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Colin Thurbon estuvo en Siberia, un gigantesco espacio desolado, inaccesible (casi) y remoto. (Trascripción y traducción de memoria de parte de su charla).
Colin Thurbon, cual inglés elegante y metódico que es, recorrió toda Siberia buscando algún resto de las culturas originarias. El comunismo primero y su caida después habían acabado con todas ellas. Después de una travesía en el barco llegó a un pequeño y miserable pueblo (antes Gulag). En este pueblo los habitantes habían sido educados en el mundo Soviético pero por su origen nunca fueron considerados ciudadanos soviéticos, pero por su educación tampoco se sintieron nunca pobladores originarios. Thurbon llega a este pueblo y es cobijado en el pequeño y miserable hospital por el doctor – puede ser peligroso estar con ellos en una noche de borrachera – Pero en ese pueblo de pescadores todas las noches son de borrachera. Una vez a la semana el trasbordador llega al pueblo trayendo Vodka, y cuando esta se acaba toman gasolina, aceite de motor o lo que encuentran.
El último día Thurbon encuentra el cementerio, y descubre que sólo en la relación con la muerte nadie nos puede quitar lo que creemos. Allí se encuentran las tradiciones más arraigadas, en nuestra relación con la muerte nos conocemos. Encuentra sobre las tumbas pequeños animales despellejados, sobre la tumba de una niña una muñeca rota con las piezas en desorden sobre la pequeña lápida. El viajero se hace explicar esto.
Después de la muerte – dicen ellos – todo lo roto se recompone. La muerte se convierte en vida, y la niña tendrá su muñeca entera. Viendo esto, piensa Thurbon en la sabana Siberiana viendo el miserable pueblo, de hombre decepcionados, tristes y alcohólicos, un Gulag de un Soviet ya desparecido, y una explanada que se pierde en el infinito, quizás después de todo, en algún momento en la otra vida eso sea el paraíso.
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