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El útlimo Ourea

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Un pequeño avión amarillo se encuentra sobrevolando el desierto. A cientos de kilómetros a la redonda no se ve nada. Todo es vacío, arena y un sol calcinante. El piloto, pequeño en esta plenitud, ha perdido todo contacto de radio y dirección, su compás está fallando y aunque aun tiene gasolina, no puede volar eternamente.

De pronto a lo lejos ve una mancha en el horizonte, ya que no hay nada más a la vista decide dirigirse a investigar. Todavía pasará un buen rato hasta que reconozca que es una montaña y más rato hasta acercarse a ella. A pesar de que continúa creciendo la distancia no parece disminuir. En lo alto unas cuantas nubes han quedado prendidas en las escarpadas cimas como si fueran restos de algodón atrapados en las ramas de un árbol. Pero no sólo el cielo sino también la tierra a sus pies parece haber sido tocada por la montaña y da la impresión de la pétrea estela de un barco imposible.

Desde el avión no logra ver nada en la falda de la montaña, pero cree reconocer algo en una de sus caras: una corriente de humo gris que se eleva hacia lo alto. Quizás allí podrían darle direcciones. Minutos después aterriza en una explanada y un grupo de nativos se acerca al avión, sorprendidos por el ser alado. El piloto al principio atemorizado decide salir del vehículo cuando nota que los salvajes son amables.

Con la luz del sol perdiéndose en el horizonte, y aun a varias horas que la luna atraviese la otra cara de la montaña para surgir justo sobre sus cabezas, los nativos y el piloto conversan a la luz de una fogata.

Ellos le cuentan que han vivido toda su vida sobre esta montaña. Este es uno de los últimos Oureas conocidos: Dioses montaña, seres tan antiguos como la misma tierra. La mayoría murió demasiados milenios atrás, luchas que duraban eras, un solo golpe podía ver el surgimiento y la caída de un imperio. Los cuerpos incorruptos de los Oureas, convertidos en montañas inmóviles y muertas, siguen bajo nuestros pies, sosteniendo nuestras ciudades y escondiendo tesoros que los hombres poco a poco van descubriendo.

Roma estuvo protegida por siete Oureas, así como la antigua Barcino y el imperio Incaico tenían sus propios guardianes. Pompeya murió el mismo día que su Ourea protector, los cadáveres de los mas valientes soldados conforman la cordillera de los andes y la vida de un poderoso Ourea logró proteger un templo humano en las cumbres del Tibet.

La tierra estuvo dominada por esos gigantes poco tiempo después de que en el caos hubiera surgido la luz. Pero ahora sólo unos cuantos Oureas siguen vivos recorriendo el mundo. Nadie los conoce todos, la mayoría de la gente del poblado cree que todos murieron menos este. Si fuera así, se trata de un dios solitario, un dios victorioso pero que ahora avanza solo hacia el horizonte sin ningún destino.

Este Ourea avanza pocos centímetros en un año, desde que el más anciano de la tribu nació han avanzado pocos metros, pero su caminar es constante. Sus antepasados recuerdan otros paisajes a sus pies, ríos y selvas, hoy el Ourea atraviesa un desierto inacabable.

El piloto duerme aquella noche con muchas pesadillas. Sus sueños repiten aquella lucha que duró tantos siglos, duerme desde la primera batalla hasta que el último Ourea se separa de su amada muerta y decide marcharse de ese valle de gigantes caídos, asiste a las batallas más sangrientos, choques de Titantes, el sol oscurecido por varios meses por el polvo levantado, a consejos de guerra en montes más altos que el mismo Everest. Los humanos y los animales son fugaces sombras que no tienen importancia. Gracias a la irregularidad que el tiempo tiene en los sueños puede presenciar la guerra completa. Cree dormir miles de años, pero cuando despierta aun no ha amanecido.

Se levanta cansado, un cansancio de siglos. Sus músculos agarrotados por el frío parecen hechos de rocas. Cuando los primeros hombres de la tribu se despiertan les pide ayuda para llegar a alguna ciudad cercana. Conferencian largo rato y finalmente lo llaman al concejo. Las profecías cuentan que en el camino del gigante está interpuesta una gran población. Sólo tendrá que adelantar a la montaña y continuar su camino.

El piloto duda pero es su única opción, tiene poco combustible y la esperanza de un mito es más poderosa que el peligroso hechizo del desierto. Se despide de la tribu deseándoles un buen camino, ya que su vida es el camino de la montaña. Se eleva sobre esta, rebasa nubes y peligrosos vientos. Finalmente la supera enfrentándose a un brillante sol. A su espalda puede ver la estela que ha dejado el gigante a su paso. Decide seguir el camino indicado dejando cada vez más atrás a la montaña.

Pocas horas después llega a una ciudad, varios miles de habitantes viven y respiran allí abajo mientras el pequeño avión amarillo busca el aeropuerto. Cuando aterriza comprende que en pocas horas ha hecho el camino que el gigante tardará varios siglos en recorrer. Quizás cuando la montaña y la tribu que vive en ella llegue a esta ciudad esta yazca convertida en polvo y fantasma mientras ellos continuarán su viaje.


Extras

Leyendo más cosas para el anteior post me encuentro con unos dioses montaña que desconocía, eran llamados los Ourea (en griego antiguo Oὔρεα, de οὔρος oúros u ὄρος óros, ‘montaña’) eran los dioses primordiales (protogonos) o demonios rústicos de las montañas.

Algunos de los Ourea son:

Athos, una montaña de Tracia
Citerón, macizo montañoso de Beocia
Etna, el volcán de Sicilia
Helicón, una montaña de Beocia que compitió con Citerón
Nisa, una montaña de Beocia que crió a Dioniso
Olimpo, el hogar de los dioses olímpicos y la montaña más alta de Grecia, situada en Frigia
Oreo, dios de la montaña Othrys, en Malis
Parnes, una montaña de Beocia
Tmolo, una montaña de Lidia


Extras

En una agradable casualidad me encuentro con un post recién pubicado de miBolivia una de las leyendas que inspiraron a este cuento. La leyenda del monte Sajama.


Temas: Ficcion | 0 Comentarios | Link
El forastero | 2007-07-12

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