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La imagen es un esmalte de Marisa Campúa
Hay mucho viento, desde ayer por la tarde lo escucho soplar. Estoy sentado frente al ordenador, delante mío tengo un amplio ventanal, y desde aquí puedo escuchar un sonido opresivo, agudo y susurrante. Es el viento que choca con fuerza con edificios, se cuela entre los resquicios de las puertas y ventanas semiabiertas, juega con furia con la ropa tendida y los toldos abiertos. Siempre me ha parecido notar algo de maldad en este tipo de viento, no una malicia conciente sino la perversidad irresponsable de las tormentas, de las mariposas nocturnas, de los días de otoño. Dicen que en el pueblo de Cadaqués, el viento sopla semanas enteras sin parar. Las chimeneas que abrigan los más crudos inviernos se convierten esos días en flautas gigantes, zampoñas de cemento, estridentes quenas sopladas por pulmones de gigantes. Un sonido de instrumentos muertos inundan las casas volviendo loca a la gente. Aquí, en la ciudad, el viento no toca instrumentos pero hay algo de locura en su gemir constante. Abro las ventanas y entra de golpe a la casa, parece un animal que explora su nuevo territorio olisqueando los rincones. Es un viento casi tibio, como si aun resistiera a creer que estamos en primavera, y trae sobre sus lomos ruidos de la calle , de algunos vecinos discutiendo, de la obra de la manzana del frente. Referencias (TrackBacks)URL de trackback de esta historia http://elforastero.blogalia.com//trackbacks/39654
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