El forastero


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El canario

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Era un hermoso ejemplar,
de color adamascado,
era un preso resignado,
a la misión de cantar
Cafrune














Se dio cuenta que el canario de su nuevo vecino cantaba cada vez que ella salía al balcón.

Aun se estaba acostumbrando a su nuevo piso, tan pequeño en comparación a la casa en la que había vivido toda su vida; pero tantas habitaciones sólo para ella eran inútiles. Primero se habían marchado sus hijos y le había tocado una plácida vejez con su esposo, pero ahora incluso él se había marchado después de un par de meses de sufrimiento y dolor. El luto se hacía menos pesado en este piso nuevo que sus hijos habían insistido que comprara. Aunque los muebles aun se lo seguían recordando, verlos en estas nuevas disposiciones, todo tan diferente, evitaba que llegaran tan cargados de memoria.

Cuando el dolor casi físico de su ausencia pasó pudo finalmente empezar a vivir en esta casa en la que hasta el momento había estado como una invitada o como un espectro recorriendo salas vacías llenas de cajas amontonadas. El descubrimiento del canario del vecino fue como encontrar un amigo en el edificio. Cada vez que salía a su diminuto balcón el cantaba y aunque no lo veía podía sentirlorevolteando en su jaula. Le puso de nombre, "Martín". Siempre le había gustado poner nombres de personas a sus animales, aunque fueran gatos callejeros que pasaban por su ventana con la regularidad de los clientes de un bar por la comida que les dejaba, o las mascotas que habían tenido en su casa cuando sus hijos vivían con ellos.

Se acostumbró a ver atardecer desde el tomando el té y escuchando a "Martín" su nuevo amigo. Como sus vecinos casi nunca salían al balcón, pensó que por eso el ave estaba tan desesperado de compañía como ella misma. Pasaban la tarde en el balcón mirando su calle, los coches que recorrían lentos, las niñas del colegio cercano que salían conversando y riendo con voces agudas. Ella también se sentía como un canario enjaulado, aunque un canario mudo.

Un día desde el balcón vio a sus vecinos subir un par de maletas en el coche y marcharse, seguramente de viaje. Comenzó a preocuparse por "Martín", no sabía si le habían dejado comida o alguien que pasara a alimentarlo. Podríanhabérselo pedido a ella, pero nunca habían cruzado más que un amable saludo. Pero "Martín" seguía cantando como si nada ocurriera, como si su hogar siguiera habitado y su plato de comida llenado con regularidad. Ella en cambio cada día estaba más preocupaba, lo imaginaba famélico, cantando sólo por hacerle compañía

Decidió espiar por encima del muro falso que separaba los dos balcones por si "Martín" necesitaba algo. Haría cualquier cosa para ayudarlo, hablaría con el portero, que demonios, hablaría con la sociedad protectora de animales si así lo ayudaba. Él la había acompañado tantas tardes que era su turno hacer algo por él. Es así que acercó una silla y se trepó con cuidado, sentía un miedo horrible a caerse. Y desde la silla no sólo veía el suelo de su piso, lejano y duro, sino que incluso veía el suelo de la calle, tres plantas hacia abajo. Se lamentó no tener alas como "Martín", con ellas seguramente no tendría ningún miedo.

Finalmente su cabeza logró superar el muro falso y buscó con la mirada la jaula pero no vio nada. Lo único que observó, y el pecho se le encogió al entenderlo, fue un canario de plástico atornillado a la pared. El canario de plástico cantaba con un trino dulce. Sobre él un ojo negro con un ligero brillo rojizo la observaba con pasmosa quietud. Se trataba de un sensor de movimiento. Gracias a ese ingenio mecánico "Martín" cantaba cada vez que ella salía al balcón.

Bajó de la escalera con el corazón destrozado. Se sentía engañada, mentida, humillada. Desde el otro lado seguían llegando los alegres trinos. Entró a su piso llorando mientras cerraba la puerta a su espalda. No salió al balcón por varios días. No podía enfrentarse a la mentira con la que había estado viviendo tantos días. Nada de eso había sido real. Se puso a pensar sin razón aparente en la muerte de su marido. Por primera vez le había puesto nombre sin intentar evadir que eso es lo que había pasado: Que había muerto. Con un sentimiento de culpe pensó que ahora se sentía igual que los primeros días después de su muerte: Engañada. Como si su marido la hubiera traicionado al morirse. También pensó que si eso era similar, quizás su marido también había sido un ser de plástico con un sensor de movimiento. Tuvo que sonreirse ante la idea, pero el dolor recién recuperado se sentía frío y espeso como una niebla de otoño.

Varios días después decidió volver al balcón, pero cuando escuchó el trinar no pudo evitar nuevamente sentir el mismo dolor. Volvió a traer la silla y subió con lentitud. Intentando hacer puntería arrojó un par de piedras que se había puesto en los bolsillos. En el segundo lanzamiento logró acertarle al pájaro de plástico que sacó chispas y cayó al suelo emitiendoruiditos , como de ave herida. Cuando finalmente se calló, bajó de la silla, preparó su te y se puso a contemplar el atardecer que sobre su calle empezaba a caer.


Temas: Ficcion | 0 Comentarios | Link
El forastero | 2007-10-30

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