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El Médico de la Peste

El doctor caminaba por la calle, bordeando el canal, un vaporetto pasa a su lado pero a donde él iba no llega ninguno del servicio público. Cruzó varios puentes y se dirigió a uno de los canales donde lo esperaban. Está vestido con una bata negra y larga que le cubre casi todo el cuerpo, tiene guantes de cuero y sobre la cara lleva una máscara del "Médico de la Peste" pero su tecnología está mucho más actualizada. Tiene filtros para la nariz y la boca con potentes antibióticos y bactericidas, las pantallas delante los ojos le sirven para realizar análisis de espectro en sus pacientes o ver en la oscuridad. En el largo pico de la máscara tiene sensibles sensores que pueden detectar y analizar muestras de tejidos tanto así como el aire a su alrededor. Es una máscara diseñada para los médicos y su apariencia de pájaro o de buitre no sólo le da un aspecto macabro sino que su mera presencia es considerada de mal agüero. Si su figura se aparece en tu calle o tu edificio eso significa que hay alguien infectado y que tienes que salir lo más rápido posible. La plaga que comenzó hace unos años por causas desconocidas asola a Venezia desde entonces y la ha dejado a un quinto de su población que se esconde en sus apartamentos y no sale a la calle sin un filtro sobre la boca y la nariz puesto que la plaga se trasmite por el aire con increíble facilidad.

El doctor llega hasta un puerto privado donde lo espera un hombre que está cubierto con una sencilla máscara de polichinela, ambos suben a una pequeña barcaza. Salen hacia la laguna Veneta que a esta hora de la mañana se encuentra con una bruma invernal que cubre la superficie del agua. Mientras su ayudante vestido de polichinela rema con calma el doctor va revisando una pequeña caja que lleva consigo. Lleva tres pequeños tubos de brillante color azul. Son vacunas contra la plaga. Cada uno de esos tubos cuesta una pequeña fortuna y pueden pasar muchos meses sin que el doctor vea una. Tener tres en su posesión es algo casi insospechado. La mujer que lo contrató, vestida con un elegantísimo vestido y cubierta con una delicada máscara, seguramente tan delicada como sus rasgos, no fue muy extensiva en sus explicaciones. Sólo le dio los códigos de identificación de tres enfermos, el maletín con los tres tubos de brillante color azul y un sobre con dinero para él. El doctor al ver eso no pidió más explicaciones y le informó que haría lo que podría pero no le aseguraba nada. La vacuna a pesar de su precio no funciona siempre, y depende mucho del tiempo que haya pasado desde la infección y lo adulterada que esté la sangre.

Media hora después, acercándose a la isla Santo Spirito el doctor sacó un pequeño rastreador de dentro su manto, una pantalla negra con un perfil de la isla en color verde. Introdujo los tres códigos que le habían dado y aparecieron acto seguido tres puntos color verde en la pantalla. Cuando los enfermos son infectados, se les inyecta un identificador único antes de llevarlo a las regiones de contención. También sacó de debajo de su túnica negra un aparato para choques eléctricos que ajustó a su manga izquierda probando, sin disparar, que el gatillo fuera fácilmente accinoable. En general no era un lugar peligroso pero valía la pena estar prevenido.

La isla Santo Spirito, fue uno de los primeros lugares donde se empezó a llevar a los enfermos. La enfermedad que está relacionada con la rabia, es una variedad mucho más destructiva. No mata al portador, el cuerpo se empezaba a llenar de pústulas azules primero que cubren rostro y extremidades. Cuando estas estallan expelen la propia enfermedad que recién entonces se hace altamente contagiosa. Las pústulas, como llagas abiertas nunca llegan a curarse. Poco a poco los enfermos empiezan a perder la razón, hasta finalmente entrar en un estado casi vegetativo pero con funciones básicas. Pueden desplazarse, alimentarse e incluso protegerse, pero dejan de ser personas. Aun los científicos investigan cuanta conciencia queda dentro su mente infectada. En algunas ocasiones, como en la ancestral enfermedad de los perros, tienen ataques de furia que los hace peligrosos. Para eso tiene el aparato de choques eléctricos.

Desembarcaron en la isla Spirito Santo, el lugar había estado abandonado desde la segunda guerra mundial y desde donde estaban se podían ver las ruinas de lo que había sido una iglesia y monasterio. Ahora el lugar está cubierto de galpones construidos por el gobierno para alojar a los enfermos. El lugar está sucio y nadie viene por allí salvo los encargados de alimentarlos una vez al día y los doctores como él trayendo nuevos enfermos. Aunque era temprano en la mañana y la niebla húmeda hacía que la mayor parte de los enfermos estén a cubierto, algunas formas humanas se movían entre la bruma.

El doctor revisó su detector y vio los tres puntos inmóviles dentro de uno de los galpones. Encontrarlos iba a ser un trabajo complicado. El único dato que tenía era las túnicas rojas con las que supuestamente los enfermos estaban vestidos. Dejó el barco a sus espaldas aferrándose a la maleta con fuerza y avanzó hacia el galpón.

En su camino vio a varias figuras que deambulaban sin ninguna dirección y sin verlo. Llegó a la puerta del galpón y revisó el detector. Las figuras no se habían movido. Si tenían suerte todos estaban dormidos y no tendría ninguna dificultad.

Cuando ingresó al lugar pudo ver un aterrador espectáculo. Los infectados no eran personas, eran ya casi animales y dormían de la misma manera que estos . Unos sobre otros, en desorden absoluto y sin importarles ni la comodidad ni la decencia. El doctor activó las pantallas de la máscara para poder moverse en la oscuridad, si no tuviera la máscara seguramente el lugar apestaría con una suciedad acumulada de muchos meses sin nadie que hiciera limpieza. Claro que si alguien olíera eso, el mal olor sería la última de sus preocupaciones. El contador de niveles de infección en los censores de la máscara estaban altísimos. Avanzó con cuidado, revisando de rato en rato el detector, cuando finalmente los vio. Contra lo que esperaba los tres enfermos que buscaba se encontraban durmiendo juntos y estaban vestidos con ropajes rojos pero completamente hechos jirones. Quizás había algo más que instinto animal lo que los atraía para que durmieran juntos. La primera figura era un hombre mayor, o lo había sido. Tenía la cabeza gris y el torax ancho, todo su cuerpo estaba cubierto por las pústulas azules y no sólo su rostro y extremidades. Los otros dos eran menores y posiblemente hijos del primero. Ambos eran jóvenes de cabellos rubios y posiblemente habían pertenecido a la nobleza antes de contagiarse de la plaga.

Se agachó junto al más joven de los tres y sacó la primera de las vacunas. Con ese único tubo una familia podría sobrevivir un par de años. La compañía que las hacía jugaba un juego muy peligroso al poner esos precios. Inyectó la vacuna en el brazo del joven y esperó unos segundos. Cuando el frío líquido empezó a recorrer sus venas el joven abrió unos ojos vacíos. Había dolor en sus ojos. El líquido empezaba a circular por su cuerpo destruyendo el virus a su paso. Cuando la vacuna llegó al corazón y de allí se extendió al resto de cuerpo un alarido de dolor surgió de la boca del joven. El doctor vio sorprendido cómo a su alrededor los enfermos se empezaban a despertar. El alarido los había despertado de golpe y los había asustado. No eran los seres inánimes e indefensos. Los infectados ahora estaban furiosos.

El doctor lo aferró de las axilas y lo levantó. Los infectados se les empezaban a acercar e incluso el hermano y el padre del joven ya le estaban mostrando los dientes y escupiendo saliva venenosa. Estaban furiosos y hambrientos.

El doctor disparó el aparto de choques eléctricos tirando a uno de los enfermos de espaldas, barriendo con su caída a otros varios. Viendo una oportunidad el doctor estiró al joven que seguía sin reaccionar y por la brecha que había creado empezó a dirigirse hacia la puerta. Empujando y golpeando siguió avanzando, no se podía arriesgar a golpear con la corriente eléctrica a nadie que estuviera muy cerca de él. Escuchaba chasquidos de dientes y buffidos animal detrás suyo. Finalmente logró llegar al exterior, el aire húmedo de la mañana hizo dudar a varios de sus perseguidores pero la ira era más poderosa y empezaron a perseguirlos a campo traviesa. El doctor apenas podía con el joven, pero la barcaza con su ayudante estaba muy cerca.

Su ayudante cuando lo vio correr perseguido por varios de los enfermos que se arrastraban más que correr detrás suyo se acercó a ayudar. Entre los dos pusieron al joven en el barco y con un impulso de remo salieron hacia el agua. Eso si hizo que sus perseguidores se detuvieran. Se quedarían en la orilla por unos momentos más y después se olvidarían lo que estaban haciendo en el exterior.
El doctor mientras atendía al joven recordaba maldiciéndose a si mismo de la maleta con las dos vacunas extras que había abandonado detrás suyo. Su clienta no estaría contenta, pero él le había advertido que no era un trabajo sencillo.

Cuando esa misma tarde la mujer que lo había contratado hizo el ingreso al pequeño consultorio del doctor, el jóven se encontraba en la cama, aún tenía pústulas sobre el rostro y las manos pero había recobrado conciencia y había expresado algunas palabras. Por el momento tenía la nariz y la boca cubierta por una máscara de oxígeno.

- Parece que se recuperará completamente - dijo el doctor cuando entró la mujer.
- ¿Qué pasó con los otros dos? - dijo la mujer mirando a su alrededor.
- Hubo problemas. Él fue al único que pudimos salvar.
- Eso no me hace feliz - dijo la mujer con rabia en la voz.
- A mi tampoco, pero alégrese que al menos tiene a uno de vuelta. - El jóven abrió los ojos y al ver a su visitante esbozó una sonrisa.
- Sorella - dijo en voz baja detrás de la máscara de gas.
- Alessandro - dijo olvidándose de la presencia del doctor y sentándose a su lado. Le aferró su mano derecha con cariño, se podían ver lágrimas cayendo por debajo de la máscara. Después hizo algo que para el doctor era inaudito. Se quitó la máscara. Las pústulas del jóven no estaban cerradas y seguían contagiosas. Pero lo que hizo después fue aun más sorprendente para el médico, y después de lo que viera ya no supo que pensar.

La mujer metió la mano dentro de la túnica con que estaba vestida y sacó un pequeño cuchillo que brilló con un destello en la oscuridad del consultorio del doctor. Lo llevó a su propia mano y se hizo un corte en la muñeca. Un corte pequeño, pero suficiente para que empezara a manar una sangre oscura y espesa. Después le quitó la máscara a su hermano y le puso la muñeca en la boca.
- Bebe hermano. Aliméntate, así te pondrías sano pronto. - Después se dirigió al doctor que los seguía mirando sorprendida.
- Ya ha sido pagado, ahora déjenos por favor. -
- ¿Pero qué hace? -
- Cuidar de mi hermano, lo que tendría que haber hecho antes.

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