El forastero


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El autor del libro

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“Cuando le dije (a Borges) que para mí Pierre Menard era,
más que el autor, un lector de Don Quijote, me respondió
sin vacilar ‘lector o autor, es lo mismo, ¿no es cierto?’”.
Block de Behar.


Siempre nos han enseñado que un texto está creado por su autor, que está conformado por título y párrafos, por una historia, ciertos personajes; que el autor en su torre de cristal los ha unido alquímicamente para entregar al mundo su obra: un hijo de sus entrañas.

Es interesante comprobar como en la realidad cuando nos llega ese conjunto de páginas empastadas, letras encerradas en los rígidos márgenes, personajes muertos entre las hojas, no se trata más que eso: un objeto sin vida. ¿De dónde sale entonces la vida, los paisajes y los personajes que encontramos tras la primera página?. Es como el cuento de Cortázar del hombre que viaja en un tren con el periódico del día bajo el brazo y cuando se levanta deja unas hojas detrás suyo hasta que otro hombre las recoge convirtiéndolas nuevamente en el periódico del día. Si la magia de insuflarle vida a un libro viene del lector, ¿quién es verdaderamente el autor de la obra?

Cortazar hablaba del lector-hembra y del lector-macho link. Podemos plantear también la posibilidad de un escritor-hembra y un escritor-macho. (escritor-pasivo, escritor-activo). El primero cuenta una historia llana, dándole todas las herramientas al lector, le hace el camino fácil; mientras que el segundo pone trampas, atajos, caminos falsos. El primero no confía en el lector, y tiene que explicar todo para que no haya perdida. El segundo tiene mayor confianza, ha entendido que el lector es también dueño de su obra y le deja trabajo por hacer.

Al final el escritor y el lector juegan un antiguo juego. El primero marca la cancha, pone las reglas, traza un camino. El segundo acepta las reglas (o no) y sigue el camino (o no). Pero ahí está el detalle: el escritor y el lector nunca se conocen pero tienen ambos una imagen del otro en mente (que edad, sexo, intenciones, personalidad tiene el otro), y ambos realizan su trabajo en función del otro . Por esto podemos decir que la obra no existe sin ambos participantes, y más aun, que el escritor no es concebible sin el lector y viceversa.

Uno de los puntos fundamentales que afectan directamente a la critica literaria es que si para realizar el análisis de una obra antes nos enfocábamos en el autor, los párrafos, la historia, y más específicamente en el tipo de autor, su época y contexto; ahora, si aceptamos lo arriba descrito, tenemos que empezar a pensar también en la época y contexto del lector (de los tipos de lectores, de cada uno de ellos). Aquí nos enfrentamos a la fantasiosa labor de crear una crítica literaria para cada lector específico; pero al menos, una crítica literaria para cada época y cada contexto. Esto permite pensar no sólo en una crítica mutable sino también en una amplitud de obras leídas ya que cada obra puede ser leída de manera diferente según el lector y su época.

El problema de adentrarnos a esta relatividad es que perdemos cualquier límite y la tarea del crítico literario se vuelve inútil o imposible. Tarde o temprano el autor se cansará del lector y los personajes lo asesinarán, y así, finalmente, este podrá volver a escribir para su lector ideal, inmutable, silencioso, improbable.

Pero el mundo se mueve rápido y todo está cambiando. Los libros han dejado de ser libros para convertirse en productos. Los escritores son estrellas. El objeto físico también está desapareciendo, así como el género literario (retroalimentación entre escritura, multimedia, cine, Internet, televisión): todo se alimenta de todo. Las fronteras de lo que es una obra literaria se difuminan y por eso mismo la frontera que separa a un autor y a un lector también empiezan a perderse. La obra comienza antes que esta misma y termina mucho después de que se cierra la última página. Los lectores se vuelven un poco escritores (los fanfics son un ejemplo) y los escritores escuchan como nunca a los lectores.

Quizás así la literatura esté buscando una forma de salvarse del laberinto sin salida al que se la había encerrado en esta estricta polaridad “autor-escritor”.


Temas: Literatura | 3 Comentarios | Link
El forastero | 2006-10-11

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Comentarios

1
De: malambo Fecha: 2006-10-11 07:02

En los libros no hay paisajes ni personajes. Las segundas lecturas, esas profundidades a las que se zambulle el Amedeo de Calvino, no se encuentran en los textos sino dentro del cráneo.

En los libros hay símbolos y en la cultura un conjunto de reglas llamado interpretación que media entre los símbolos y el cerebro.

Estas reglas, claro está, dependen de contextos que raramente sean compartidos en tiempo y lugar por autores y lectores. Por lo que el significado y la belleza de la obra puede ser ora sublime, ora despreciable.

Pero entonces, ¿por qué existen Shakespeare y Miguel de Cervantes? ¿cómo vencieron ellos los contextos? ¿qué extrañas fintas literarias les permitió engañar al espacio-tiempo? ¿Es que acaso los contextos no existen o es que existe algo más profundo que el significado variable de las palabras que estos prodigios transportarán eternamente?

No me animo a una respuesta, pero tampoco creo en esta última opción. La palabra escrita es el símbolo de una idea y por lo tanto un acicate para el cerebro, pero es lo único que hay. Si sólo quedaran libros en el mundo no habría descripciones ni poesía, apenas un amasijo de tinta y papel.

El contexto arrastrará el significado de muchas palabras y con ello tal vez se pierdan para siempre las ideas originales. Salvo que estas sean pensamientos profundos. Entonces, describirán la invariabilidad universal de la escencia del hombre y autores, críticos y lectores de todas las comarcas y todas las épocas compartirán las mismas imágenes.



2
De: Mar Fecha: 2006-10-11 16:41

uno no escribe más bien para sí mismo? para un lector imaginariamente diferenciado? autor-lector tb al escribir?



3
De: mev Fecha: 2006-10-11 17:59

Yo entiendo así elproblema: El arte es profundamente simbólico, es el lenguaje de la comunicación de lo profundo, y es de ida y vuelta, del autor al lector, del pintor al espectador... Y los símbolos son culturales, y por lo tanto contxtuales, a veces temporales y de tiempos de muy corta duración, como de unan generación a otra o de una edad a otra de la gente, no ya de un país a otro, pero hay símbolos, que por lo que sea, quizás por su profundidad hmana, pues en el fondo el ser humano siempre es el mismo, perduran, de ahí lo cláicos.
Bueno es un intento de reflexión y diálogo, no sé si he interpretado a cabalidad, tu artículo.



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