El forastero


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Encuentros

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Capítulo 6

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Hans y yo estábamos en silencio echados con el cuerpo pegado a una tierra húmeda y tibia y cubierto por ramas verdes de manera que pasábamos desapercibidos a la vista. Ya nos encontrábamos así más de dos horas, absolutamente quietos, sintiendo los músculos agarrotados; además nos costaba respirar entre la espesura y por causa del calor. Al menos estábamos a la sombra y sobre nuestras cabezas, las ramas se movían acompasadas por una ligera corriente de viento. Según pudimos entender estábamos esperando una especie de emboscada. Los exploradores habían estado siguiendo a una manada de Jabalíes durante toda la semana. Nos apostaron en este extremo para cerrarles el paso y desviarlos hacia los cazadores. Pero teníamos que esperar. No podíamos ser notados antes de lo debido. Así que nos quedábamos en silencio y conversábamos en un susurro.

Hans era el que hablaba en un susurro. Siempre hablaba como para si, pero yo bebía de su conversación como si estuviera sediento.

- Yo fui un niño violento – comenzó mientras yo me quitaba con calma un ciempiés que me caminaba en el rostro. – Recuerdo el placer casi intelectual de descubrir qué pasa cuando le quitas las alas a una mosca. Verla intentar despegar desesperada mientras un gigantesco libro, como una montaña, se acercaba inexorable. La mosca pegaba saltitos, sabía que si no lograba elevarse de la mesa su fin estaba próximo. Quizás no lo pensaba tanto y era sólo instinto, pero algo de desconcierto y dolor debía haber al no poder hacer lo que había hecho tan bien toda su vida. Al final siempre caía el libro y acababa con su sufrimiento. Dicen que los maltratadotes y los hombres violentos siempre comienzan así, torturando animalitos, petardos encendidos en las bocas de los sapos, gatos amarrados por la cola como blanco de escopetas de balines. Yo hice todo eso, y cosas peores, peor no era un maltratador. Quizás era la distancia a la que me encontraba de los animales, la certeza de que podía decidir su destino lo que me hacía tan seguro de salir sin culpa del daño que hacía. Una vez me sentí en la misma situación con una persona, con una mujer. Éramos novios en el colegio, habíamos estado saliendo juntos durante un tiempo. Nos acostamos una tarde en el coche de su padre. Fue una de esas experiencias rápidas y poco satisfactorias pero a esa edad fue lo más excitante que me había pasado. Estaba eufórico, había descubierto algo que hacía que mi cuerpo se despegara de mi mismo por unos momentos. Ella me engañó. Éramos casi niños, pero lo sentí como un engaño. Yo no fui la primera persona con el que ella se había acostado y comentó las diferencias con unas amigas. En pocos días era la comidilla de todo el colegio. Me sentía humillado. Había convertido algo hermoso en algo de lo que me tenía que avergonzar. Me enfrenté a ella. Me encontraba de pie en su casa, ella estaba sentada en su cama, yo parado al lado de la ventana. Afuera hacía mucho frío, estaba nevado y había un silencio profundo. Le dije que tampoco había sido mi primera vez, que antes lo había hecho con una prostituta y que quizás le había pegado una enfermedad. Al principio no me creyó y siguió sonriendo, pero yo no flaquee. Poco a poco empezó a ponerse serie, a sospechar que podía decir la verdad. Me sentía grande y poderoso, y sobre todo interesado en ver cómo reaccionaba. Me sentía haciendo un experimento, veía como intentaba volar sin alas mientras se acercaba un libro gigantesco. Sus ojos se humedecieron, su rostro se deformó de una manera increíble. Me echó de su casa gritando, chillando. Bajo la nieve sin mi abrigo, no había tenido tiempo de recogerlo, sentí un extraño placer de venganza por lo que había hecho. Empecé a correr para llegar a casa sin congelarme. Estaba eufórico cuando llegué, pero también tenía mucho frío. Me metí en mi cama y me dormí enseguida. Estuve delirando con fiebre toda la noche. Escuché como tocaban el timbre y como mi madre entraba a verme, ponía la mano en mi frente caliente y salía de mi habitación. Estuve en duermevela varios días con 40 de fiebre y, según me dijeron, a punto de morir. Lo que había pasado es que ella había hablado con sus padres y ellos con los míos. Estaban preocupados porque creyeron que lo que había dicho era verdad, y además ahora estaba enfermo. Vino el médico y en voz baja le contaron lo que creían que pasaba. El médico me revisó y les dijo que sólo era una pulmonía. Que no se preocuparan, pero era grave. Falté al colegio un par de semanas. Mis padres me miraban desde la puerta de la habitación con aprensión. Intenté explicarles lo que había pasado pero nunca pude hacerlo. Cuando volví al colegio mi novia ya no estaba en el colegio y mis compañeros se había olvidado de lo ocurrido. En casa sentía como por primera vez una delgada capa había empañado las relaciones con mi familia. Una capa que muchas veces pasaba desapercibida pero allí estaba. Por alguna razón no volví a sentirme nunca más como aquel niño que le arrancaba las alas a las moscas. Quizás porque yo mismo me sentí atrapado en mi propio experimento que me había salido mal.

Hans calló un momento, no me miraba, observaba hacia la dirección por la que nos habían dicho que llegaban los Jabalíes. Estaba por responderle, por decirle cualquier cosa cuando sonó una especie de silbato construido con cañahuecas. Era nuestra señal. Nos levantamos de golpe, surgiendo de entre las ramas. Estábamos vestidos con taparrabos y sucios de barro. En el cuello llevábamos ruidosas cuentas de piedra y matracas en las manos para hacer ruido. Cuando llegaron los Jabalíes empezamos a sacudirnos como poseídos por el demonio. Con tanto ruido los animales se asustaron, frenaron en seco golpeando unos contra otros y se desviaron hacia la derecha donde los esperaban los cazadores. Mientras nos agitábamos como seres surgidos de la selva, Hans sonreía con el rostro iluminado como sacando de su interior todo tipo de demonios.


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El forastero | 2006-09-05

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