Ciudad Basura
Dedicado a YMC
La basura había inundado la ciudad hace ya años. Una basura compuesta principalmente de plástico y papel, desechos de una comunidad consumidora y lectora de periódicos y libros efímeros. Bolsas de plástico y carcasas viejas de móviles se amontonaban en nuevos accidentes geográficos, cajas de cartón donde habían llegado maravillas tecnológicas cambian el perfil de los ríos, océanos de papeles, de libros de tapa dura, de periódicos amarillentos y pantanos de pasta de papel compuestos de las mil ediciones del código da vinci.
La ciudad ahora flota inmóvil sobre la basura como una barcaza en las tranquilas noches venecianas. Al principio hubieron huelgas, marchas, movilizaciones, pero con el paso de los años y la falta de cualquier tipo de mejora la gente terminó por acostumbrarse.
Con la basura acumulándose bajo sus pies surgieron un número de problemas que paso a paso se fueron solucionando. Primero aparecieron las enfermedades que se combatieron con antibióticos líquidos rociados en la madrugada, después llegaron las ratas, grandes y gordas que fueron la presa de nuevos y extraños deportes. Los insectos empezaron a invadir la ciudad en nubes oscuras pero con incendios controlados y espeso humo negro eran mantenidos a raya. Con gran paciencia se combatieron todos los problemas y en poco tiempo se había llegado a una calmada estabilidad.
La ciudad fue entrando en esta nueva rutina a varios centímetros sobre la superficie ya que todas las calles, aceras y jardines estaban cubiertos de basura. Nuevos vehículos con ruedas gruesas de orugas recorrían las calles y zapatos como raquetas de tenis evitaban que los peatones se hundieran en la mugre. Con este mundo de basura fue naciendo una nueva sociedad cuya materia prima se encontraba bajo los pies de uno, en sus ríos y cañadas, dispuesto a ser útil a cualquiera que deseara cosecharlo.
Empezaron a surgir comunidades enteras dedicadas a la basura, a reunirlas y a darles una nueva utilidad: En las afueras de la ciudad se fundó una población construida de viejas calaminas y verdes y brillantes placas tatuadas de circuitos que cubrían del sol y los elementos. Esta población tenía calles con nombres de ingenieros de la Bell Labs, barrios con nombres de potentados de la informática, el barrio Bill Gates, la urbanización Steve Jobs, el distrito Page y Brin. Aquí la gente vivía tranquila, bajo la luz verdosa y plateada, iluminados con leds de modems, con puertas amarradas con cables, y camas hechas de plásticos de burbujas. Su única preocupación era el óxido con el que luchaban como contra la termita o la marabunta y algún virus informático que llegaba cada 13 de Marzo.
En la montaña que vigilaba la ciudad un excéntrico millonario se construyó un palacio de botellas vacías. Una maravilla cristalina, que cuando la luz del sol la tocaba iluminaba a la ciudad con un verdoso brillo que hacía pensar en el mundo de Oz.
En la más alta de las cimas se fabricó una carpa de circo con bolsas plásticas. Una especie de carrusel de polietileno que generaba electricidad al atrapar el viento en raídos retazos, bailando en una infernal danza y que generaba una música grave compuesta de aleteos casi animales.
Un hotel para turistas que empezó a llamar curiosos de diversos rincones del mundo utilizaba viejos CPUs a modo de ladrillos construyendo su alta torre con los desechos tecnológicos de la Dell, IBM e Intel. Sus procesadores servían de calefacción central y sus ventiladores internos creaban una fresca brisa en los pasillos los calurosos días de invierno.
La sala de fiestas más popular de la ciudad forró su salón de baile con pantallas de televisores, construyó un órgano hecho con viejos focos fluorescentes que emitía una melodía dulce de tonos andinos y sus arañas de luz hechas de diez kilómetros de fibra óptica alumbraban a los más selectos jóvenes y damas de la sociedad en una fiesta que duraba hasta el amanecer. Con las primeras luces, teñidas de los colores más increíbles por un cielo contaminado, las jóvenes parejas entraban a sus coches que los llevaban a sus hogares recorriendo montañas de basura fresca, que aun conservaba el olor de sus empaques originales y el rocío antibiótico de la madrugada.
Pero entre todos los proyectos quizás el más interesante era el que se encargaba de las dunas de libros. Sobre una montaña de pulpa de papel existía, como en un castillo o una isla, una casa de viejo adobe, material caro y entrañable casi imposible de conseguir, con yedras subiendo por las paredes, las plantas en esta sociedad eran joyas invaluables, y un bullicio infantil que se podía escuchar a la distancia. Este pequeño hogar, que parecía apartado del mundo de basura, que se esforzaba por recordar las viejas costumbres de un mundo desaparecido, reinaba con soberbia y afecto su universo de papel.
La montaña donde reina este castillo, compuesta de dunas, barrancos y desfiladeros es un universo de literatura desechada, de periódicos que se vuelven basura pocas horas después de ser impresos, guías telefónicas que apuntan a la vida privada de millones de seres, trabajos universitarios absurdos y cargados de la tinta roja del docente, teorías literarias desechadas por jaurías de críticos, pero sobre todo de literatura que nadie quiere leer, que a nadie le interesa y que su autor olvidado hace años es un mísero apunte en un libro de historia de la literatura, o una cifra record de libros más vendidos del Ny Times.
La explanada de periódicos es una gigantesca superficie de papel y tinta donde los niños que habitan esa casa juegan con pelotas hechas de papel arrugado, el cañón bíblico es un infernal rincón donde Biblias en todos los idiomas se reúnen esperando un juicio final que tarda en llegar, y donde sus dioses olvidados moran en tapas de cuero repujado. La pendiente de Harry Potter es el lugar más divertido de la región ya que en su pendiente de papel satinado se deslizan los niños como en un gigantesco tobogán. Y el pantano de las teorías es un peligroso y nauseabundo lugar con ponzoñosas nubes de metano y fantasmales fluorescencias creadas por las palabras de Popper.
Pero estas ruinas de la literatura son la materia prima para un nuevo universo de papel. Los niños recopilan palabras hermosas a las que les sacarán brillo y acomodarán con paciencia y cariño en altas estanterías de madera. Recogerán bolsas enteras de signos de puntuación que después de secar al sol esperarán con paciencia a ser plantados en tierras fértiles. Hay un armario de puertas blancas y tiradores dorados donde los niños guardan con la dedicación de entomólogos y prendidos con alfileres nombres propios de sonoras vocales que encuentran en sus expediciones por las montañas; nombres y apellidos, nombres de lugares fantásticos, de animales imaginarios, de estrellas lejanas.
De este trabajo paciente y cotidiano surgen de vez en cuando pequeños tesoros que a pesar de haber nacido de ella dejan de ser basura. Libros de tapas luminosas, de historias nuevas (o antiguas pero recicladas con maestría) utilizando los más brillantes tesoros de las estanterías de palabras, del armario de nombres y del almácigo de signos de puntuación. Y cuando esa obra está terminada bajan todos a la ciudad que a pesar de estar construida de basura, recibe con brazos abiertos a esos nuevos libros y les dan un lugar de honor en las estanterías de sus hogares, librerías y bibliotecas, lejos de la basura de donde surgieron.
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Categorías:Ficcion











