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Historias > Gran Simio
Aprovechando las discusiones de estos días sobre la ley de los grandes simios, recupero este texto escrito hace un tiempo.
El mono es el hermano menor del hombre, olvidado por la evolución, y como muchos hermanos pequeños resentido con su hermano mayor, o al menos nosotros lo sentimos así. No es en vano que en la cultura popular los grandes simios han fascinado como protagonistas, villanos o como ser oscuro al que es mejor temerle.
Esa mezcla de atracción y repulsión que muchas veces tenemos hacia ellos está dada por su extraña semejanza hacia el ser humano. Podemos reconocernos en ese animal bípedo de cráneo amplio y pulgares opositores, pero algo hay de monstruoso en su piel cubierta de pelo, en sus pies también con pulgares opositores, en su rostro de ojos perdidos, en sus mandíbulas potentes y de expresión vacía. Sus gestos y actitudes pueden recordarnos a las humanas, pero sus expresiones son animalescas y es eso lo que tememos. Quizás nos haga recuerdo a nuestro propio lado animal que tanto hemos querido olvidar. Ese ser tan parecido a nosotros pone al descubierto a las bestias que somos; y nadie quiere recordar lo que tan bien ha ocultado.
En la cultura popular, uno de los pocos hombres que ha logrado acercarse a esos seres ha sido Tarzan. Con sus padres humanos muertos, los monos lo criaron como uno más pero una pulsión interna hizo que creciera más allá de los límites de sus nuevos parientes: aprendió a utilizar armas, logró aprender a leer para finalmente enamorarse de una humana, Jane. Lo que Rice Burroughs plantea en esta su famosa historia es que aunque salga al exterior todo lo de animal que tenemos, aunque nos críen como monos y nos comportemos como tales, todavía tenemos la inteligencia y el amor que son lo que nos diferencia de nuestros hermanos menores.
Por causa de ese discurso con que Tarzán impregna su vida: “somos iguales pero soy diferente” es que tememos que un día los monos se revelen, ya sea como venganza directa, como en el famoso y prehistórico juego de computadora “Don King Kong”, que trata de un gorila lanzando barriles a un principiante Mario Bross (mono vs. humano). O intentando rectificar la injusticia de la evolución como cuando el Rey Louie, el mono rey de los monos de “El libro de la Selva” (esta vez de la versión de Disney), le ofrece a Mowgli – el niño mono – su permanencia en la selva a cambio del fuego, aquel secreto que lograría colocar al mono al mismo nivel que el ser humano.
En la película clásica “El planeta de los simios”, se plantea el supuesto caso de la venganza final del simio: Los monos son los dueños de la tierra mientras que los hombres no son más que animales de carga. Charlton Heston al final de la película descubre que este lugar, que él creía un planeta lejano y como tal aberrante, no es otra cosa que la misma tierra. La adorada Estatua de la Libertad americana está enterrada hasta medio pecho como señal de derrota. Los monos han logrado recuperar las oportunidades perdidas, el hermano menor ha logrado vengarse. Hasta el amor, el beso del hombre con la mona, es ahora propiedad del mono.
El mono siempre ha sido un animal desconcertante y por lo mismo utilizado muchas veces en la cultura popular. Muchas veces humillado como el que hace las gracias en el circo, otras veces humanizado en detestables trajecito y actitudes de Maguila Gorila o en películas que convierten al chimpancé en beisbolista, detective o fugitivo, pero al final de cuentas siempre como centro de atención de los seres humanos que se preguntan hasta qué punto el animal nos esconde su aspecto humano sólo por la simple decisión de ser animal, como nosotros hemos decidido no serlo.
Finalmente aparece King Kong, el mono de monos, uno de los grandes mitos de la historia del cine. Este ser gigantesco intenta ser humano, en cuanto humanidad vemos como libertad y amor. Traído de una lejana y misteriosa isla (La Isla Calavera) se convierte en un ser de feria, como lo será también el Hombre Elefante y otros humanos semihumanos. En aquella isla encontró el amor, la hermosa Ann Darrow, una hermosa humana que lo logra cautivar. El simio como un niño, como un amante primerizo. Su decisión está tomada, como la de Tarzán, como la de Mowgli, se libera de sus cadenas y huye buscando su última oportunidad pero él es un simio y eso nadie va a aceptar. Ese amor lo lleva finalmente a la muerte.
Ahora entiendo la última y enigmática escena de “El planeta de los simios”, la versión rehecha de Tim Burton. En la última escena, el humano y el simio, amigos por primera vez en la historia, llegan a una ciudad que parece humana, en un gigantesco edificio los espera la sorpresa: la gigantesca estatua de un Lincoln Gorila. Tim Burton, y esta es sólo mi apreciación, le entrega el poder de la evolución al simio, y este, a diferencia de nosotros, crea un Lincoln que dará unidad de derechos, no al blanco y al negro, sino al simio y al humano. El mono logra en este postrero momento ser más justo que el hombre
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Comentarios
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Monopolizador de los blogs de Bolivia. A ti nadie te ha nombrado jefe de nada, los blogs son de sus propietarios y no hay que pedirle autorización a nadie. Poder a los bloggers. Desde hoy se desconoce su mandato autoritario sobre los blogs. Usted ni siquiera vive en bolivia
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