"George R.R. Martin is not your bitch"
La respuesta de Neil Gaiman fue clara y bastante categórica: George R.R. Martin is not your bitch que creo que puede ser bastante entendido sin ser traducido. Recordé esta frase al leer algunos comentarios publicados después de haber visto el capítulo final de lo que ha sido una de las mejores series de Ciencia Ficción, y de televisión en general, de estos últimos años. Battlestar Galactica finalizó después de cinco temporadas gloriosas y una parte de su público se enfadó profundamente con el creador Ron D. Moore a causa de la última media hora del show.
Los comentaristas, esta mesa redonda es un ejemplo, se encontraban iracundos y se sentían engañados, decepcionados, traicionados, con frases como "Ron Moore is dead to me" o "I kind of don’t even want to use 'frak' anymore", criticando que el escritor había traicionado el espírtu de la serie, que había engañado a la audiencia o que había resuelto de forma poco adecuada algunos de los arcos argumentales de la serie. No quiero hacer comentarios sobre el capítulo final que si bien no es tan bueno como los mejores capítulos que ha tenido la serie, es un final digno para una serie de ese calibre. Lo que hay que decir si, es que como Neil Gaiman dijo "Ron D. Moore is not your bitch".
Y lo mismo digo para los finales de series, libros, películas con un cuerpo importante de seguidores que se sienten defraudados cuando llega a su final. Estoy hablando de los que reclaman contra las últimas páginas de Harry Potter, contra las tres últimas películas de Star Wars, contra el capítulo final de Seinfield. Esa furia poco controlada llega muchas veces del sentimiento de frustración que el final de la amada serie-libro-película trae consigo. Y es verdad que todos esos ejemplos y muchos más no habrían sido nada sin los fanáticos que lo siguieron, pero al mismo tiempo hay que darse cuenta que lo que hizo que esos libros consiguiera tantos seguidores fue justamente el grado de libertad que los autores tenían en el momento de crear la obra y de tomar ciertas decisiones. La única responsabilidad que tenían estaba marcada por su propia obra.
Pero esto que ocurre no es algo nuevo y no son los blogs y este tipo de herramientas las únicas formas de mostrar estas protestas. Hace más de un siglo Arthur Conan Doyle decidió matar a su personaje más famoso, Sherlock Holmes. En una carta le había escrito a su madre "Estoy pensando en matar a Holmes (Slaying fue la palabra usada en inglés) ... y acabarlo de una vez por todas." Su madre respondió "Puedes hacer lo que creas mejor, pero las multitudes no lo tomarán tan fácilmente". Y su madre tuvo razón puesto recibió tantas quejas, súpilcas y amenazas que tuvo que resucitar a Sherlock Holmes que siguió viviendo de su pluma, y después de su muerte en incontables otras novelas.
Al final de cuentas un autor es dueño de su obra. El premio o castigo que se le da a un autor es seguirlo mientras su trabajo nos parece bueno. Quejarnos cuando ha decidido abandonarnos es una reacción natural, pero es injusta. No se puede borrar la admiración de toda una obra por una última página que nos descontenta. No se puede forzar a cambiarla. No se puede renegar del autor que tan buenos momentos nos ha hecho pasar. Si queremos tener control sobre una obra sólo hay que ponerse a escribir. Si no queremos renunciar a la obra o a los personajes que tanto nos han gustado, se puede volver a leer el libro o comprar los DVDs, y si por último algo nos falta, siempre quedan los fanfics para escribir nuestras propias versiones de los finales que hubiéramos querido leer.
Yo siempre he pensado que las últimas páginas de El Detective Salvaje eran una mala broma de Roberto Bolaño, un engaño que ocultaba algo detrás del texto. Esta es mi explicación
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