El forastero


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Encuentros

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Capítulo 8

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Se llamaba Marco. Fue muy difícil encontrarlo pero allí estaba delante nuestro. Vestía una sucia camiseta de la selección brasilera, un blujean cortado sobre los tobillos y calzaba unas abarcas fabricadas con llantas de camión. Tenía el rostro franco y aplanado, como lo estuvieran presionando contra un vidrio. Tenía una boca ancha, con dientes grandes y amarillos y las encías que los coronaban obscenamente rosadas. Sonreía como por impulso sin saber muy bien que queríamos que nos cuente. Estaba sentado sobre una roca, a pocos metros del río, y sobre sus rodillas una larga caña de pescar artesanal. Mientras hablábamos fue desenredando uno a uno, una serie de anzuelos enganchados sobre la misma línea.

Nos costó encontrar a Marco; tuvimos que hablar con mucha gente y mostrar la fotografía de Hans muchas veces. Fue el cuarto poblado, si aquellas cinco casas en el borde del río con una intransitable carretera de tierra puede llamarse poblado, donde finalmente lo encontramos. Marco había sido la última persona en ver a Hans. Él fue, según nos contó más adelante, quien lo había llevado en su barco hasta el codo del río, siguiendo corriente abajo y lo había dejado en la otra orilla. Aquel lugar en el que nadie, en ninguno de los cuatro pueblos que visitamos, se sentía muy cómodo y prefería evitar. Nadie salvo Marco.

Lo primero que nos contó, confirmando nuestras sospechas, es que Hans se había marchado solo. "¿Cómo lo dejaste ir solo?", Le preguntó Pablo casi recriminándolo. Marco se encogió de hombros y volvió a sonreír. "Era lo que él quería": Le pregunté cómo estaba, si estaba contento o triste o emocionado; algo que quizás nos descubriera la razón de aquella imprudencia. Marco volvió a fijarse en la ajada fotografía que aun tenía entre manos como para recordar a Hans. "Estaba silencioso, al principio me hablaba, me preguntaba cosas sobre mi familia o sobre la selva. Pero mientras bajamos el río fue enmudeciendo. Casi no decía nada. Cuando llegamos a la otra orilla se giró para mirarme y parecía asustado, pero me hizo un gesto así con la mano, se bajó del barco con su mochila y se fue. Quise decirle Chau, Cuidate o algo, pero yo también me había vuelto mudo."

Marco no nos pudo decir nada más. El misterio que creíamos resuelto al encontrarlo demostró ser una puerta más. Estábamos por marcharnos decepcionados cuando Pablo se giró y volvió a preguntarle: "¿Y a nosotros nos llevarías?". Marco siguió desenredando la línea de su caña de pescar un momento. Después encogió los hombros y con una extraña sonrisa nos dijo "No, a ustedes no.".

Aquella noche, dormidos en el asiento trasero del pequeño vehículo que habíamos alquilado, tuve sueños extraños. Confundí a Marco con Caronte, el barquero que cruza el Estigia con las almas de los muertos y recuerdo que en el sueño me pregunté cómo había muerto Pablo para ser aceptado por el barquero. En cambio lo primero que pensé al despertar, en aquel instante en el que uno está despierto pero los sueños siguen siendo reales, fue una pregunta: "cómo le había Hans pagado al barquero". Nos habíamos olvidado preguntar eso.

Ese mismo día arrastré a regañadientes a Pablo para preguntarle a Marco sobre cómo le había pagado. Marco nos miraba extrañado, estaba de pie junto a la puerta de su casa. Allí dentro, pude ver una destartalada y los cabellos negros de una mujer, el suelo de tierra y unas cuantas ollas amontonadas en un rincón junto a una pequeña hoguera apagada. El lugar olía a humedad y a pobreza. Marco se perdió un momento dentro su casa y volvió a salir con un objeto envuelto en un paño. Con cuidado lo abrió y nos mostró un fino reloj de oro y unas cartas amarradas con un hilo. El reloj había sido el pago y las cartas un último favor que le pidió Hans, estaban dirigidas ha su hermana y tenía que enviarlas la próxima vez que viajara a la ciudad.


Temas: Ficcion | 0 Comentarios | Link
El forastero | 2006-10-16

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