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Historias > Hombre o máquina
Los que me han seguido saben que el tema de la máquina, sobretodo la máquina unida al hombre (el hombre unido a la máquina), es uno de los que más me intriga. Esta última semana he estado yendo bastante al hospital ya sea por mis cálculos renales (ya pasaron, yeee), como por el nacimiento del hijo de unos amigos, así que rodeado de tantas máquinas construidas con el único propósito de preservar la vida he estado pensando mucho sobre este tema.
El ser humano durante la mayor parte de su vida, salvo excepciones, es orgánico. Un ser vivo que a pesar de llevar ropa y conducir un coche, comprende muy bien cual es el límite de su propia carne. Pero hay dos momentos donde esta fina línea se desvanece, donde la piel es una barrera que se atraviesa y viola innumerables veces. Estos son el momento de la muerte y del nacimiento.
Cuando nos acercamos a la muerte y debemos recurrir a un hospital para eludirla, cedemos nuestro organismo a manos técnicas expertas. En pocos minutos estaremos echados en una cama, con tubos y válvulas surgiendo de nuestro cuerpo, máquinas leyendo nuestros ritmos más íntimos, y poderosos lentes, rayos y químicos explorando en nuestro interior en búsqueda del problema que nos aqueja. Quizás la irrupción tenga que ser más violenta y un bisturí escindirá nuestra piel, manos humanas explorarán nuestro interior para encontrar lo que se ha arruinado, el defecto de fábrica que empezó a fallar, o el cuerpo externo que nos hace daño. Muchas veces esas mismas manos cerrarán nuestra piel dejando que la cicatrización comience, otras veces dejarán una muestra de su paso, algo que no es orgánico pero que se empieza a volver parte de nuestro organismo. Corazones, caderas, venas o válvulas artificiales empiezan a latir al ritmo de nuestra propia sangre. Si tenemos suerte la muerte pasará de largo, engañada por los fuegos de artificio, por el irremediable parche artificial que nos da unos cuantos años más de vida sin contrato fáustico salvo la rendición de nuestra piel.
Si concebimos la santidad del cuerpo sobre nuestra propia vida entiendo que algunas religiones prohíban transfusiones. Pero siendo honestos, nuestro cuerpo no es tierra sagrada, un primigenio pecado nos sacó de aquel lugar y no hablo del pecado original, hablo simplemente del nacimiento.
Antes de nacer vivíamos en nuestra madre, en su interior, alimentados por sus propios conductos, flotando en un líquido amniótico que nos protegía de cualquier influencia extraña. Estábamos envueltos de carne, de sangre, de otro ser vivo. Es el entorno más orgánico que nunca tendremos.
Pero un día la envoltura que nos protegía se rompe para que el mundo exterior pueda reclamarnos. Y pasamos de un mundo orgánico a uno completamente artificial. Nuestra madre está en una cama que ha ablandado sus ángulos y durezas con colchones y sábanas, está conectada a una máquina y un suero la alimenta. Las frías luces bañan todo el ambiente, los rostros están cubiertos y pronto estudiarán y analizar el cuerpo recién nacido para comprobar que su entrada a este mundo sea completa y total. Nos abrigarán en una cálida manta pero que ya no será el líquido en el que flotábamos ni la sangre y vida de nuestra madre la que nos rodea. Ya estamos en el exterior, y empezaremos a usar ropa y a movernos en vehículos y tendremos que conocer cual es nuestro íntimo límite, nuestra piel que nos separa del mundo exterior.
Desde la llegada al mundo nos enfrentamos con lo artificial, lo que hemos construido con nuestras manos, y somos seres vivos en un mundo de máquinas, seres vivos en un mundo que no lo está.
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Comentarios
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| De: jose |
Fecha: 2007-04-23 04:11 |
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La alternativa es volver al útero, y me parece que ya no cabes.
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