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Tags: Capítulo 3
La primera vez que escuchamos el nombre de Hans fue en el puesto militar que era el ingreso al camino de tierra mal apisonado que teníamos que seguir. Este camino unía una serie de poblaciones, poco más de diez casas en cada ocasión, ensartadas como las cuentas de un rosario. El camino era la única frontera antes de la selva, el único símbolo de civilización en kilómetros, este y las grandes extensiones de selva quemada durante el chaqueo y los árboles cortados y apilados a un costado del camino. En aquella parada, un grupo de tres militares destinados a este extremo del mundo nos detuvieron, revisaron nuestro equipaje y documentos. Caminaban lentamente como si el aire espeso y cálido les dificultara cualquier movimiento. Los tres militares eran potosinos, habían nacido en la altura y el frío altiplánicos; el lugar donde ahora se encontraban les resultaba totalmente hostil. La calma y la paciencia era lo único que evitaba que perdieran la cabeza, tenían la piel oscura y curtida bañada de sudor. Mientras bebíamos unos refrescos no lo suficientemente fríos a la sombra de su pequeña cabaña, nos hablaron por primera vez de Hans. Pablo, mi amigo que me había propuesto el viaje, era alto y rubio y de una edad indefinible. Era evidentemente extranjero, y este hecho particular, les hizo recuerdo del otro extranjero que había pasado por este lugar. Se llamaba Hans, era más alto y más rubio que Pablo, un día había parado allí y como nosotros ahora, habían compartido unas bebidas. Sólo uno de ellos lo conoció, pero todos tenían una imagen muy clara de aquel hombre y habían hablado mucho de aquel encuentro. "Era una persona notable" comentó. Lo habían impresionado sus maneras y sus palabras. No recordaba lo que había dicho pero si recordaba que a pesar de no hablar bien el idioma era expresivo y convincente. La primera vez que Hans había escuchado hablar de aquella selva en particular fue en la universidad, muchos años atrás. Estudiaba agronomía y les pasaron un video sobre las técnicas de cultivo tradicionales. Vieron los inundados campos de arroz en la China, los perfectos escalones de tierra cultivable en Perú, los canales subterraneos Árabes, los luminosos campos de Azafrán en la india y el chaqueo en ciertas regiones de Bolivia. El chaqueo consistía simplemente en quemar una porción de bosque. Dejar que el fuego hiciera el trabajo más difícil. Días enteros en los que sólo se podía ver humo, respirar humo, para encontrarse después con el terreno preparado. Así se había hecho durante siglos, pero ahora el bosque no tenía el tiempo suficiente para recuperarse. Recordaba de aquel video el humo y el horizonte verde de la selva. No volvió a pensar en aquel lugar en muchos años. Tampoco sospechaba que un día le tocaría presenciar la noche iluminada con las brasas de ese bosque después de un incendio. Alguna tarde, espantando a los mosquitos con una rama verde, hablamos de aquellos primeros encuentros. Nadie nos había advertido lo que significaban. Si fueron premoniciones pasaron desapercibidas. Es un engaño que nos hace la mente al ver nuestra historia hacia atrás: todos los hechos parecen hilarse con gran perfección. Cada consecuencia actual parece el hecho lógico de todo lo vivido hasta ahora y la predestinación se hace posible. Pero en realidad no hay ninguna relación real. Nada nos advirtió lo que viviríamos, y en ese momento tampoco sospechábamos lo que aun nos tocaría. Pero si algo de cierto había en los indicios, en los augurios, el futuro ya habían empezado a rodar en aquellos momentos. La tarde estaba acabando y la luz del atardecer filtrándose entre los árboles brillaba sobre nuestros rostros como tatuajes o marcas de nacimiento que sentenciaban a cumplir cierto destino a quien las llevaba. Referencias (TrackBacks)URL de trackback de esta historia http://elforastero.blogalia.com//trackbacks/41934
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