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Historias del continente

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Muchos años después, pocos meses antes de su muerte, Bolivar se encuentra sólo y desengañado dejando pasar los días entre la fiebre llena de pesadillas de la enfermedad, y tardes plácidas en las que pasea por la quinta de San Pedro, o va a la ciudad de Santa Marta a tomar unos tragos en el bar como un parroquiano más.

Mientras bebe sentado en una mesa en el fondo del local recuerda días de mayor gloria, al frente de ejércitos y luchando por sueños brillantes como el sol. Han pasado años desde eso y ahora sólo se quedan con él los recuerdos.

Una anodina tarde, la mayoría de ellas eran así, se sentó junto suyo un hombre mayor. Tenía pocos años más que él mismo, pero el cabello blanco y el rostro un día pálido pero ahora curtido por el sol lo hacían parecer mucho mayor. Empezaron a conversar con el desánimo de las tardes lentas.

Cuando aquel hombre supo quién era él, las famosas batallas que había liberado y los países que llevaban su nombre o su blasón en alto, decidió compartir su propia historia. Bebió un largo trago de vino caliente antes de empezar a hablar.

"Un importante terrateniente nos había contratado, a mi y a mi hermano ahora muerto y enterrado. Las explosiones de los cañones realistas y patriotas sonaban a lo lejos y aquel hombre temía perder aquello por lo que había luchado por tantos años. Estaba seguro que los españoles perderían, incluso creía que en algún momento llegarían los franceses o los ingleses a echar una mano al bando americano. Lo que era seguro es que perderían, y los criollos y mestizos se quedarían con las tierras. Terratenientes como él lucharían por el poder y pronto el continente estaría embarcado en una guerra civil, si llegaban a formarse naciones, pero ni siquiera habría tiempo para eso.

Aquel hombre era inteligente, había leído mucho y conocía de intrigas palaciegas, de política y de repúblicas. Lo que necesitaba el continente era un rey. El rey de España estaba muy lejos y por eso había perdido su poder, es por eso que necesitaban un rey propio. Pero no se pueden crear reyes de la nada, la sangre es lo que hace a un rey, la roja sangre corriendo por sus venas a través de generaciones.

Es así que nos enviaron, a mi hermano y a mí, a un puerto chileno a recoger al nuevo rey que llegaba: Un príncipe de un pequeño reino europeo con demasiadas deudas. Había arreglado todo por carta y el salvador del continente ya se encontraba a bordo de un rápido barco que circunnavegaba el continente.

El viaje a Chile fue simple, no nos topamos con nadie, y el avanzar fue metódico y sin pausas. Llegamos dos días antes de la fecha prevista de desembarco. Cual sería nuestra sorpresa al conocer a nuestro nuevo monarca: un hombre de edad media, de piel pálida y cabellos rubios, rostro de idiota y estómago de gañán. No bien bajó del barco empezó a quejarse, el puerto apestaba, estaba mareado y tenía hambre, los indígenas eran rudos, el sol era muy brillante, su camarote era muy pequeño, la comitiva de recepción risible. Sus criados desembarcaron su equipaje, aburridos también de la travesía, y comenzamos el camino. No habíamos recorrido diez leguas cuando nos encontramos con un grupo de soldados que nos decomisó equipaje y alimentos, más tarde nos encontramos en medio de un intercambio de disparos de mosquete, muy pronto el cielo se había cubierto y por primera vez en varios siglos llovió sobre el desierto más seco del mundo. Así que uno tras otro, nos ocurrieron todas las desventuras que sean posible imaginar, y sobre estas desgracias las constantes quejas y lamentos de nuestro reyezuelo imbecil.

A pocas leguas de la entrada al Virreinato de la Plata, nuestro destino final nos interceptó el ejército realista. Nos mantuvo prisioneros interrogándonos sobre nuestro destino y nuestros negocios. El reyezuelo se mantuvo en silencio por primera vez en todo el viaje y en el último instante cuando ya estábamos libres cambió nuestro secreto por un pasaporte que lo llevara de regreso a Europa. Se había aburrido del continente y deseaba marcharse.

Esto desconcertó a nuestros captores y en la confusión logramos huir. Dos días después mi hermano recibió un balazo mientras vigilaba que las tropas realistas no nos siguieran. El principito de pacotilla había estado dejando un rastro que revelaba nuestra huida. Esto fue demasiado: le disparé por la espalda, no estoy orgulloso de eso, y cargando el cuerpo de mi hermano huimos hacia la sierra donde pasé oculto por varias semanas. Mi hermano murió, yo cambié de nombre y de destino y empecé mi viaje hacia el norte lamentando mi pérdida y mi traición."

Bolivar escuchaba la historia con gran atención. Cuando acabó su relato aquel hombre se levantó de la mesa, cortésmente saludó con el sombrero y se marchó. Él se quedó largo rato pensando en la historia, y después elevando los hombros en un gesto de conformismo salió del bar y se dirigió de regreso a la quinta San Pedro.

Sólo una vez más Bolivar se volvería a topar con aquel hombre. La enfermedad lo había depositado en cama de donde ya no se levantaría. Una tarde le anunciaron una visita. Se trataba del hombre del bar que se sentó a su lado en silencio. Finalmente habló. "Sabe, no le conté toda la verdad de la historia. Los hechos son reales, y yo fui traidor y asesino, pero no exactamente como lo relaté". Guardó un inmóvil silencio mientras que la luz de la tarde calentaba la habitación. - ¿Sabe? - Finalmente dijo - Una vez, casi fui el rey de América. –


Temas: Ficcion | 0 Comentarios | Link
El forastero | 2007-08-22

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