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Por alguna razón mi relación con los mercados y supermercados siempre han sido significativas, tanto de mi relación con el país donde me encuentro como conmigo mismo.
Mi primer trabajo, por ejemplo, fue en el laboratorio farmacéutico donde trabaja mi padre. Hacía de todo en aquel trabajo, desde armar cajas y embalar productos hasta llevar medicamentos a diferentes farmacias de la ciudad. El laboratorio se encontraba en el centro de la Cancha, el marcado popular al aire libre más importante de la ciudad (y el más grande de Latinoamérica dicen (google)). En el poco tiempo que estuve trabajando allí aprendí a moverme por sus calles, el caos, la cantidad de productos y de gente, de mezclas de riqueza y pobreza en el mismo entorno, un espacio cercano a un mercado oriental o futurista. Los colores y las formas de las frutas, la zona de las carniceras con las rojas texturas casi palpitantes. Hileras interminables de zapatos, de cuadernos, de CDs piratas. Tiendas como cuevas llenas de jeans de imitación. Carretillas con indescifrables bultos empujados por hombres pequeños y de piel oscura. Sabrosos aromas surgiendo de la zona de los comedores. Por primera vez podía moverme solo y sin miedo por este entorno. Me sentía independiente y seguro y aunque el salario era tan exiguo que me hacía plantearme cómo familias enteras pueden vivir con eso, recorría a toda velocidad la ciudad, saltando de trufis y de micros como si esa hubiera sido toda mi vida.
Cuando llegué a España por extrañas coincidencias que sólo vistas hacia atrás uno puede comprenderlas, empecé a trabajar en un supermercado. Ordenaba productos, cobraba, contaba el dinero que las cajeras me entregaban. Trabajaba atareado con la llave de la caja fuerte en el bolsillo y, hay que ser honestos, aburrido por un trabajo repetitivo y absurdo. Pero allí conocí a España, sus clases sociales, (trabajaba en el Lidl, un supermercado barato), veía señoras que hacían su compra de la semana, paquistaníes dueños de tiendas que abren toda la noche comprando carros y carros llenos de productos, estudiantes llenando sus carritos con pizzas congeladas y cervezas de desconocidas marcas alemanas, extraños hombres con tatuajes en los brazos que compraban cajas de vino y gelatinas de colores.
Una vez salí de aquel trabajo, huyendo de la rutina que me condenaba a 9 o 10 horas diarias sin una idea propia o creativa, tuve que reconstruir el espacio del supermercado. Es así que las compras de la semana cobraron nuevos visos y nuevas formas de entenderme a mi mismo. Por primera vez me sentía adulto (o jugando a que era adulto) y mis decisiones marcaban lo que comería, con lo que me lavaría la cabeza y con lo que limpiaría la casa. Tenía que decidir, sumar y restar, saber cuanto dinero disponía y que lujos podría aceptar y cuales me eran vedados. El viaje al supermercado, el paseo con el carro metálico de afiladas puntas, la espera en la caja registradora, el pago, las bolsas, el viaje de vuelta. Sentía algo de orgullo al salir con bolsas en dirección a casa, al ordenar el refrigerador con la compra flamante. Al abrir el primer paquete para la cena de aquel día.
Finalmente llegué a Estados Unidos. Como en todas las casas que he tenido hasta ahora (afortunadamente) tengo un supermercado a menos de 10 minutos andando. Allí me enfrento nuevamente conmigo mismo y con este nuevo país. Pasillos llenos de productos repetidos hasta la saciedad. Panes que parecen una esponja llena de aire. Infinidad de productos llenos de azúcar (demasiada azúcar), y si no es azúcar tiene algo añadido: vitamina C, calcio, minerales. Nada es lo que tendría que ser porque todo tiene algo extra o algo de menos (low fat, low carbs, low calories). Un pasillo entero para pasta de dientes. Cómo elegir una pasta de dientes entre una que da brillo, otra que blanquea, otra que lucha con la caries, otra para el buen aliento, otra con fluor, otra con menta, otra con sabor a vainilla, otra con “particular electro-reactivas” o con oxígeno activo. El país entero se me muestra desde sus estanterías, sus caros vinos de importación, sus productos mexicanos, sus pepinillos kosher, sus comidas congeladas, sus refrescos con gas, sus dulces de halloween, sus frutas de laboratorio.
Pero también yo mismo me siento cambiado en este espacio. Avanzando lento y sin objetivo preciso por los atestados pasillos ahora me noto capaz de decidir mis productos. Elegir lo que me apetece comer. Compro verduras que nunca había comido (o comprado) antes. Me descubro pequeños lujos (Tallarines italianos), vicios (ketchup Heinz), excentricidades (champiñones frescos en lugar de los enlatados). Es así que ahora recorro los pasillos iluminados y de ambigua comodidad, con música moderna Pop y con otros tantos compradores ansiosos o tranquilos junto mío. Avanzo pensando en la semana que me toca, en la semana recién pasada. Pienso en comidas y obligaciones. En placeres, en olvidos. Me río pensando en esta filosofía de supermercado, pero esto es algo que tengo que hacer cada semana así que mejor hacerlo interesante.
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Comentarios
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| De: Aduren |
Fecha: 2006-10-31 01:48 |
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En que parte de estados unidos estas? Aqui donde estoy tienen un pasillo para productos mexicanos, otro para los asiaticos, indios, etc etc... Pero si quieres que tus decisiones esten mas dificiles te recomiendo la tienda "Whole Foods Marquet" aunque esta mucho mas cara, pero es mucho mas fresca.
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Estoy en Columbus, OH. Gracias por el concejo pero aun no tengo el salario para pasar por la parte del mercado donde están los productos "buenos".
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3
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| De: Aduren |
Fecha: 2006-10-31 18:09 |
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ja ja ja, si estan caros. Esto yo creo se lo debemos a toda la gente obesa, gorda que hace que los pasteles cuesten 50 centavos, asi como las hamburgesas, y que las naranjas esten a 1 dolar por naranja. Comer saludable es de ricos aqui : )
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| De: liliana |
Fecha: 2006-11-01 01:50 |
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yo todavia odio hacer shopping y en mi heladera no se puede encontrar ni una magra lechuga... solo potes y potes de helado. siempre como al paso y lo que sea. cocinar para mi misma me parece la cosa mas triste del mundo!
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A mi siempre me ha resultado más triste comer algo sin ganas solo por la necesidad de comer, mejor disfrutar aunque tenga que cocinar solo para mi.
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