El forasteroInicio > Historias > Inventario de lugares propicios para el amor
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Las insólitas aventuras del pez Son pocos. Este poema de Ángel González puede ser leído como un palimsesto, una sola lectura que englobe todas las lecturas que se encuentran bajo su superficie. Pero para entender en profundidad es bueno ir sacando una a una las diferentes capas que cubren el poema, descifrando así las diferentes cosas que el poeta nos quiere expresar Primera Lectura El poema está dividido en dos partes fundamentales, la primera realiza un recorrido por la ciudad buscando espacios que puedan recibir las caricias de una pareja. La ciudad en lugar de ser dividida por espacios, arquitecturas o topografías, está dividida por estaciones. Las dos primeras, la de la primavera y el verano, pasan rápidas, en sólo un par de versos, ya que por ser tan recurridos y explorados se las trata como al parque de enamorados demasiado frecuentado para asegurar la intimidad.
El otoño se convierte en la siguiente opción válida, tardes de domingo de otoño bajo los plátanos amarillos que van perdiendo las hojas. La ciudad se convierte entonces en parques y jardines, sin casas o solamente como decoración de paredes agrietadas y viejas. La ciudad queda lejos de la mirada de los amantes. La última de las opciones, el reducto final donde se pondrá a recaudo la pareja fugitiva es el invierno. Primero recorrerá entornos urbanos, lugares que por la inclemencia del tiempo no podrán ser elegidos, quicios de puerta orientadas al norte, orillas de río, bancos públicos. Espacios siempre exteriores, al aire libre que en otros momentos, fueron usados por esta eterna pareja de enamorados, pero ahora son espacios áridos para el amor, incómodos casi agresivos. El único espacio disponible es el contrafuerte exterior de las viejas iglesias, cálido rincón, aun exterior, que a pesar de que a veces caiga nieve puede ser el espacio ideal para un beso o una conversación a susurros calentándose con el aliento del otro. En la segunda parte del poema llega la decepción. Las bajas temperaturas y los vientos húmedos lo dificultan todo. Todo lo que rodea al amor es más difícil en invierno. Ahora la ciudad transforma su arquitectura en personas e instituciones. Las ordenanzas públicas prohíben la caricia bajo amenaza de escándalo público, indecencia y falta a las buenas costumbres. Y si no son las ordenanzas públicas, lo que antes era ciudad, edificios, farolas, ventanas, se convierten en las miradas de los transeúntes, que acusarán, censurando sus actos. Miles de transeúntes pasarán ante la pareja que avergonzada y abatida tendrá que controlar abrazos y esconder la piel que ya estaba lista para ser acariciada. Finalmente la pareja desalentada por la situación se separará. Y el amante, ahora sólo, tendrá que caminar en este tiempo, que también es un lugar, la ciudad, exactamente igual a la todo el resto de los solitarios transeúntes. Segunda Lecutra Las estaciones vuelven a ser la señal del paso del tiempo. Y con el paso del tiempo también pasan los momentos propicios para el amor. La adolescencia está muy prestigiada. Todo el mundo se enamora en la adolescencia, es muy fácil hacerlo; pero quizás en la juventud es donde más fuerte se siente este sentimiento con el cuerpo pleno, el alma limpia. La juventud en definitiva es el mejor momento para el amor.
En seguida viene la madurez. El amor aun es posible. Pero la rutina de la vida real que ha ocupado toda la vida sólo deja algunas grietas: los domingos por la tarde principalmente, para pasear con la amada por los paseos rodeados de árboles. Pero ya llega la edad adulta, las locuras de la juventud hace tiempo quedaron atrás, incluso los juegos románticos dieron paso a mayor seriedad y menos imaginaciones. Pero incluso allí en ocasiones queda espacio para el amor. Los más afortunados lo encontrarán protegidos por la iglesia y el matrimonio, y aunque a veces amargas disputas, resentimientos y disgustos llenan al matrimonio de tristeza aun allí se puede encontrar el amor. Pero el amor está infravalorado. Lo políticamente correcto impera. Las instituciones no ayudan al amor, y al encerrarlo en las paredes del tedio y la rutina lo van matando poco a poco. Porque además el amor no está de moda. Nos sentimos observados si nos interesa el prójimo, si queremos hacer algo bien, ayudar a otros o simplemente perseguir aquel sentimiento. Al final es más fácil caer en el tedio, o vaciar el alma, o ir muriendo poco a poco por la falta de amor, la indiferencia y el odio. Tercera Lectura El último poema vuelve a hablar de lo mismo, pero quizás ya no es amor a lo que se refiere sino libertad. Hasta en los momentos más duros de la historia, en medio de una guerra, de una postguerra, de una dictadura, es posible aun ejercerla. Incluso cuando las bajas temperaturas lo dificultan todo.
La censura, la moral pública nos vigila. Pero no sólo los que nos dirigen y controlan tienen los ojos puestos sobre nosotros. Nuestros propios compañeros, ciudadanos, amigos, han sido contagiados, torturados, transformados, y también sus miradas nos observan sin dejar campo a la libertad. Cuando eso ocurre a veces es más fácil levantar las manos, rendirse, andar solo para que no sospechen de uno, imitar el paso cansado, mirar con el mismo odio o hastío, y al igual que los otros perseguir a la libertad donde la veamos, porque está mal, o simplemente porque no nos dejan tener la nuestra propia. Referencias (TrackBacks)URL de trackback de esta historia http://elforastero.blogalia.com//trackbacks/47564
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