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Una vez me invitaron a una fiesta donde el oculto anfitrión podría haber sido el mismísimo Scott Fritzgerald. En mi vida había participado en una cena con cuatro tenedores (bien contados tres a un lado y otro sobre el plato), con rape a la salsa de jabugo, con buen cava catalán a espuertas. La anfitriona y dueña de la pequeña mansión era viuda y gastaba los días entre el hospital, como enfermera, y reuniones elegantes, visitas al Liceo y viajes al extranjero. Lo de enfermera no le daba el dinero para una vida como esa, con camareras, lámparas colgantes de cristal y una pintoresca colección de sombreros típicos recogidos en sus viajes por países tercermundistas, pero allí estaba, menuda y vital, a la cabecera de una larga mesa de madera. Entre el resto de invitados había un par de enfermeras más, una amiga boliviana, antigua conocida de la anfitriona, que se encontraba de vacaciones y fumaba cigarros negros y con mucho humo, y un joven, con traje elegante e informal, gafas de marco de colores, cabello perfectamente despeinado y un ligero amaneramiento que hacían que sus compañeras lo adoraran y lo invitaran a todas sus cenas y festejos.
Cuando la bebida empezó nuevamente a circular ya terminados los quesos, el postre, las galletas, el café, el licor, pasamos lentamente y entre risas a la sala. El lugar parecía más vacío y grande porque nos encontrábamos en una comoda habitación con las únicas luces de la casa encendidas, el servicio ya se había marchado a dormir, la ciudad entera descansaba y nosotros continuábamos derrochando el excelente cava que fluía libremente. La música de la minicadena completaba el ambiente, podía haber sido jazz de los años 20, la música que escuchaba Fritzgerald, pero no lo se con certeza, podía ser cualquier música. No recuerdo mucho de aquella noche, de lo que se habló o del tipo de música que se escuchaba, pero puedo evocar la sensación que irradiaba. La impresión de estar celebrando por la necesidad de hacerlo, sin razones, o quizás el mundo entero como excusa. Todo lo que no se podía cambiar, todo lo que no se entendía o se prefería ignorar era el motivo para emborracharse y hablar de cosas divertidas e interesantes.
La noche continuaba y las voces empezaron a silenciarse. La música, que no recuerdo cual era, seguía sonando y cada vez le prestábamos a esta más atención que a la conversación. O quizás ni siquiera escuchábamos la música y pensábamos en cosas diferentes, en nosotros mismos y en como enfrentarnos a la vida cuando la noche finalice. Cómo volver al mundo que habíamos dejado detenido un momento.
Finalmente la anfitriona empezó a buscar nuestras chaquetas, nos despedimos con sonoros besos en las mejillas, alabamos la cena, la fiesta, agradecimos a la dueña de la casa por una buena noche, por el cava que estaba magnífico. Con los invitados que no conocía hasta aquella reunión nos despedimos con promesas de vernos pronto, de organizar quizás otra cena. Intercambiamos teléfonos y los últimos chistes de la jornada. Como yo era el único sin vehículo el joven con gafas de marcos de colores se ofreció llevarme. Reclinado en el asiento de pasajero empezamos a acércanos hacia la ciudad real, la noche estaba fría y el leve mareo de la bebida convertían al vehículo en un lugar acogedor. Él conducía en silencio. En un momento me dijo que tenía que parar un momento para recoger algo de un edificio. La construcción era modernista, un elegante edificio de departamentos. En el coche con calefacción y con los ojos semicerrados lo esperé en una calle vacía. Unos diez minutos después bajó, se había cambiado de camisa, se había puesto loción y se lo veía refrescado. Me comentó que se iba de fiesta, pero que antes me dejaría en mi casa. Lo imaginé entrando a algún bar de ambiente gay, no lo se con certeza pero era una posibilidad. Lo imaginé encontrándose con sus amigos de tantas otras fiestas similares, entrando a un ambiente oscuro de música moderna, un vaso frío de alguna bebida. En una misma noche se movía entre dos ambientes muy distintos, se desplazaba de lugar, de tipo de gente y conversaciones, música distinta, otro tipo de bebidas y preocupaciones. Eran lugares que no tenían casi nada en común, quizás él era uno de los pocos puntos de contacto, pero por eso mismo compartían mucho.
Pocos minutos después me dejaba en mi casa y se marchaba. Lo recuerdo ahora ansioso por llegar, quizás ya lo estabann esperando. La madrugada tardaría algunas horas y todavía podrían bailar o encontrarse con viejos conocidos. Cuando salga el sol volverá al trabajo, a los compañeros, a la hora del café o de la comida, a las compras en el super, pero cuando su coche se marchó dejándome ante la puerta de mi edificio, la noche fresca y las calles mojadas sin ningún movimiento, todo eso no importaba y quizás ni siquiera existía.
Aunque nos habíamos prometido llamar y escribir no volví a ver a nadie de aquella cena salvo a la invitada boliviana que fue la que me había invitado. Quizás ni siquiera los reconocería si me los topo en la calle, o en el hospital. Además pertenecen a círculos con los que, con gran seguridad, no vuelva a coincidir. Lo único que supe meses después cuando me encontré a mi conocida en Bolivia es que pocas semanas después de aquella fiesta nuestra anfitriona había muerto. Un ataque al corazón o algo así la había depositado en una cama del hospital donde ella trabajaba, había durado un par de días pero nunca volvió a levantarse. Nunca volvió a tener una cena como aquella, ni a cumplir ninguno de los viajes que había planeado. Su pequeña mansión ya estaría ocupada por nuevos dueños. Sus amigas y aquel joven se habrían encontrado nuevamente en el funeral con una desazón en el pecho y quizás hubieran recordado aquella noche. Yo en mi propio mundo tardé mucho en enterarme de lo ocurrido, y recién ahora, más de tres años después vuelvo a recordar aquella noche.
110 años de la muerte de Scott Fitzgerald
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Comentarios
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1
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| De: joup |
Fecha: 2006-08-07 17:54 |
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Increible como nos marcan pequeñas reuniones no?
pd.
Viva mi patria Bolivia!
una gran nacion, por ella doy mi vida, tambien mi corazon.
porque es cierto, morir antes que esclavos vivir :)
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| De: Malvada Bruja del Norte |
Fecha: 2006-08-08 12:05 |
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Bello Post! Tiene regusto entre meláncolico y decante...
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