Fotos de guerra II
En base a las fotografías de Sandra Balsells sobre los Balkanes
Yo la veía desde la puerta pero era como invisible para esa mujer. Acababa de llegar de su ciudad en guerra y mi casa se convirtió en el único refugio posible. Llegó con una maleta llena de su vida dejada atrás y con una tímida sonrisa en el rostro como preguntando si estorbaba.
Entro en la habitación que le había dejado y en el mismo instante abrió su maleta sobre su cama. Es increíble la capacidad de algunas personas de volver hogar las paradas del camino.
Salí por una llamada telefónica y cuando regresé vi la maleta a medio deshacer sobre la cama y la mujer en el otro extremo, llorando con los ojos escondidos entre las manos. No lloraba de pena o de miedo. Después de décadas de guerra, de muertos cercanos y queridos, esas lágrimas ya se han secado hace mucho tiempo, tampoco lloraba de abandono. Cuando la vi sin ser visto, cuando la vi junto a su maleta con las ropas a medio salir, revueltas en el ajetreo de la partida, supe porqué lloraba. Al igual que su maleta la mujer tenía sus entrañas revueltas y a medio salir.
Por primera vez, y sólo cuando la situación se hizo insostenible, salió de su país. Dejaba atrás todo lo que conocía, todo lo que había querido y hasta protegido. Una parte de ella, como de sus sucintas vestimentas, se habían quedado atrás. Y ahora, después de la inimaginable tensión del viaje, de los controles de carretera, de los bombarderos volando hacia el mundo que dejaba, se encontraba con su cuerpo desparramado sobre la cama. Abierto por una herida no causada por la guerra sino por lo que había dejado atrás. Con sus entrañas doliéndole por tantas ausencias que esta tierra sin sombras propias no podía consolar de ninguna forma.
Yo la veía desde la puerta pero era como invisible para esa mujer. Acababa de llegar de su ciudad en guerra y mi casa se convirtió en el único refugio posible. Llegó con una maleta llena de su vida dejada atrás y con una tímida sonrisa en el rostro como preguntando si estorbaba.
Entro en la habitación que le había dejado y en el mismo instante abrió su maleta sobre su cama. Es increíble la capacidad de algunas personas de volver hogar las paradas del camino.
Salí por una llamada telefónica y cuando regresé vi la maleta a medio deshacer sobre la cama y la mujer en el otro extremo, llorando con los ojos escondidos entre las manos. No lloraba de pena o de miedo. Después de décadas de guerra, de muertos cercanos y queridos, esas lágrimas ya se han secado hace mucho tiempo, tampoco lloraba de abandono. Cuando la vi sin ser visto, cuando la vi junto a su maleta con las ropas a medio salir, revueltas en el ajetreo de la partida, supe porqué lloraba. Al igual que su maleta la mujer tenía sus entrañas revueltas y a medio salir.
Por primera vez, y sólo cuando la situación se hizo insostenible, salió de su país. Dejaba atrás todo lo que conocía, todo lo que había querido y hasta protegido. Una parte de ella, como de sus sucintas vestimentas, se habían quedado atrás. Y ahora, después de la inimaginable tensión del viaje, de los controles de carretera, de los bombarderos volando hacia el mundo que dejaba, se encontraba con su cuerpo desparramado sobre la cama. Abierto por una herida no causada por la guerra sino por lo que había dejado atrás. Con sus entrañas doliéndole por tantas ausencias que esta tierra sin sombras propias no podía consolar de ninguna forma.
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