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Tags: Capítulo 2
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Nos marchábamos a la selva. De nuestro destino no sabía más que íbamos a seguir los pasos de un cronista de viajes del siglo XIX. Cuánto más real y más auténtica se llegaría a convertir el viaje cuando olvidamos el nombre de aquel expedicionario para cambiarlo por la ajada fotografía del aventurero del que terminamos siguiendo el rastro. Antes de partir recordé un consejo de otro gran expedicionario del que me empezaba a sentir un mal imitador: "El lector debe tener en mente que el viajero necesita sólo lo que es suficiente para su viaje o exploración, donde bienes superficiales pueden resultar algo fatal, así como la pobreza de suministros. Es en esta pregunta de calidad y cantidad que el viajero tiene que ejercitar su buen juicio y discreción.". El libro era evidentemente el de viaje de Henry Morton Stanley al que le habían encomendado encontrar al doctor Livingstone. Aquel consejo nos sirvió de mucho las primeras semanas de preparativos. A falta de esclavos negros como en las historias de los viajeros ingleses del siglo XIX tuvimos que contratar guías y ayudantes, así como un destartalado minibús para que nos llevara hasta la última población con carretera. Fuera de eso empezamos a reunir alimento, y tiendas, un bote inflable, y el equipo de filmación, un botiquín y un largo etcétera que Henry Stanley nunca pensó. Años atrás seguramente se habría encontrado en contemplaciones similares revisando el equipaje que lo llevaría a través del atlántico. La falta de noticias actuales de su destino y la entrevista con el director de la ONG de la que sería representante lo llenó de inquietudes. El director era un sueco alto y silencioso, de piel seca y mirada preocupada, llevaba un jersey de lana basta y tenía un tic en los dedos de la mano izquierda. Mientras estuvo sentado ante su mesa revisó nerviosamente varias veces los documentos que le había presentado. Dijo algo sobre un "pequeño pueblo" y se acomodó en la silla como si cargara un peso más real que metafórico sobre los hombros. Le comentó que habían tenido problemas para hacer llegar el dinero recaudado, que las obras se habían quedado a medias y que el capataz del grupo, otro voluntario, se había marchado sin dar explicaciones. Creían además que se había llevado algo del dinero que hasta ahora no aparecía en los libros. Había tanta distancia y tan malas comunicaciones con aquel lugar que las últimas noticias que tenían eran de hace más de un mes. Después le dio la mano y le deseo suerte y algún tipo de protección divina. El aventurero un poco menos arrojado que cuando decidió el viaje regresó a su casa pensativo para terminar de hacer las maletas. Además su hermana lo estaría esperando. Tengo un fuerte recuerdo de encontrarme solo y hambriento. Extrañamente no tenía miedo, después de lo vivido fácilmente podría estar aterrorizado pero no, me sentía como mucho solo. Encendí un fuego gracias a los fósforos de una mochila rescatada y en silencio vi como las llamas empezaron a crepitar. Tenía aferrada ante mi la fotografía ajada que veía con ayuda de las llamas que bailoteaban. Con ojos azules y brillantes me miraba él desde el rectángulo de papel. Detrás suyo se veía una montaña vede y lo que parecía una construcción a medio terminar. No quería pensar en lo que haría mañana, si pensaba en eso seguramente dejaría entrar al miedo. Referencias (TrackBacks)URL de trackback de esta historia http://elforastero.blogalia.com//trackbacks/41764
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