Inicio >
Historias > Encuentros
Se despertó sobresaltada, olisqueó el ambiente que lo rodeaba, su hogar, los aromas que llegaban de la calle, la familia dormida en sus respectivas habitaciones. Su agudo oído tampoco le trajo más información: El refrigerador que sonaba como el murmullo de un animal en reposo, algún ladrido lejano en la oscuridad de la noche, ronquidos, la casa rechinando, todo era normal. Pero había algo que la había despertado. Se levantó y empezó a husmear a su alrededor aguzando aun más sus finos sentidos. No había nada. Creyó reconocer en la boca un sabor antiguo como a sangre pero no logró distinguirlo con claridad. Se volvió a acostar pero no pudo conciliar el sueño. Algo la molestaba, no, no se trataba de molestia. Era algo más profundo, no tenía un nombre para aquello. La sensación era que alguien la llamaba. No era su familia, no era el pedido de auxilio de un cachorro en problemas, era algo más sutil. Salió al jardín empujando la puerta de la cocina que siempre dejaban abierta. Olfateó nuevamente el aire. Finalmente de un grácil salto atravesó la reja y se dirigió a buen paso hacia la dirección por donde saldría el sol en poco tiempo. Le parecía que de allí venía aquella señal.
Una canción en inglés sonaba en la radio casi como un murmullo. Música para taxistas, conductores de camión e insomnes, música para mantenerte despierta toda la noche, pensó. El coche recorría el asfalto apenas humedecido por la lluvia que había caído horas atrás. Aquella misma lluvia fue la que la detuvo en un bar de carretera más tiempo del necesario, no habría planeado regresar a su casa tan tarde. Tenía la mirada puesta en la carretera intentando concentrarse. Las luces del coche alumbraban las constantes líneas blancas al medio de la carretera. Casi nada más que esas líneas brillaban en la oscuridad, quizás alguna señal en el camino o los ojos de un animal reflejaban sus luces pero sólo las líneas blancas permanecían constantes. Sus párpados le resultaban pesados, parpadeaba con fuerza para obligarse a mantenerlos abiertos. Se dio cuenta que estaba cansada, quizo subir el volumen de la radio para que la distrajera y abrir la ventana del coche para dejar entrar al fresco de la noche. De pronto se vio envuelta en una llama de fuego azul, no la quemaba. Su pie se hundió en el freno y el coche se detuvo a punto de meter las ruedas en la cuneta. Había cerrado los ojos por un momento, se había dormido y casi se había estrellado en una curva contra la pared de roca. Las ruedas habían dejado una marca en el asfalto y se olía a goma quemada. Bajó del coche para tranquilizar al corazón palpitante. Cuando abrió la puerta y se topó con el aire frío de la noche aspiró con avidez, seguía asustada. Se podía haber matado. De pronto, a pesar de que el corazón le zumbaba sordamente en los oídos sintió que alguien decía su nombre. Se irguió y se giró para buscar quien había hablado pero el camino seguía vacío. Entró al coche sin cerrar todavía la puerta, se inclinó sobre el volante. Había cerrado los ojos menos de un segundo pero estaba segura que había tenido tiempo para soñar con algo. ¿Qué era?, ¿una cueva? ¿Una llama de fuego?. Otra vez sintió su nombre en el aire. Volvió a salir del coche, esta vez estaba segura que alguien había pronunciado su nombre, pero no era su nombre. Aquella palabra que había escuchado no era su nombre. Todo era muy raro. Sintió una profunda angustia en el pecho, como si le hubieran quitado algo que no recordaba. Se dio cuenta que era tarde, que aun le falta un buen trecho para llegar. ¿Pero a donde iba?. Entró al coche, miró con cuidado que no viniera nadie en ninguna dirección dio con el coche una vuelta en U y se marchó por el lugar donde había llegado. No quería llegar tarde.
Era un universo muy lejano y muy distinto a este. Nubes de gases subían desde el suelo a kilómetros de distancia. Carnosas flores flotaban a su alrededor. Ella dormía, aunque no se puede llamar dormir a ese estado de quietud: pensaba y recordaba cosas que nadie había visto nunca. Su cuerpo sin cuerpo, sin forma física visible, descansaba sobre una especie de flor de loto. Un aire fresco llegó hasta ella, si hubiera tenido cabellos se los hubiera desordenado sobre el rostro. La brisa fresca no la despeinó pero si la puso en alerta, sintió a su alrededor que una fuerza la buscaba. Sus ojos sin pupilas podían ver este tipo de fuerzas y se dio cuenta que era una energía antigua la que la había empezado a rodearla. Llegaba del pasado, de hace millones de años. Más exactamente de su propio pasado, de alguna vida anterior. Pero no recordaba aquel incidente, no lo tenía tan claro. Antes de seguir su primer impulso y seguir esa energía a su origen decidió buscar consejo a seres más antiguos y sabios que ella.
Pidió consejo a un antiguo ser que ya moraba aquí cuando ella llegó hace miles de años. Eran amigos, o algo así, pero con estos seres tan encerrados en si mismos era muy difícil tener relaciones íntimas. Le comentó lo que había sentido y le mostró el origen de aquel llamado en la oscuridad del tiempo. Él le contó que alguien la estaba buscando y que tendría que cumplir su cometido. También le dijo que a medida que se acercara descubriría donde nacía ese misterio. Así que curiosa empezó el viaje.
Retrocedió milenios en busca del origen. Primero recordó de donde venía. Después recordó quien había sido. Finalmente recordó aquella promesa.
Tres hermosas niñas se encontraban debajo una desvencijada mesa en el patio. Era verano y el aire estaba pesado e inmovil. Muy cerca a ellas un grillo cantaba con cadencia. Una sábana a modo de mantel les servía de paredes. Un cabo de vela robado de la cocina les hacía de luz, era de noche y nadie sabía que estaban allí afuera. Una de las tres niñas, la que parecía la mayor, de revuelto pelo negro sacó del bolsillo la navaja de su hermano. Era una navaja roja del ejército suizo. Abrió el cortapluma y la vela sacó chispas de luz al acerado filo. El reborde de su labio estaba brillante por el sudor y sus ojos observaron con atención a sus amigas. Pasó el filo por la palma de la mano y una línea roja surgió al momento. Pasó el cuchillo a la niña que tenía a su derecha que hizo exactamente lo mismo, y finalmente a la tercera. Juntaron las tres palmas: "Seremos siempre amigas".
Hay promesas que no se pueden romper.
Referencias (TrackBacks)
URL de trackback de esta historia http://elforastero.blogalia.com//trackbacks/41515
Comentarios
Entradas
Antiguas