de la ficción: recrear la verdad para pensar en ella.
Es por esto entonces que en mi cabeza existen dos Bolivias. Una surgida de mis experiencias propias, una Bolivia sólida hecha de retazos de memoria. Una Bolivia que leo desde afuera cada día en los mails de los que quiero, en las noticias que enlazo, en cada uno de los hechos que se hacen eco incluso en la lejanía. Esa es una Bolivia que quiero pero que no comprendo. La otra Bolivia no existe. Está formada por retazos de Raza de Bronce y Juan de la Rosa, de Río Fugitivo y de Jonás y la Ballena Rosada, de American Visa y Felipe Delgado, de Cuando en Cuando Saturnina, de la Huella es el Olvido, de Potosí 1600, de todas las ficciones que un día contaron a Bolivia para explicarla. También yo creo mi propia Bolivia con su pasado y futuro propios. Con sus presidentes fugitivos, con sus revoluciones indígenas, con sus intelectuales desmemoriados, con sus dioses olvidados, con sus monstruos sigilosos. Todo eso sirve para contar Bolivia e intentar entenderla.
La vida real tiene demasiadas variables, demasiadas cosas están en juego y nos afecta cualquier decisión o cualquier protesta. Si podemos diseccionar la realidad y como en un insectario clavar con un largo alfiler los ecos de lo real, quizás podríamos entender lo que ocurre con ella.
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Comentarios
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| De: Rolando |
Fecha: 2006-03-21 21:43 |
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...la otra Bolivia del Sanjines con su Chuquiago, su Ukamau o su NACION CLANDESTINA. Del Tamayo, Mamani Mamani o de Paredes Candía. La otra Bolivia que muchos solo pueden leerla como ficción de un otro país inexistente pero que es más real que la que quizás podemos escribir y ver.
Ojala pudiéramos diseccionarla, ojala pudiéramos entenderla, ojala pudiéramos embarrarnos de esas ficciones que no son tales.
Ficcionar la realidad y la verdad... ficcionemos también la historia.
Un abrazo Miguel.
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