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Historias > Graduación
Última semana de universidad para muchos estudiantes de Universidad. Durante toda la semana se podía ver las aceras llenas de jóvenes con los carros rojos que les proveyó la universidad cargados con todas sus pertenencias, esperando que su familia se detuviera en la acera para ayudarlos a recoger lo que fueron restos de cuatro años de universidad. Miles de jóvenes parados en la acera, miles de carros rojos rebosantes de libros y ropa, de radios a pilas, de computadoras portátiles, de bates de béisbol, de patines, de espejos, de fotografías de los amigos, de tazas de café y posters de películas. Miles de vagonetas estacionadas en la aceras con las puertas abiertas, coches que demuestran una familia próspera, una casa en los suburbios, un trabajo estable, partidos de béisbol los domingos y viajes con los hijos a la playa. Todos los coches son iguales, todos los recién graduados también lo son. Miembros ambos de un selecto grupo de familias de éxito, de casas grandes, de hijos sonrientes y comunidades prósperas.
Esa mismo día por la tarde las calles se llenaron nuevamente de jóvenes vestidos con sus flamantes togas. Trajes para vestir solo por una vez, como el traje de primera comunión, o el del matrimonio. Y junto a estos jóvenes que reconocían amigos en la distancia y levantaban las manos excitados los acompañaban sus padres y hermanos. Radiantes y orgullosos por el logro de su hijo. Familias recién llegadas desde todas partes, ciudades cercanas y lejanas, recién salidos de aviones y coches, miles de kilómetros recorridos.
Miles de flashes de cámaras digitales brillan al mismo tiempo, mientras los hijos posan ante sus padres. Ellos miran el pequeño rectángulo iluminado donde se ve a su hijo o hija que está por graduarse. Hay orgullo en el rostro de los padres, han encaminado a su hijo al éxito. Ha seguido la tradición familiar y se ha vuelto en alguien importante; todo eso dice la toga flamante, la cámara de fotos, la sonrisa de los padres.
Atrás dejaron los exámenes, el estres de los estudios, los ataques de ansiedad, las noches en vela, las procuraciones por haber elegido la carrera correcta. Atrás quedaron las borracheras que terminaban mal, las disputas con la novia, los sustos con el preservativo fallado, el hospital con la intoxicación por la comida. Las historias del compañero que se suicidó, de la amiga que tuvo un ataque de nervios, de un conocido que lo golpearon a la salida de un bar. Y lo que les tocará vivir tampoco está presente esta tarde. Los trabajos aburridos, las preocupaciones por la hipoteca, las frustraciones con el jefe, los compañeros, la mujer. Las noches en vela por el coche recién comprado estrellado en una pared, por la casa a la que hay que cambiar toda la plomería, o por las cuentas del hospital.
El día de graduación todos son felices o creen serlo, porque han cumplido lo que les encomendaron, la misión a la que sus padres los encaminaron. Han cumplido los sueños de su generación, y aunque haya un vacío en muchos de ellos, un vacío de preguntas sin responder, de designios incomprensibles, de deseos ajenos, hoy sonríen para sus padres y amigos, hoy sonríen porque tienen que hacerlo, por la misma razón por la que estudiaron cada noche durante los últimos cuatro años. Quizás muchos se crean su propia sonrisa, muchos crean que están en el lugar correcto, porque son iguales a todos sus compañeros: Miles de jóvenes con togas flamantes y sonrisas de fotografía.
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