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Historias > Ya llegan los simios
Antes que nada tengo que decir que el efecto de las drogas ya se pasó, para que luego no digan que ellas tienen la culpa. Después tengo que arrepentirme por ser una de esas situaciones en las que uno quisiera estar con la cámara de fotos, para que la gente te crea, o simplemente para mantener la aterradora imagen en píxeles en lugar de resguardarla en la fría y tramposa imaginación.
Lo vi de lejos, casi adivinándolo. Me pareció reconocer su figura como quien logra reconocer a un amigo (o enemigo) visto a demasiada distancia. Pero pronto comprendí que aquella figura familiar no pertenecía a lo visto por mis ojos, sino más bien a lo experimentado en sueños o pesadillas. El rostro peludo, las orejas monstruosas, la boca bestial. Parecía sacado de la película del Planeta de los Simios de Franklin Schaffner. Tenía la misma nariz achatada, la frente amplia recortada por el cabello negro, y esa boca inhumana, de superficie redondeada y labios delgados y firmes. Tuve que acercarme para comprobar que mis ojos no me engañaban, lo vi aun de lejos, detrás de un coche, llevaba en la mano derecha la correa de su perro, al mismo tiempo que una bolsa de supermercado.
Vestía con una ruinosa casaca militar, como las que llevan los vagabundos, también tenía pantalones viejos, botas de cuero. Fumaba con gran parsimonia. Su tranquilidad no estaba de acuerdo a su rostro monstruoso. Esta seguridad con la que fumaba, esperando que cambie el semáforo, sorprendiendo a peatones pero sin siquiera darse por aludido era lo que más terror provocaba. Pero no me malentiendan, se trataba de un terror jubiloso. El mundo se transformaba delante mío, los simios empezaban a vivir a nuestro alrededor.
Cómo digo, el efecto de las drogas ya había pasado. O al menos eso creo.
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