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Perro viejo

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Vivo en este barrio desde hace más de 17 años, y desde que recuerdo hay un perro que me odia con una rabia canina sin lugar para razón o explicaciones. Nunca supe el porqué de su odio pero recuerdo que de niño me hacía dar grandes rodeos para evitarlo o caminar de puntillas mientras dormía y correr los últimos metros cuando se despertaba y amenazaba con hacer algo más que ladrar. Era un perro sin raza definida, aunque tenía la espalda negra y las patas de color claro de los Pastor Alemán, el rostro achatado y de mirada enfadada de los pitbull. Además tenía las patas cortas y achatadas, la cabeza ligeramente más grande de lo normal para un cuerpo de ese tamaño y colmillos de amarillo marfileño que le gustaba lucir.

No se trataba de un perro callejero pero siempre estaba en la calle, en la puerta de su hogar en una duermevela constante esperándome que gire la esquina para convertirse en esta furia animal e incontenible. Nunca me hizo nada, pero más de una vez lo tuve que contener con una piedra en lo alto, con el rostro de amenaza pero muriéndome de miedo por dentro y pensando una y otra vez en eso que los perros huelen el miedo. Si lo hubiera querido, habría avanzado, recibido una insignificante pedrada en el flanco para después saltar hacia mi pierna, brazo o cuello. Con el paso del tiempo el miedo fue cesando y encontramos nuestra rutina de yo alejarme de su puerta y él ladrar con rabia hasta que me perdiera de vista. La tensión de saberlo que estaba esperando al doblar aquella esquina nunca disminuyó. Y era conmigo con el único que reaccionaba de esta manera.

En esta vacación regresé a esta casa después de muchos años. Hace unos días dirigiéndome a encontrarme con un amigo para recorrer mi colegio, los territorios de la memoria, tuve que pasar por aquella malhadada esquina. Allí estaba él, dormido en la puerta de su casa.

Los perros no envejecen como los humanos. No se arrugan ni cobran canas, ni sus ojos cobran esa indefinible transparencia. Los perros envejecen perdiendo la lustrosidad de su pelo, sus hocicos se vuelven más agudos, como esculpidos en piedras asoleadas, sus patas pierden la firmeza de otros días y su piel se recubre de manchas negruscas. Este perro además con muchos años bajo el sol y con mínimos cuidados de sus amos había adquirido repulsivas protuberancias, su pelaje estaba lleno de costras y lo que parecerían canas, y su piel estaba malgastada y con parches blancuzcos que dejaban ver la piel.

Lo pude ver con calma mientras caminaba a su lado. Descansaba al sol, sin ese nerviosismo de los perros que duermen y parecen soñar. Dormía plácido, como un anciano en un banco en el jardín. No bien había superado su puerta por varios pasos cuando despertó. Quiero creer que olfateó el aire encontrando un aroma olvidado, o me miró con sus ojos acuosos que le trajeron quien sabe qué imágenes perrunas de otras épocas, pero aquel animal se levantó con gran esfuerzo, si hubiera sido humano había gemido y resoplado, y una vez puesto en cuatro patas empezó a ladrar con un ladrido seco y cansado, en el que apenas le quedaba aire en sus pulmones o fuerza en sus cuerdas vocales. Me ladró y se dirigió hacia mí con la misma mirada de odio que nunca supe interpretar ni entender. Me ladró hasta que, apresurando el paso tengo que confesarlo, me perdí de vista.

Pasé otras veces por su puerta pero lo encontré profundamente dormido. O quizás los perros tienen algo como un alzehimer del que sacan retazos de memoria para perderse nuevamente en ese mar de caos. Pero cuando se irguió una vez más para defender lo que es suyo, o para enfrentarse a un enemigo o a un oponente, no pude más que admirarlo. Admirar su dedicación, su oficio de soldado viejo que sigue peleando sin importarle ni el tiempo ni su propio cuerpo débil. Nunca entenderé cual es la amenaza que le represento, o las memorias que le hago surgir. Pero no puedo evitar sentir que se trata de un oponente formidable, uno de aquellos enemigos con los que quisiéramos enfrentarnos en la última batalla, viejos, casi amigos por el tiempo compartido, pero peleando hasta el último momento. Tan fiel como el perro de odiseo.


Temas: Cronica | 4 Comentarios | Link
El forastero | 2007-08-13

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Comentarios

1
De: angie sandino Fecha: 2007-08-14 17:51

Hola..! hoy comentaba en Blogs Bolivia que entre los tres blogs bolivianos que leo está el tuyo, más nunca te había dejado un comentario, y me dije... hoy es el día...
A mi los perros no me hacen mayor gracia, no sé si tengo algún trauma infantil o que pero sencillamente no soy amante de los canes... sin acudir a la sobervia me atrevo a decir que debo inspirarles cierto respeto, porque hasta los perros bravucones, me pasan de lado... será que "huelen mi desinterés" ja,ja...
En fin, te dejo un saludo de una mexicana que vive en tu patria...que estés muy bien.



2
De: el forastero Fecha: 2007-08-14 20:39

Muchas gracias por el comentario, es agradable a conocer a los que pasan sin decir nada



3
De: Jyho Fecha: 2007-08-15 01:14

"Si quieres sentir el odio
Que alza dolido su cola
Subete a los altos montes
Donde el frío hace maromas
Un odio de perro viejo
Que no vence al fin el hueso
El odio a la lluvia herida
Que pudre un poncho en los cerros
El odio que más que odio
Es animal bien despierto
El odio que más que odio
Es inmenso desconsuelo..."

Andes lo que Andes, Luis Rico



4
De: Anónimo Fecha: 2007-08-24 17:18

Sin que signifique que no creo en el honor de viejos contrincantes, te has puesto a pensar que puede ser el momento de tu venganza?, jajaja



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