La caida de la General Motors
Jean Baudrillard
La General Motors ha caído en bancarrota. La última novedad de la crisis ha golpeado a la más gigantesca empresa de fabricación de coches de Estados Unidos. Si las Torres Gemelas eran el símbolo del mundo occidental y del capitalismo, la General Motors no se queda lejos y su presencia crea tanta sombra a sus pies como un día lo hizo en su día el World Trade Center. Pero esta vez el monumento del poder que Estados Unidos no fue derrumbado por el terrorismo sino por la propia estructura económica del país.
Estados Unidos es un país que ha sido construido en base de automóviles. Tanto a nivel económico gracias a la revolución industrial que trajo consigo el Fordismo, como simbólicamente al estar presente el coche en el centro mismo del imaginario americano. Es imposible imaginar al país sin sus inacabables carreteras de Kerouac, sin los cromados de los Cadillacs, gigantescos como un barco, y los Road Trips por la ruta 66 llena de rock-and-roll e historia. Los coches están anclados en el imaginario de su sociedad como una parte más de su propia identidad. El coche y sus carreteras unió a un país enormemente grande que sin su presencia se podría haber destrozado en mil estados-ciudad independientes. Cambió el perfil de las ciudades para bien o para mal, como cuando convirtió a Detroit en una ciudad fantasma, y creó otras a su propia imagen como Los Ángeles. Las ciudades entonces son por eso extensas y planas, con carreteras uniendo las áreas importantes pero sin un centro y con necesarios parkings siguiéndose uno detrás de otro hasta el horizonte.
En la mentalidad estadounidense el coche no fue otra cosa que la derivación del caballo del cowboy y la intima relación que se da con el animal. Las ceremonias de paso a la adultez están relacionadas con el coche (la enseñanza por parte de los padres, el permiso de conducir, el primer coche) y las marcas que la General Motors están cargadas de mito que incluso a los que no somos amantes de los coches nos resuenan como nombres familiares y cercanos. Marcas como Buick, Chevrolet, Pontiac han estado presentes en tantas películas y tantas historias que han trascendido sus fronteras.
La caída de la General Motors será un verdadero trauma para el país. Será un proceso largo y doloroso, con el apoyo económico del gobierno de los Estados Unidos por un lado que intentará sacarle la cabeza del agua por algunos años, y los miles de trabajadores por otro lado que se quedarán sin trabajo posiblemente arrastrando detrás suyo no sólo familias sino pueblos enteros.
Como cada época tiene un modelo de coche que se convirtió en el símbolo de la situación que el país vivía, dentro de la propia cadena de producción de la General Motors hay un modelo que es el símbolo mismo de todo lo que llevó a la crisis así como de la prepotencia de todo un país que se creía superior. El Hummer, ese gigantesco y costoso coche que comenzó siendo pensado como un vehículo para el ejército, es un ejemplo de la falta de preocupación absoluta con el medio ambiente, una dependencia escandalosa en el petroleo por su altísimo gasto de combustible, así como su tamaño y precios irresponsables que ayudaban a continuar engrosando las deudas de los consumidores.
Para entender la paradoja que el coche trae consigo vale la pena rescatar una cita de J. G. Ballard. Aquel visionario de nuestro presente y futuro.
El coche como lo conocemos está en su camino de salida. En gran medida, deploro su muerte, ya que esta, básicamente anticuada máquina, venera una idea anticuada: La libertad. En términos de contaminación, ruido y vidas humanas, el precio de la libertad puede ser alta, pero quizás el coche por su desorden y confusión que causa, podría estar evitando la llegada despiadada de la reglamentada sociedad electrónica.
La caída de la General Motors es igual que los gigantescos Icebergs que de un día al otro se desprenden y quedan flotando libres. Ocurren en instantes pero son el resultado de muchos años de errores y de manejos irresponsables. Además que son un espectáculo tan grandioso que no queda más que admirarnos de su majestuosidad mientras flotan, arrastrando consigo el pasado y derritiéndose poco a poco en el mar abierto y pensar en el futuro que anticipan.
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